• 15 de Octubre del 2026
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La flor de septiembre

Foto: Pixabay

Los bloqueos se comieron los últimos días del otoño y acortaron el invierno, dejando en suspenso tantas cosas que, cuando llegó septiembre, ya nadie sabía muy bien qué hacer con ellas. El mes entró apresurado, como si tuviera que recuperar en unas pocas semanas todo el tiempo perdido, mientras en las calles persistía la incómoda sensación de que algo se había quedado atrás y ya no encontraría la manera de volver a su sitio.

Las dalias surgieron en los espacios antes habitados por el pasto, trayendo recuerdos de años pasados, de momentos que habían quedado grabados en la memoria con sus colores. Así aparecieron, anunciando la primavera y resucitando a los colibríes que habían desaparecido durante el invierno. Pero las dalias son grandes, medio torpes, existen con cierto desorden en su abundancia y variedad de colores; tal vez por eso los poetas no les cantan, porque las asocian con las vendedoras de pescado o de charqui en el mercado.

Ser así, tan grandes, tan coloridas y sin perfume, recuerda siempre a las mujeres del pueblo, que existen en sus batallas, en su vaivén lento, sin vanidad, con el mandil colorido, bañándose en el río con jabón.

Las dalias, al igual que las pueblerinas, iluminan el día, llenando las pocas calles, y desaparecen en la noche, cuando se ocultan en silencio, sin chismes, sin bullicio. Septiembre avanza con sus rezos y novenas, pero las dalias no son flores de altar; siguen iluminando las mañanas inmóviles, sin ir a ningún lugar.

Septiembre es un mes que pasa rápido, que deja atrás todo aquello que no fue posible, que no funcionó, que no se realizó. Es en septiembre cuando empiezan los planes para el nuevo año, porque todos dicen que se aproximan las fiestas y que, después de las fiestas, todo será posible. Se realizará aquello que no se pudo hasta el momento. Todos entierran sus esperanzas en septiembre para que germinen el próximo año, como las dalias, que se multiplican silenciosas durante este mes para florecer con mayor abundancia al año siguiente.

Y así, mientras los hombres hacen sus ajustes de pérdidas y daños, las mujeres sacan de los cajones las telas que esperan convertirse en vestidos para las próximas fiestas, las dalias siguen haciendo lo suyo, sin enterarse de los calendarios ni de las promesas, multiplicándose bajo la tierra, donde nadie las ve. Cuando llegue septiembre otra vez, volverán a ocupar los espacios vacíos, grandes, desordenadas, medio torpes, sin perfume, con esa manera suya de existir en su tiempo, sin pedir permiso.