El cerdo es sujetado, lo agarran de las patas y lo tumban. El animal patalea, resiste un poco, pero el peso lo traiciona.
Los chanchos gritan. Gritan antes del tajo, gritan con el tajo, gritan incluso cuando la sangre ya empieza a correr. Gritan rompiendo el silencio, ante el filo del cuchillo, imaginando el dolor o sintiendo el dolor que le rasga la carne y les sega la vida. El filo entra y la vida se va en segundos. Primero la piel, luego la carne, después la vena que seca la vida de golpe.
El cuchillo desata: un grito largo, agudo, que golpea los oídos y se queda en el aire. La sangre corre caliente, mientras el cuerpo tiembla un instante y luego se queda quieto. En un instante, el aire se llenó de gritos feroces, un alarido que desgarró antes que el filo lo haga. Grita como si quisiera arrancar la vida con la voz, como si el chillido pudiera detener la mano que se acerca. Así es el final de los cerdos, con gritos muy fuertes antes de la muerte certera, que siempre llega. Ellos no gritan por rebeldía. Su grito desgarrador, breve y feroz, apenas, anuncia el tránsito de la vida a la carne muerta.
Grito, filo, sangre. Siempre es igual.
La lucha se apaga rápido. El corte es certero y la carne se abre. Así termina el cerdo: con ruido y con filo, con un último estremecimiento que se pierde en el aire. Después, nada. Quietud absoluta.




















