• 07 de Enero del 2026

Amuletos y esas cosas

Pienso que desde que el ser humano aprendió a temer, aprendió también a colgarse algo del cuello, para protegerse de sus miedos. Podía ser una piedra, un diente, una semilla, un hueso pulido por el agua o por la espera. Lo amarraba con fibras vegetales o cuero seco de algún animal, colocaba en el cuello y se sentía mágicamente protegido.

No era un ornamento, era un diálogo. Al colgarse el objeto al cuello, sellaba un pacto silencioso entre la fragilidad del cuerpo y la vastedad del cosmos invisible.

Antes de la historia escrita, los amuletos ya sabían de historia. Porque sabían de viajes, de guerras, de partos y de enfermedades sin nombre.

En las cavernas, en las tumbas, en los pequeños bolsos de los muertos, aparecen los amuletos como diminutas certezas, como objetos mínimos enfrentados a la intemperie del mundo.

En las tierras de los faraones, el escarabajo empujaba el sol y protegía el corazón en el más allá, mientras que, en el vasto imperio de los césares, la “bulla” colgaba del cuello de los niños como una promesa de regreso.

En África y en los Andes, las piedras hablaban, y aún hablan, en lenguas que no se traducen, pero se respetan.

Ocurre que el amuleto nunca fue ingenuo, siempre fue una forma temprana de pensamiento. Representaba una fuerza oculta, capaz de eliminar o evitar un mal mayor.

La importancia del amuleto no disminuyó en la Edad Media, pese a que las autoridades eclesiásticas los llamaban de superstición, las personas, presas de sus creencias, los escondían bajo la ropa.

En cambio, el Renacimiento disimuló los amuletos entre anillos y medallones, mientras proclamaba la razón. Y la Ilustración los expulsó del discurso, pero no del cuerpo, comprobando que el miedo ancestral, incrustado en la conciencia humana puede ser repelido por objetos de protección. Porque siempre hay algo que la razón no logra desatar del todo.

Hoy los llamamos pulseras de iones negativos, cuarzos energéticos, objetos de equilibrio. El nombre cambia; el gesto persiste. Seguimos rodeando la muñeca, el cuello, el dedo, como si el cuerpo necesitara un borde, una señal de que no está solo frente al caos.

La verdad, es que, para los humanos actuales, no importa tanto si funcionan. Lo que importa es que existan. Que alguien crea —aunque sea por un instante—que el mundo puede ser ligeramente menos hostil si llevamos algún amuleto pequeño pegado a la piel.

Sabemos que el amuleto no cura, pero acompaña; no explica, pero sostiene; no promete verdad, pero brinda consuelo. Muchas veces, eso basta.

Quizá por eso nunca desaparecieron. Porque no pertenecen al reino de la ciencia, pertenecen al reino de la esperanza. Y la esperanza, como los amuletos, no necesita pruebas, apenas necesita alguien que la sostenga.

Los amuletos y esas cosas, son esa arqueología íntima del miedo, esa obstinada forma humana de creer que un objeto puede ayudarnos a atravesar el mundo.