En este texto, sin embargo, no voy a hablar de niñas y niños que son víctimas directas del crimen organizado, de la pobreza, incluso de sus padres, madres, tías o hermanos, voy a hablar de aquellas y aquellos que están “bien”. Pensemos en las niños y adolescentes cuyos padres y madres trabajan para que puedan asistir a la escuela y dedicarse de lleno al estudio, que viven hogares amorosos, toman lecciones de piano, practican algún deporte y se van de vacaciones periódicamente. No es la experiencia de vida más común para niñas, niños y adolescentes, pero existe. De cualquier forma, esas condiciones no son suficientes para el pleno desarrollo de la niñez y la adolescencia en nuestro contexto actual.
Hace pocos días, por ejemplo, hubo una balacera en el mercado Morelos, a poca distancia del polideportivo Xonaca, lugar en donde se desarrollaban partidos de voleibol de la liga municipal. Allí, a la hora del tiroteo, jugaban estudiantes de preparatoria que se enteraron del evento horas o días después. No se contabilizan como víctimas, afortunadamente, pero este tipo de hechos inciden directamente sobre sus dinámicas de vida.
Actualmente, las niñas, los niños y adolescentes que “están bien” no gozan de libertad para salir a las calles y explorar su entorno, para socializar en espacios libres de adultos y cultivar su ocio más allá de los centros comerciales. Muchos padres y madres nos hemos vuelto hipervigilantes, temerosos y desconfiados y parece que las razones para comportarnos de esa forma van en aumento. La sensación de inseguridad no reconoce límites geográficos, se expande a través del espacio simbólico y virtual: boletines de búsqueda en redes sociales, amenaza de una tercera guerra mundial, embolsados, el tirador de Teotihuacán. Como adultos tales cosas pueden causarnos agobio y a niñas y niños ¿qué les pasa? ¿y a las y los adolescentes? ¿sienten temor, ira o indiferencia? De buena fuente sé que algunos experimentan crisis de ansiedad y otros llegan a sentir rabia porque la preocupación de sus madres se confunde con sobreprotección o con deseo de control y eso, por supuesto, es fuente de tensión.
¿Qué hacer para disminuir la violencia y construir seguridad? Es una pregunta para la que no hay recetas ni respuestas fáciles. Cuando hablamos de la familia, el camino propuesto a menudo pasa por el autoconocimiento, la gestión emocional y la denominada comunicación asertiva, pero a nivel de comunidad (entiéndase escuela, colonia, empresa o municipio) ¿hay algo efectivo que el ciudadano de a pie pueda hacer contra la violencia del crimen organizado? ¿qué se puede hacer para contrarrestar su efecto nocivo en el desarrollo socioemocional de niñas, niños y adolescentes? Habría que mantener un diálogo al respecto y tejer vínculos más allá de la familia, encontrarnos como personas adultas conscientes de que el problema existe y nos afecta directamente de muchas maneras. Cualquier solución implica plantearse preguntas concretas, movilización, creatividad y un esfuerzo que va más allá de crear grupos de whatssap pero ¿estamos en condiciones de tener esta conversación?













