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El Síndrome de Frankenstein: el vértigo de la creación
Hay miedos que no nacen en la oscuridad, sino en el espejo. Miedos que se revelan cuando descubrimos que aquello que hemos construido —una idea, una versión de nosotros mismos, un vínculo, un camino— ya no nos obedece, ya no cabe en nuestras manos, ya es demasiado grande o demasiado vivo para seguir siendo solo “nuestro”.
A eso muchos llaman el síndrome de Frankenstein: el temor visceral a ver nuestra creación adquirir voluntad, transformarse, cuestionarnos… o recordarnos que no somos dioses.
Mary Shelley lo describió sin pretensión clínica pero sí con una precisión moral devastadora: el verdadero monstruo no era la criatura, sino el abandono de su creador. Ese temblor que sentimos cuando lo que hemos hecho se vuelve extraño, autónomo, capaz de interpelarnos, es el mismo temblor que atraviesa sus páginas. Y es un temblor que aún hoy, dos siglos después, nos recorre la espalda cada vez que algo que amábamos se nos escapa, cada vez que el futuro toma forma sin pedirnos permiso.
Guillermo del Toro, con su sensibilidad de alquimista emocional, leyó esta historia con los ojos llenos de ternura hacia lo incomprendido. Él vio lo que Shelley insinuaba: que la criatura no encarna el terror, sino la necesidad. No es un monstruo, sino un huérfano. No es una amenaza: es una pregunta.
Del Toro convierte la cicatriz en un puente y la deformidad en una súplica de amor. Para él, como para tantos de nosotros, el verdadero horror no es lo diferente, sino el rechazo.
Y entonces el síndrome cambia de rostro. Ya no es solo el miedo del creador. Es también el miedo del creado.
El miedo a no ser visto. A no ser amado. A no tener un lugar en el mundo que nos parió, pero que no ha aprendido a abrazarnos.
En nuestra vida cotidiana, este síndrome se manifiesta en las formas más sutiles: el proyecto que crece y nos desafía; el hijo que piensa distinto; la emoción que ignoramos hasta que se vuelve ruido; la tecnología que nos rebasa; la versión de nosotros mismos que queríamos controlar como un autor controla su manuscrito… y que, al cobrar vida, empieza a escribir su propio capítulo.
Del Toro nos recuerda que la única respuesta humana posible ante una criatura —real o simbólica— no es el miedo, sino la compasión. Su mirada es un llamado a responsabilizarnos de lo que engendramos: nuestros actos, nuestros sueños, nuestras sombras. Porque toda creación exige un tipo de amor que no es posesión, sino acompañamiento; no es dominio, sino diálogo.
Quizá podamos aprender a reconciliarnos con lo que hacemos nacer, incluso cuando nos supera. Quizá el verdadero antídoto contra el síndrome de Frankenstein no sea la huida, sino el reconocimiento: “Te veo. Te escucho. Te acepto, aunque seas distinto de lo que imaginé.”
Así, entre Shelley y del Toro, se revela la verdad que ambos murmuran en la misma herrumbre poética: el monstruo no es lo que creamos, sino lo que negamos. Y la belleza, dulce y extraña, nace cuando el creador deja de temer y empieza a amar lo que ha puesto en el mundo, incluso si lleva tornillos en el alma o costuras en la voz.
X: @delyramrez
Frankenstein, de Mary Shelley
Frankenstein, de Mary Shelley
¿De qué va?
Frankenstein, es un monstruo que deambula y acecha en las pesadillas de la humanidad, un ser que se volvió iracundo y maldito cuando comprobó que debido a su fealdad los hombres le temen y lo rechazan.
Es posible que la criatura no sepa que su monstruosidad no reside sólo en sus facciones, sino en los modos mediante los cuales fue creado. A partir de restos de cadáveres que el doctor Víctor Frankenstein recolecta en los mataderos y en las salas de disecciones.
Fiel a su época, la novela es un catálogo de puntos que reflejan la corriente del romanticismo, un periodo en el que se le dio prioridad a las emociones, los sentimientos, el amor a la naturaleza, y el desborde de las pasiones.
En la novela sobresale el personaje, la criatura, los valores universales que plantea, y algunas propuestas filosóficas.
Para escribir la novela, Mary Shelley utilizó el método de las cartas y el diario, en realidad las acciones que realizan el monstruo y el doctor Víctor Frankenstein las vemos cuando ya han ocurrido y son ellos mismos los que las recrean, las analizan y nos comunican sus reflexiones.
El terror sólo lo platican a los lectores y lo vive el protagonista, los narradores tienen que repetir constantemente que los personajes viven bajo una gran tensión y angustia, que no se percibe en las escenas de forma directa.
Es una novela lenta, en la que abundan las descripciones de paisajes que son muy semejantes al interior tormentoso de los personajes que se debaten entre su deber moral y su búsqueda de la felicidad individual.
En la novela la criatura no tiene nombre, Víctor Frankenstein le llama de diversas formas: engendro, criatura maldita y monstruo.
Con los años, los que usaron su figura para representar la maldad o los excesos, le debieron de haber dado a la criatura el nombre de su creador. La explicación es simple, resulta difícil examinar a los seres abstractos, las cosas deben tener un nombre para poder fijarlas, analizarlas y dominarlas.
Aquí puedes ver el texto completo:
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