Pero las guerras no son la única miseria.
Hace mucho que dejamos de vivir en armonía con la naturaleza. Simplemente nos colocamos en la posición de amos y señores. Perforamos sus entrañas, contaminamos sus aguas, incendiamos sus bosques y alteramos sus ritmos, como si todo pudiera soportarlo indefinidamente.
Y ahora el planeta empieza a devolver, en forma de inestabilidad, las perturbaciones acumuladas durante décadas.
Parece que los dioses están enfurecidos.
O quizá simplemente estamos viviendo las consecuencias de haber tratado a la Tierra como una cosa sin memoria.
El Himalaya puede convertirse en un símbolo de esta época: el hielo que parecía eterno comienza a moverse; el río que parecía estable deja de serlo; el suelo que parecía sólido se desprende.
No porque la naturaleza haya adquirido una voluntad vengativa.
Sino porque hemos alterado las condiciones bajo las cuales mantenía su equilibrio.
Y la naturaleza tiene una ley que no necesita dioses para cumplirse:
causa y efecto.










