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Martes, 27 Octubre 2026 10:15

La muñeca que conocía el secreto

“Devoción

Alejandra Pizarnik

Debajo de un árbol, frente a la casa, veíase una mesa y sentados a ella, la muerte y la niña tomaban el té. Una muñeca estaba sentada entre ellas, indeciblemente hermosa, y la muerte y la niña la miraban más que al crepúsculo, a la vez que hablaban por encima de ella.

—Toma un poco de vino —dijo la muerte.

La niña dirigió una mirada a su alrededor, sin ver, sobre la mesa, otra cosa que té.

—No veo que haya vino —dijo.

—Es que no hay —contestó la muerte.

—¿Y por qué me dijo usted que había? —dijo.

—Nunca dije que hubiera sino que tomes —dijo la muerte.

—Pues entonces ha cometido usted una incorrección al ofrecérmelo —respondió la niña muy enojada.

—Soy huérfana. Nadie se ocupó de darme una educación esmerada —se disculpó la muerte.

La muñeca abrió los ojos.”

Para Carlos Gutiérrez Andrade

Hay tardes en las que la realidad se sienta a tomar el té con la muerte y nadie parece encontrar extraño que una niña comparta la mesa con aquello que los adultos pasan la vida entera intentando no nombrar. Quizá la infancia conserve durante un tiempo una familiaridad con lo imposible que más tarde perdemos, cuando aprendemos a desconfiar de todo aquello que no cabe en el orden de las cosas. En la escena de Pizarnik, sin embargo, la muerte no parece una intrusa. Está allí, sentada a la mesa, discutiendo con una niña por una copa de vino que no existe y disculpándose por no haber recibido una educación esmerada. Hay algo desconcertante en esa familiaridad, en la naturalidad con que lo terrible se acomoda a los modales de una merienda. Y, mientras leo, mis ojos regresan a la muñeca.

Está sentada entre ambas, indeciblemente hermosa. La niña y la muerte la miran más que al crepúsculo, pero hablan por encima de ella, como si su presencia no exigiera respuesta alguna. No participa de la conversación ni parece necesitarlo. Hay algo en esa belleza inmóvil que me impide considerarla un simple objeto de la escena; algo que no consigo precisar y que, sin embargo, desplaza poco a poco mi atención hacia ella. La muerte tiene un nombre, una presencia reconocible, incluso una manera de justificarse ante la niña. La muñeca, en cambio, permanece fuera de las palabras, ajena a la disputa y a sus razones. Quizá por eso resulta tan inquietante. Mientras las otras dos hablan, ella guarda un silencio que parece anterior a la conversación, como si hubiese llegado a aquella mesa con un secreto que ninguna de las dos sospecha. Y empiezo a preguntarme si la escena transcurre realmente entre la niña y la muerte, o si ambas, sin saberlo, están allí para acompañar la espera de la muñeca.

Pienso en las cosas que permanecen junto a nosotros durante años y terminan formando parte de nuestra intimidad sin que sepamos muy bien en qué momento dejaron de ser simples cosas. Están en las casas, en los cajones que abrimos pocas veces, en las fotografías donde alguien aparece sosteniendo un objeto que ya no existe o que nadie recuerda haber conservado. A veces basta volver a encontrarlos para sentir que el tiempo no ha pasado por ellos de la misma manera que ha pasado por nosotros. Los reconocemos, pero hay algo en su presencia que se nos escapa, como si hubieran permanecido atentos a una vida de la que apenas conservamos fragmentos.

Quizá por eso la muñeca de Pizarnik me produce una inquietud que no consigo atribuir únicamente a la muerte. Hay algo más íntimo en ese despertar, algo que toca nuestra antigua confianza en las cosas inmóviles, en todo aquello que creemos conocer porque nunca nos ha devuelto la mirada. La muñeca no necesita contar su historia ni explicar qué ha visto desde su silencio. Le basta abrir los ojos. Somos nosotros quienes, de pronto, ya no sabemos cómo mirar lo que hasta entonces parecía tan sencillo.

Me pregunto si alguna vez dejamos de ser aquella niña que podía sentarse a la mesa con la muerte sin comprender del todo con quién compartía el té. Crecer quizá consista, en parte, en aprender a reconocer lo que nos amenaza; pero también en perder la disposición a convivir con lo inexplicable, esa familiaridad primera con las cosas que todavía no tienen un lugar definido en el mundo. Después llegan los nombres, las explicaciones, las distancias necesarias. Aprendemos a no confundir una muñeca con una criatura viva y a llamar recuerdo a lo que ya no puede suceder. Sin embargo, hay imágenes que desobedecen discretamente ese orden. No cambian lo ocurrido; cambian la manera en que lo recordamos.

La muñeca ha abierto los ojos. La niña sigue allí, la muerte también. La tarde no necesita convertirse en otra cosa para que algo haya cambiado.

 

De su pluma goteaba la contemplación, la entrega, la tristeza, la duda, la derrota, el desamor y la muerte

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  • Fuente Exilio
Publicado en Cultura

 

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