Cuando supe que había muerto Cuauhtémoc Cárdenas, pensé en mis abuelos. No sé bien por qué. O quizá sí lo sé, pero tardé un poco en entenderlo. Hay noticias que uno recibe con la cabeza y otras que encuentran un camino diferente: entran por un recuerdo, abren una puerta que creíamos cerrada y nos devuelven personas, conversaciones y escenas que parecían perdidas. Antes de pensar en elecciones, partidos o gobiernos, pensé en dos hombres que habían comenzado esta historia antes que yo.
Mi abuelo paterno fue beneficiario del reparto agrario y de las obras del cardenismo. Con los años, esas palabras terminaron convertidas en conceptos de los libros de historia. Para mi abuelo no. El reparto agrario no era una política pública. Era tierra. Y para un hombre que antes no la tenía, la tierra significaba algo tan elemental y enorme como la posibilidad de imaginar un futuro distinto para sus hijos.
Mi abuelo materno guardaba otra historia. Contaba que, cuando murió el general Lázaro Cárdenas, algunos cristeros acudieron a velarlo y permanecieron allí hasta el amanecer, rezando. La imagen siempre me pareció extraordinaria: hombres que alguna vez habían combatido al Estado terminaban la noche rezando junto al ataúd de un expresidente de la República. Mi abuelo explicaba aquella aparente contradicción con pocas palabras: estaban allí porque el general les había dado la amnistía.
Tardé muchos años en comprender todo lo que encerraba aquella historia. Uno puede gobernar, ganar elecciones, inaugurar obras, repartir tierras y conseguir que su nombre termine escrito en avenidas y plazas. Pero existe una medida mucho más difícil de alcanzar: conseguir que quienes estuvieron alguna vez del otro lado guarden todavía una razón para recordarnos con gratitud.
Quizá allí empiece la verdadera dimensión de ciertos personajes públicos. No en el tamaño de los monumentos que dejan, sino en las pequeñas historias que sobreviven alrededor de las mesas familiares. Un monumento puede derribarse, una avenida cambiar de nombre y un retrato oficial terminar olvidado en una bodega. Pero cuando un abuelo cuenta una historia a su nieto y ese nieto, medio siglo después, todavía necesita contarla, algo ha conseguido sobrevivir al poder, a la política y hasta a la muerte. Tal vez esa sea una de las formas más hermosas de permanecer: seguir viviendo en la memoria de personas cuyo nombre nunca conocimos.
Muchos años después me tocó encontrarme con otro Cárdenas. Yo todavía era menor de edad cuando vi a Cuauhtémoc Cárdenas enfrentarse a un régimen que, para aquel muchacho, parecía invencible. Hay épocas en las que el poder parece pasajero y otras en las que adquiere apariencia de eternidad. El sistema político mexicano de entonces parecía pertenecer a las segundas. Hasta que alguien decidió enfrentarlo.
No recuerdo el momento exacto en que comprendí que aquello me estaba marcando. La memoria tiene esa costumbre: olvida fechas y conserva emociones. Recuerdo, sobre todo, la sensación de estar viendo a alguien atreverse. A cierta edad uno cree que está mirando la historia. Décadas después descubre que la historia también lo estaba educando a él.
Eso representó Cuauhtémoc Cárdenas para mí. Yo aún no comprendía todos los resortes de la política mexicana. Tampoco hacía falta. Entendía algo más sencillo: alguien había dicho que no. Alguien se había atrevido a desafiar una estructura formidable sin tener ninguna garantía de victoria. Y ciertas imágenes, cuando llegan a tiempo, se convierten en brújula.
Cuauhtémoc Cárdenas nunca supo que yo estaba mirando. Nunca supo del adolescente que seguía aquella lucha ni de la huella que dejaría en él. Nunca conoció la historia de mi abuelo campesino, ni la del otro abuelo que me hablaba de aquellos cristeros rezando junto al féretro de su padre. Nunca supo mi nombre.
Y quizá eso sea lo que más me conmueve. Vivimos creyendo que sabemos quiénes forman parte de nuestra biografía: padres, abuelos, amigos, maestros. Pero existen personas que entraron en nuestra vida sin entrar jamás en nuestra casa. Personas a las que posiblemente nunca estrechamos la mano y que, sin embargo, dejaron dentro de nosotros una convicción, un ejemplo, una manera distinta de mirar el mundo. Nunca sabemos hasta dónde llegan nuestros actos porque casi nunca conocemos a todas las personas que terminarán viviendo con su recuerdo.
Tal vez por eso la gratitud suele llegar tarde. Primero vivimos. Después comprendemos. Al conocer la muerte de Cuauhtémoc Cárdenas, de pronto volvieron a reunirse alrededor de una misma mesa mi abuelo y aquella tierra; mi otro abuelo y los cristeros rezando hasta el amanecer; el general Lázaro Cárdenas; aquel muchacho que alguna vez fui y el hombre que hoy intenta escribir estas líneas.
Entonces comprendí la naturaleza de algunas deudas. Las de dinero se pueden pagar. Las de gratitud, si tenemos suerte, también. Pero existen otras para las que siempre llegamos tarde: las contraídas con personas que jamás supieron que nos habían dado algo. Mi abuelo campesino pagó parte de la suya trabajando aquella tierra; mi otro abuelo, contándome una historia que se negó a morir con él. Yo apenas puedo pagar una parte de la mía escribiendo estas líneas.
Mis abuelos ya no están. Aquel muchacho tampoco existe de la misma manera. Y ahora también se ha ido el hombre que observaba desde lejos. Pero queda la historia. Y mientras exista alguien dispuesto a contarla, ninguno habrá desaparecido completamente.
Quizá algún día alguien vuelva a sentarse alrededor de una mesa y comience diciendo: “Mi abuelo contaba que...”. Entonces el círculo habrá vuelto a empezar. Hay hombres que dejan monumentos y hombres que dejan historias. Los monumentos pertenecen a una época. Las historias pueden atravesar generaciones.
Hay deudas que no se pagan. Se recuerdan, se agradecen y se cuentan.
Efraín Delgadillo Mejía













