Acosta lo construye a través de detalles precisos: la gomina argentina, el sombrero, el cigarrillo, la nariz aguileña, el humo. No sabemos prácticamente nada de su historia, pero podemos verlo. La descripción tiene algo de escena detenida: el personaje aparece de perfil, parcialmente oculto, como si incluso su rostro se negara a entregarse por completo.
En los bailes, además, pasa de largo frente a las muchachas que esperan que las saque a bailar. El gesto es sencillo, pero contribuye a definirlo: no parece interesado en integrarse al lugar ni en responder a las expectativas de quienes lo miran. Está allí y, al mismo tiempo, parece permanecer fuera.
Quizá el retrato más logrado esté en la extraña superposición de edades. El hombre reúne juventud y desgaste, vitalidad y una suerte de cansancio antiguo. Es una descripción breve, pero profundamente sensorial.
El alcohol termina de incorporarlo a ese mundo físico de sudor, humo, saliva y viento. La expresión «sudor del diablo» intensifica una escena en la que el personaje parece moverse más por impulso que por explicación. Acosta no necesita decir quién es: le basta con mostrar cómo está en el mundo.
Y entonces el desconocido se marcha y la cama de la vendedora de remedios yuyos amanece «desarreglada y vacía». Es una de esas imágenes finales que no cierran completamente un relato, sino que lo abren. La autora no explica qué sucedió durante la noche ni qué significa aquella ausencia. La escena queda ahí, con toda su carga de insinuación.
Ese procedimiento es fundamental en el cuento. Delfina Acosta cuenta dejando espacios. El lector recibe indicios, nunca una explicación completa. El hombre continúa siendo un desconocido incluso después de haberse marchado; lo único que sabemos con certeza es que su paso ha dejado una huella.
Hay algo casi legendario en esa forma de aparecer y desaparecer. Llega desde un lugar que no podemos precisar, atraviesa el pueblo, deja algunas imágenes y finalmente desaparece. Su historia parece existir antes y después del cuento, aunque nunca lleguemos a conocerla.
La fuerza de «Desconocido» está precisamente en esa contención. Delfina Acosta no sobrecarga la escena ni explica aquello que puede permanecer en silencio. Pero alrededor del personaje se forma una historia que el lector debe completar.
Quizá por eso, al terminar el cuento, el desconocido sigue siendo desconocido. Pero ya no es una figura anónima. Ha quedado en la memoria del lector.
DESCONOCIDO
Delfina Acosta
Era un desconocido. Por su tono de hablar, porque usaba gomina argentina en el cabello castaño oscuro, se sabía que había venido de muy lejos, de más allá de cualquier puerta o camino.
Visto de perfil, solo se alcanzaba a ver la copa de altura de su sombrero, su cigarrillo encendido, el puente prominente de su nariz aguileña y algunas volutas de humo.
En los bailes, pasaba de largo las miradas de las muchachas quienes sentadas en el suelo, esperaban inútilmente que las sacara a bailar.
Treinta años en los ojos vivaces, veinte en aquellos fuertes dientes, toda la ancianidad del mundo en su manera de escupir al viento luego de haber bebido dos vasos de alcohol y sudor del diablo.
Cuando se marchó, un domingo, la cama de la vendedora de remedios yuyos, amaneció desarreglada y vacía.
















