Se oyen gritos de locura por el triunfo anticipado. “¡México, México”! Los cornetazos se contagian, uno tras otro van creando una sinfonía disonante pero armónica, y en la imaginación se va escribiendo el guión imaginado, es la apoteosis, la alegría por la la tierra prometida.
Hay sueños, hay esperanzas. Mientras el partido está por comenzar vuelan los aficionados de mano en mano. El “quiere volar” recorre la aglomeración como una ola festiva, y se hace referencia a la gastronomía nacional que probará el derrotado: “Ecuador va probar el chile nacional”. Y la esperanza va más allá y una pregunta es escuchada en la intimidad de las conversaciones. “¿Y si sí?”
La ley seca es proscrita y en secreto se llevan refrescos, acompañados del alcohol que altera los espíritus. En este día no hay venta de micheladas ni mojitos, pero el cóctel ya va preparado, los buzzballs caben en cualquier lugar, las cervezas van ocultas en bolsas gigantescas que a saber cómo lograron pasarlas en los puntos de inspección. Vuelan condones inflados, todos quieren tocarlo, participar de la fiesta; un balón gigante rebota en las cabezas, se estiran las manos, quieren empujarlo y participar, aunque sea un segundo, de aquella felicidad.
Las pantallas gigantes esperan a las miles de miradas, son casi las siete de la noche y una aviso mengua por un momento el entusiasmo: el partido se ha retrasado por la lluvia. Lluvia que no impide que sigan llegando más y más hasta que se juntan un millón, y caben más, seremos un millón cuatrocientas almas en espera del triunfo anhelado.
Y el abucheo no se hace esperar que incluye mentadas de madre, porras y vivas, chiflidos y cornetazos, ta-ta-ta-ta-ta, ¿y si sí?. Se grita, se aplaude, y se suman y más y más gargantas, contertulios, vendedores, perros atónitos, y la lluvia moja y a nadie le importa.
Y “el quiere volar” es escuchado en las pequeñas islas de jóvenes que esperan al candidato para que ascienda por los aires, sí, se puede volar, soñar, flotar por un instante, una pequeña felicidad, después nada importa.
El comienzo está cerca, en la pantalla aparece el estadio Azteca, el himno de Ecuador, imposible escuchar. Un alarido y brincos mueve la tierra, el sismológico nacional detecta el sismo, se ondulan el piso y los corazones. El himno nacional mexicano es cantado por un millón cuatrocientas mil almas, piel chinita, miradas al cielo, sí, podremos, hoy Dios es mexicano.
Rueda el balón y un asedio en la portería contraria culmina en el primer gol. Minuto veinte, Quiñones comienza a ser héroe, minuto treinta y uno, Jimenez, Raúl, otro héroe. La apoteosis, gritos, abrazos y se sigue volando. Las rechiflas por las faltas de Ecuador no cesan, las faltas a Morita son constantes, Quiñones cae, otro y otro, salen las tarjetas amarillas, se oye un grito “No, a Morita no”, a él no se le pega, el no, es un niño, y ya se le quiere.
Se bebe y goza, la inmensa masa humana se mueve al unísono, siguen las cornetas y una sonrisa de complicidad se ve en la rostros, no hay enemigos, clase social ni distingos políticos, somos uno, somos México.
El grito, al unísono, se disuelve en cristales diminutos que se esparcen y se incrustan en los otros, reproduce alegrías.
El silbatazo final está cerca, el árbitro prolonga el tiempo de compensación, son seis minutos, ahora ya son ocho, “pita árbitro, ya termínalo”, la rechifla llega a los oídos del silbante. Pita el final.
Más de un millón de personas gritan, tiembla la tierra, los juegos artificiales iluminan el cielo, se dan gracias al eterno, gracias México, “gracias Morita, te lo merece Raúl, gracias Quiñones, ya eres mexicano”.
Comienza el peregrinaje, hay que salir, solo se ven cabezas que se mueven de un lado a otro tambaleándose, tropezando. La avenida Reforma es una marea temible que regresa para continuar el festejo en las calles y en cualquier lugar. Para salir se sufre, hay temor, angustia, y los gritos no cesan, la alegría parece incontenible, se dispersa el entusiasmo, hay que beber, hay que volar una chica llora, un mariachi anima al desmadre.
Al fin la salida está próxima, las calles se inundan de agua, de contertulios, el alcohol sublima los ánimos, hay que subirse a los kioscos donde reposan los periódicos y revistas, un muchacho yace en el suelo, intentan levantarlo. Exultantes aún, se oyen las cornetas, un murmullo que piensa en lo que sigue y la sospecha parece cierta. Será Inglaterra.
Nadie lo sabía todavía. Mientras la columna humana caminaba por Reforma, cuatro víctimas habían quedado atrapadas por el peso de la alegría. Cuatro historias terminaron sin despedidas. La multitud avanzó con esa fuerza ciega que da el entusiasmo: nadie empujaba a nadie y, sin embargo, todos empujaban a todos. Los gritos de júbilo fueron tan poderosos que ahogaron los últimos llamados de auxilio.
La tierra volvió a moverse. Ya no eran los brincos de un millón de aficionados ni los gritos de alegría después del segundo gol. Era otro temblor silencioso dónde quizá en cuatro hogares el fútbol había dejado de importar para siempre.
Esa noche la celebración continuó. Reforma siguió siendo un río de cantos y brincos hasta la madrugada. Al día siguiente, las noticias. Goles, la clasificación y el próximo rival. Mientras el país celebraba, cuatro familias comenzaron un duelo silencioso.
El triunfo quedó registrado en la estadística; la tragedia, sepultada por la multitud.
















