Hablar y renunciar al ejercicio del poder son dos cosas diametralmente opuestas.
La CNTE ya no es solo una movilización sindical. Se ha convertido en una presión política decisiva sobre el Estado. En los últimos días los reportes han sido claros: la organización ha escalado el conflicto con una huelga nacional indefinida, movilizaciones al Zócalo y demandas concretas sobre pensiones, aumentos salariales y revisión de las políticas educativas. Enfrente de eso, la respuesta del gobierno ha sido insistir en la misma receta: diálogo, mesas y contención.
El problema es que cuando el conflicto cambia de dimensión y la respuesta oficial sigue siendo la misma, la lectura pública también cambia. No hay ya prudencia: hay vacilación. Y en política, la duda es pérdida de autoridad.
Para novedades, los clásicos: Tucídides, el historiador y militar griego, supo que el poder no se mide por la pureza de sus intenciones, sino por su capacidad de imponer límites. La idea perdura. El error del oficialismo no es evitar la represión; es confundir la negativa a ejercer mando con la negativa a usar la fuerza. Aristóteles diría que la virtud no se halla en los extremos, sino en el punto justo. Este punto no es aquí ni mano dura ni claudicación: es la autoridad democrática con reglas claras.
Eso no lo vemos hoy. Vemos un gobierno que, ante un conflicto de impacto nacional, decide retroceder en la conducción política. La presidenta no considera factible reunirse directamente con la CNTE, por lo que la negociación continuará a cargo de la Secretaría de Gobernación y la Secretaría de Educación Pública. Desde el punto de vista administrativo se puede explicar tal decisión. En términos políticos, transmite otra cosa: distancia, cautela excesiva y ausencia de centralidad presidencial en una crisis que ya es de gobernabilidad.
Y ahí es donde entra el verdadero riesgo. Los ciudadanos no leen la crisis como un expediente técnico. Tradúcela de una manera mucho más simple: ¿Gobierna alguien o no? Esa percepción es devastadora para cualquier partido de gobierno. Maquiavelo lo tenía claro: un gobierno puede resistir la crítica, pero difícilmente soporta el desprecio. Y el desprecio político nace cuando la autoridad deja de inspirar confianza.
Morena trata de compensar esta fragilidad con otra historia: la defensa de la soberanía frente a las presiones de Estados Unidos. El 4 de junio, el presidente Andrés Manuel López Obrador publicó una carta abierta en la que apoyó “sin condiciones” a Claudia Sheinbaum, criticó la actitud “injerencista” de Washington y señaló que existen esfuerzos para debilitar al Morena y fortalecer a la oposición de derecha. La jefa de Estado remarcó esa línea para recalcar en la defensa de la soberanía y vincularla a la disputa política hacia 2027.
Pero ninguna épica soberanista resuelve la situación de un gobierno que empieza a parecer superado en casa. También la soberanía se demuestra hacia adentro. Se pone a prueba, también, en la capacidad de impedir que la presión sustituya a la ley y que el chantaje se convierta en método de interlocución. Hobbes, con toda su aspereza, dejó una verdad incómoda: el Estado existe precisamente para evitar que la disputa permanente sustituya al orden común.
Por eso hay que decirlo claro y rotundo: Un error está cometiendo Morena.
Se comete el error de creer que el tiempo solucionará lo que la política no quiere afrontar. Cree equivocadamente que pasarle la crisis a la burocracia reduce el costo presidencial. Se equivoca quien piense que la narrativa antiinjerencista puede sustituir al ejercicio real de la autoridad. Y se equivoca, sobre todo, si cree que este desgaste no llegará a las urnas.
He aquí lo que debe hacer Morena para apoyar a Claudia Sheinbaum.
Una verdadera cohesión interna. Si cada grupo manda señales distintas, un partido en el poder no puede ayudar a su presidenta. Morena necesita disciplina de mensaje, defensa unificada y línea política única: sí al diálogo, no al chantaje permanente.
Asumir el costo político y no dejar sola a la presidenta. La dirigencia, las bancadas, los gobernadores, la estructura territorial, tienen que salir a apoyar una postura clara. Apoyar a Claudia Sheinbaum no es aplaudirla desde la barrera, es asumir desgaste, defender decisiones y construir gobernabilidad.
Construir una salida integral y viable. Si la CNTE plantea demandas sobre pensiones, salarios y política educativa, Morena debe impulsar una propuesta concreta: qué puede revisarse sí, en qué plazos y con qué viabilidad presupuestaria. Seguir administrando la presión sin un planteamiento de fondo es solo postergar una mayor crisis.
El riesgo es que la oposición puede ganar si logra instalar la idea básica de que el gobierno ya no manda, sin necesidad de una propuesta muy elaborada. Morena todavía tiene estructura, presencia y capacidad para discutir esa percepción, pero el tiempo político va más rápido que la lógica burocrática.
El viejo Cicerón decía que la suma ley debe ser la salud de la república. Hoy esa salud pasa por un equilibrio: proteger el derecho de protesta sin renunciar al derecho de millones a trabajar, circular y vivir sin ser rehenes de una presión indefinida.
La CNTE tiene la posibilidad de crecer o ser controlada. Pero lo peor sería que Morena siga gobernando como si gobernar fuese aguantar. Gobernar es decidir. Y cuando el poder deja de mandar, otro empieza a mandar. Como ocurrió con las vastas regiones gobernadas por el crimen organizado.














