• 10 de Octubre del 2026

Cuando también desaparece la realidad

Foto: Especial

En Alucinación, Karla I. Herrera construye una pesadilla que comienza con un miedo reconocible: el despojo. Pero pronto el relato desplaza ese miedo hacia un territorio mucho más inquietante. No desaparecen solamente las pertenencias. Desaparece también el lugar donde estuvieron.


El gesto más perturbador ocurre cuando los albañiles niegan que aquel espacio haya sido alguna vez un vestidor. Allí el relato deja de hablar únicamente del robo y entra en otra dimensión: la de la realidad negada. Primero se pierden los objetos; después, las pruebas; finalmente, la memoria misma de que aquello existió.

La pesadilla adquiere así una resonancia casi kafkiana. La protagonista intenta recuperar lo que le pertenece y se encuentra con una realidad que ha sido modificada hasta volver imposible cualquier comprobación. No hay solamente despojo: hay borramiento.

Y quizá ahí reside la mayor fuerza del texto. Porque al llegar al final ya no estamos seguros de quién está alucinando. ¿La mujer que sueña? ¿Los albañiles que niegan lo evidente? ¿O una realidad capaz de borrar las huellas de aquello que acaba de suceder?

Herrera deja abierta esa grieta. Y por ella entra lo verdaderamente inquietante del cuento: la posibilidad de que el despojo más radical no consista en perder lo que tenemos, sino en que alguien consiga convencernos de que nunca lo tuvimos.

Alucinación

Karla I.Herrera

Anoche tuve una vívida pesadilla. En esa imagen claroscura era víctima del despojo de mis pertenencias, como ya lo he sido varias veces en la realidad. En tal visión, me dirigía al trabajo, me instalaba en mi espacio acostumbrado, enseguida dejaba mi bolso y otros bienes adentro de un casillero asegurado con un candado de combinación. Cuando regresaba a recogerlos en un receso matutino, todo había desaparecido, incluyendo la estructura metálica y de concreto. El vestidor estaba semi demolido y los objetos personales se habían esfumado de cada uno de los armarios. Sólo permanecían algunos albañiles, quienes negaron que fuese un camerino —nunca lo fue, sostuvieron— De cierto, alegaron que nadie “jamás de los jamases” había dejado lo más mínimo en esa obra en construcción.