Hablar de “cambiar vidas y tocar corazones” podría parecer retórico, pero proyectos como el CEPOSAMI —con más de 5 mil atenciones en cinco meses— muestran que hay una apuesta concreta por atender lo que históricamente se ha ignorado: la salud mental de niñas, niños y adolescentes. Ahí es donde el discurso del humanismo empieza a adquirir sustancia.
Lo relevante es que esta visión no está aislada. Se alinea con una narrativa mayor, la del humanismo mexicano que impulsa el gobierno federal encabezado por Claudia Sheinbaum y que en Puebla encuentra eco en la administración de Alejandro Armenta. No como consigna, sino como política pública que busca atender de raíz las desigualdades.
La expansión de estos programas a todo el estado, la creación de espacios para mujeres, adultos mayores y el reconocimiento del bienestar animal como parte del entorno familiar, dibujan una nueva forma de entender el papel del Estado: más cercano, más sensible, pero también más estructurado.
En ese contexto, el DIF deja de ser un accesorio del poder para convertirse en una pieza central de gobierno. Y quizá ahí radica el cambio más importante: cuando lo social deja de ser discurso y se vuelve acción, la política también empieza a tener sentido.















