En cuestión de horas, la ejecución de Carlos Manzo se convirtió en noticia internacional, sumándose a la cada vez más amplia lista de líderes políticos, activistas, e incluso, periodistas masacrados en circunstancias que la sociedad civil exige aclarar.
Es imposible separar el lamentable hecho, del contexto y la polarización que vive nuestra sociedad, dividida en segmentos, sí por quienes ejercen el poder desde los púlpitos centrales, pero también por los elementos, adjetivos y extremismo, que algunos actores de la propia sociedad deciden abrazar por voluntad propia. Es el hecho criminal en sí, atroz desde cualquiera de las perspectivas, ese mismo hecho multiplicado a la millonésima por la opinión pública, o la utilidad de esa noticia tan macabra como nuestra realidad, la hiel para quienes buscan abonar al resquebrajamiento de nuestra incipiente democracia.
A la memoria viene el asesinato de Colosio, y los asesinatos políticos del 94, el año cruento, comparable con la realidad actual no solo por su temible violencia, sino también por la rispidez del momento que vivimos. La voz experta de un periodista emérito como lo fue Ricardo Rocha, llegó a mencionar sobre las imágenes donde dispararon a la sien de Colosio, que ese, “fue el momento en que los mexicanos también morimos muchas veces”; todas las veces que la masacre se reprodujo en el inconsciente colectivo.
Morir tantas veces, las veces que un vecino, amigo, compañero, e incluso algún familiar es desaparecido sin que haya justicia; morir hasta que el olvido nos inunde como la sangre misma, es el riesgo de la normalización de la violencia como una forma de vida. Pero también hay que decirlo, ese impulso destructor que se multiplica peligrosamente, dañinamente, está en los videojuegos, en los excesos de los aficionados al futbol, por ejemplo. Está en las últimas noticias de los influencers, o en las del youtuber que por lograr otro millón de likes, decide precipitarse hacia un abismo, y más allá de la pendiente ya no hay fama ni fortuna: solo muerte.
Está en los medios de comunicación que reproducen la barbarie con encabezados atroces o información sin confirmar, los que confunden la libertad de expresión con la mercadería de la muerte.
La violencia, también está en las avenidas, donde los automovilistas manejan a diestra y siniestra, olvidando que el peatón tiene la preferencia. Y desde luego, también en las escuelas donde los hijos repiten el patrón familiar, pensando que hacer lo que se quiera y a la hora que sea, es libertad de expresión: detrás de eso, vacío moral, vacío de poder, autoridades orgullosas de la selfie, pero separadas del tejido social por un algoritmo.
Y la violencia, la violencia está en Michoacán, uno de los epicentros del crimen organizado que hoy regentea a los jóvenes que las escuelas no matricularon, y que mañana, para nuestro fracaso, volverán como sicarios ya no envueltos en la bandera de México, sino en su triste anhelo de fama y fortuna.
No debemos olvidar el asesinato de Gisela Gaytán, ocurrido en el marco de la mismísima lucha electoral en el 2024, en el Estado con más alto índice de homicidios: Guanajuato. Los ecos de esa triste noticia, nos advierten que la política se ha convertido en una profesión de alto riesgo: si los que nos representan son atacados en la vía pública, ante la atónita mirada de todos; ¿qué será de nosotros? los que no tenemos “la llave mágica del presupuesto”.
Pero en México hay otras Giselas. Otras Lupitas, otras Marías, muchas que seguramente serán sepultadas en la fosa común ante la espera de justicia. El atropello, la justicia en mano propia se está volviendo una costumbre perniciosa, imagínese usted, si atentan contra el secretario de seguridad que viaja en convoy, con vehículo blindado, con derecho de picaporte en Palacio Nacional; ¿qué será de ti Juan? Que andas a pie, que no figuras en la agenda de interés de quienes ejercen el poder a discreción.
También está el doble rasero de quienes pareciera, buscan que al país le vaya mal, hay que decirlo, hacen leña del árbol caído. Del otro lado, de uno más extremo, los que, haciendo gala de un fundamentalismo rancio, pestilente, buscan la intervención de los Estados Unidos en México, solo para enarbolar sus anhelos imperiales que huelen a naftalina.
Pero el clamor generalizado de la sociedad es uno solo: no más violencia, sí una cruzada nacional en favor de la Paz, sí la unidad de los gobiernos, de los partidos políticos, de las mujeres y los hombres del poder por una sola causa: no puede haber bienestar sin paz social.
También es necesario el fin del discurso victimista: de que “fueron los otros, y no somos iguales”; el Estado es uno solo, y tarde o temprano esa retórica irresponsable no será útil ni siquiera para el régimen gobernante, ni perdón ni olvido.
El crimen contra Carlos Manzo, por salud pública debe aclararse, como también debe aclararse el asesinato de Ximena Guzmán y José Muñoz, colaboradores de Clara Brugada, un crimen ejecutado con precisión de relojero por quienes pareciera, también buscan la desestabilización como eje del miedo público.
Por todas y todos los que cerraron los ojos antes de ver a este país realmente libre. Libre de las cadenas que nos atan al pasado, un pasado enlodado por la corrupción, la sangre o las guerras intestinas. Por un país sin miedo, sin revanchas, donde la gente alguna vez transite en paz. Un país donde el vecino, saque la mano del bolsillo de su otro vecino, y los 10 pesos, la cartera, el teléfono que alguien dejó en la parada del camión, sigan perteneciendo a su legítimo dueño: ojalá, algún día.
















