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Ante la adversidad: Patricia Dagatti
Ante la adversidad
Patricia Dagatti
Hace un esfuerzo por ver el reflejo de su rostro oscuro, un último esfuerzo por encontrar sus rasgos de india rebelde, pero no lo consigue. En cambio, el espejo de agua clara y profunda le devuelve la imagen de un pez diminuto que se mece con el movimiento suave, con las pequeñas olas provocadas por la brisa. Un ser similar al que intuye alojado en sus entrañas. Lo observa luchar junto a otros más grandes, hacerse de unas migajas de pan, una porción ínfima con la que no logrará sobrevivir por mucho tiempo. Siente en carne propia el hambre y la desesperación de aquella criatura. Y, otra vez, regresa a su vientre, a su propio líquido acuoso, a ese ser también diminuto que la habita. No, no es desprecio por la vida lo que la impulsa a decidirse, es amor, piensa, y se sumerge.
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Patricia, tu literatura pertenece a esa estirpe que no necesita levantar la voz para dejarnos frente al abismo.
Me apasiona profundamente cómo construyes la escena: no explicas la desesperación, la haces visible. El rostro que no consigue reconocerse, el agua que devuelve otra criatura, el pez diminuto que lucha entre otros más grandes, las migajas, el hambre… Todo parece desplazarse hacia ese otro ser que habita el vientre, hasta que ambos terminan siendo una misma criatura vulnerable.
Y ahí está la verdadera fuerza del texto: en esa continuidad secreta entre la mujer, el pez y el hijo. No hay una frontera nítida entre quien contempla, quien lucha y quien está por nacer.
También hay una decisión narrativa muy poderosa en no nombrar aquello que ocurre. El texto confía en el lector. Y por eso el final duele más: porque la palabra “amor” llega cuando ya sabemos que el amor, en ciertas circunstancias, puede adoptar formas terribles, incomprensibles, incluso irreparables.
Me gusta especialmente esa última tensión: no es el desprecio por la vida lo que mueve a la mujer, sino precisamente aquello que ella entiende como amor. No resuelves esa contradicción; la dejas suspendida sobre el agua.
Y eso es literatura.
Un abrazo enorme,
Márcia Batista Ramos









