• 12 de Enero del 2026
Ricardo Martínez

Ricardo Martínez

El primero de septiembre la Corte mexicana se abre a un hecho histórico: un presidente electo por voto popular y de origen indígena, el oaxaqueños Hugo Aguilar Ortiz, asumirá la máxima magistratura judicial. Su sola presencia desafía siglos de distancia entre el derecho estatal y los pueblos originarios.

Las palabras son más que sonidos: son memoria y también advertencia

Cada arma tiene dos historias: la que cuentan las manos que la fabrican y la que escriben aquellas que aprietan su gatillo.

En tiempos de cambios acelerados es necesario tomar pausa y distancia. Hace unos días terminé de leer La democracia como agravio, de Álvaro García Linera, un pensador forjado entre las ideas y el ejercicio de gobierno, y quién desde hace un tiempo ha retomado su faceta de intelectual, pero con una visión más ajustada y destilada por la propia experiencia.

Una noticia esta semana pasó casi desapercibida a nivel nacional. Un enfrentamiento armado en Matías Romero dejó saldos mortales en municipios del Istmo oaxaqueño. Lo relevante no es sólo la violencia —que ya parece normalizada en todo el país—, sino el contexto: esta zona forma parte del Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec (CIIT), uno de los proyectos insignia del actual gobierno federal y el corazón logístico del futuro modelo de desarrollo para el sur-sureste mexicano.

Mientras muchos temen que la inteligencia artificial se “vuelva consciente” o que los robots nos dominen, el verdadero riesgo ya está aquí, y tiene rostro humano. No es Skynet. No es HAL 9000. Es un puñado de empresas, gobiernos y plataformas que controlan los modelos más avanzados del planeta y deciden qué puede decir una IA... y qué no.

La generación scroll mira al cielo y no es metáfora; es estadística. En EE. UU. el enorme estudio 2023-24 del Pew Research Center encontró que 46 % de los adultos de 18-24 años se sigue declarando cristiano y el 43 % ya se confiesa “nada” — pero, contra pronóstico, ese 46 % no cayó respecto a la cohorte inmediatamente anterior, frenando quince años de sangría religiosa. Para remate, el New York Post reporta un salto de 6 % en jóvenes varones que se bautizan en parroquias católicas “porque allí sienten propósito”.

¿Por qué este volantazo espiritual tras años de memes nihilistas? Primero, salud mental: la pandemia dejó niveles récord de ansiedad y soledad. Un amplio “scoping review” publicado en Frontiers in Psychiatry halló que la asistencia regular a oficios y la devoción personal reducen entre 50 % y 200 % la probabilidad de depresión en adolescentes con madurez física alta —no es placebo, es resiliencia comunitaria. Cuando la terapia es cara y la app de meditación ya aburre, recitar salmos con otros humanos parece un bio-hack low-tech.

Segundo, fatiga digital. Después de diez mil swipes diarios, un rito analógico —encender una vela, arrodillarse, cantar sin autotune— se siente casi punk. El hashtag #GenZForJesus acumula millones de views en TikTok: la fe se volvió “contenido premium”, un descanso del algoritmo que nunca duerme. El streaming no sustituyó al templo; lo convirtió en teaser de una experiencia tangible.

Tercero, bancarrota institucional. Políticos, universidades y big tech perdieron credibilidad; las iglesias ofrecen pertenencia sin paywall. Pew detecta que la proporción de jóvenes que sigue asistiendo al culto si fue criado creyente es baja (28 %), pero igual de baja es la persistencia del agnosticismo entre quienes crecieron sin religión. En otras palabras, todo está en juego y las parroquias compiten de nuevo por la confianza perdida.

Cuarto, economía y clima sin red. Inteligencias artificiales que amenazan empleos, alquileres imposibles y eventos climáticos extremos generan un caldo de cultivo perfecto para narrativas que prometen sentido trascendente: “Dios proveerá” compite con “el mercado proveerá” y, hoy por hoy, Wall Street no reza por nadie.

Quinto, pluralismo migratorio. Jóvenes hijos de nigerianos en Londres o nietos de salvadoreños en Los Ángeles llevan a la escuela misas carismáticas y mezquitas portátiles; su fervor contagia. El resultado es un mosaico donde conversos católicos y neo-pentecostales comparten cafetería universitaria. La frontera entre identidades étnicas y espirituales se volvió tan porosa como la timeline de Instagram.

¿Y el match con México? Aunque el Censo 2020 marca 8,1 % de población irreligiosa y 77,7 % católica, la nota al pie dice “principalmente los más jóvenes” para explicar la subida del ateísmo. Pero la historia no termina ahí: “Esperanza para México”, plan adventista lanzado en 2024, moviliza brigadas juveniles, conciertos de góspel y clínicas de salud que llenan estadios en Chiapas y Yucatán, mostrando que el mercado del sentido también late al sur del Bravo.

En paralelo, retiros católicos como los de Totus Tuus o los “Congresos de Jóvenes” metodistas rebosan influencers que combinan rosario con reels; el púlpito se volvió multiplataforma.

¿Qué nos dice todo esto? Que las instituciones que ofrezcan comunidad, silencio significativo y un relato convincente del futuro competirán con ventaja sobre cualquier app de meditación de seis dólares al mes.

Para gobiernos que buscan cohesión social o marcas que anhelan lealtad generacional, ignorar el “mercado del sentido” será tan miope como ignorar el mercado de los smartphones en 2010. Cuando la pantalla cansa, la liturgia —sea misa, shabat o círculo de mindfulness— es la nueva discoteca. Y sí, puede que Dios hoy llegue vía push notification, pero la pregunta que reta a todos sigue siendo terrenal: ¿quién te recibe cuando tu Wi-Fi se cae?

 

@ricardommz07

 

En el México contemporáneo, los millennials (nacidos entre 1981 y 1996) son la columna vertebral de la fuerza laboral y el electorado. Según el Ipsos Generations Report 2025, esta cohorte “de transición”, que pasó de cartas manuscritas a mensajes instantáneos, demanda un enfoque “phygital” —físico y digital— que reconozca tanto su familiaridad con el papel como su ansia de pantallas seguras.

Mientras la política tradicional sigue obsesionada con encuestas, partidos y presupuestos, una fuerza más silenciosa ya está reorganizando el poder: el excedente cognitivo. Clay Shirky, en Here Comes Everybody, definió este concepto como ese tiempo libre no estructurado —no es trabajo ni descanso— que millones de personas hoy dedican a organizarse, opinar, crear y resistir sin necesidad de jerarquías formales.

Esta vez, un panorama típico del sur del país asaltó la cotidianeidad ajetreada de la Ciudad de México. Esta vez, sin embargo, el pulso tiene una particularidad. No se trataba solo de cerrar carreteras o colapsar oficinas públicas. La CNTE, en el marco de un paro nacional indefinido, anunció la toma de gasolineras y bloqueos coordinados a infraestructuras estratégicas.
La mira no estaba únicamente en la Secretaría de Educación Pública, sino en el corazón logístico del país, con un claro objetivo: boicotear la inédita elección judicial del 1 de junio.

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