• 30 de Octubre del 2026

Sálvese quien pueda: Violencia, inseguridad, niñez y adolescencia

Foto: Pixabay

Desde 2024 alimento, como parte mi trabajo académico, un registro de notas de prensa sobre niñas, niños y adolescentes en el estado de Puebla. Este registro está dividido en dos tablas de Excel, una tiene por título “Violencia y vulneración de derechos” y la otra “No violencia y acceso a derechos”. El número de entradas en la primera tabla supera por mucho el número de entradas en la segunda y la mayoría de las notas vienen de lo que puede llamarse sección policiaca o nota roja. Muchos sucesos, aunque mencionados superficialmente en unos pocos párrafos, sin contexto ni resolución, resultan sobrecogedores: una niña que fue asesinada a machetazos junto con su abuela en un camino rural, tres hermanos que murieron asfixiados a causa de un incendio en una vivienda en una colonia periférica de la ciudad de Puebla, una escuela con un “cuarto oscuro”, etcétera (un largo y retorcido etcétera). Esas bases de datos me causan malestar, incluso físico. Trabajar en ellas me nubla el ánimo y me produce jaqueca. El registro está ahí y no sé bien todavía qué hacer con él. Probablemente el análisis permee los artículos que debo escribir si quiero mantenerme en el Sistema Nacional de Investigadores (e Investigadoras).

 

En este texto, sin embargo, no voy a hablar de   niñas y niños que son víctimas directas del crimen organizado, de la pobreza, incluso de sus padres, madres, tías o hermanos, voy a hablar de aquellas y aquellos que están “bien”. Pensemos en las niños y adolescentes cuyos padres y madres trabajan para que puedan asistir a la escuela y dedicarse de lleno al estudio, que viven hogares amorosos, toman lecciones de piano, practican algún deporte y se van de vacaciones periódicamente. No es la experiencia de vida más común para niñas, niños y adolescentes, pero existe. De cualquier forma, esas condiciones no son suficientes para el pleno desarrollo de la niñez y la adolescencia en nuestro contexto actual.

Hace pocos días, por ejemplo, hubo una balacera en el mercado Morelos, a poca distancia del polideportivo Xonaca, lugar en donde se desarrollaban partidos de voleibol de la liga municipal. Allí, a la hora del tiroteo, jugaban estudiantes de preparatoria que se enteraron del evento horas o días después. No se contabilizan como víctimas, afortunadamente, pero este tipo de hechos inciden directamente sobre sus dinámicas de vida.

Actualmente, las niñas, los niños y adolescentes que “están bien” no gozan de libertad para salir a las calles y explorar su entorno, para socializar en espacios libres de adultos y cultivar su ocio más allá de los centros comerciales. Muchos padres y madres nos hemos vuelto hipervigilantes, temerosos y desconfiados y parece que las razones para comportarnos de esa forma van en aumento. La sensación de inseguridad no reconoce límites geográficos, se expande a través del espacio simbólico y virtual: boletines de búsqueda en redes sociales, amenaza de una tercera guerra mundial, embolsados, el tirador de Teotihuacán. Como adultos tales cosas pueden causarnos agobio y a niñas y niños ¿qué les pasa? ¿y a las y los adolescentes? ¿sienten temor, ira o indiferencia? De buena fuente sé que algunos experimentan crisis de ansiedad y otros llegan a sentir rabia porque la preocupación de sus madres se confunde con sobreprotección o con deseo de control y eso, por supuesto, es fuente de tensión.

¿Qué hacer para disminuir la violencia y construir seguridad? Es una pregunta para la que no hay recetas ni respuestas fáciles. Cuando hablamos de la familia, el camino propuesto a menudo pasa por el autoconocimiento, la gestión emocional y la denominada comunicación asertiva, pero a nivel de comunidad (entiéndase escuela, colonia, empresa o municipio) ¿hay algo efectivo que el ciudadano de a pie pueda hacer contra la violencia del crimen organizado? ¿qué se puede hacer para contrarrestar su efecto nocivo en el desarrollo socioemocional de niñas, niños y adolescentes? Habría que mantener un diálogo al respecto y tejer vínculos más allá de la familia, encontrarnos como personas adultas conscientes de que el problema existe y nos afecta directamente de muchas maneras. Cualquier solución implica plantearse preguntas concretas, movilización, creatividad y un esfuerzo que va más allá de crear grupos de whatssap pero ¿estamos en condiciones de tener esta conversación?