

Por extraño que parezca, a ella no me unieron ni la escritura, ni los talleres literarios, ni ninguna de las cosas memorables que le ocurrieron en la vida. Yo conocí a Gaby Puente tirada en los escalones que, en mi casa, separan la sala del comedor. Era una mujer hermosa de piel blanquísima, con el cabello rubio y ensortijado de las muñecas de aparador, y una mirada penetrante que te escocía el alma de tan irreverente. Mi hermano Enrique y ella habían pasado la noche bebiendo y fumando, con la ropa puesta y apuntalando la intimidad compartida sin cautela que los unió para siempre. Así los encontré, fraguando su amistad de más de 30 años, que por entonces ella lubricaba con licuado de peyote y el almíbar de unos duraznos.
Recientemente asistí a una convención en Playa del Carmen. Había comprado un precioso juego de bolso y maleta para llevar en cabina. Qué ilusa. Al momento de abordar, un empleado de la aerolínea de los cuadritos de colores anunció que debíamos entregarles toda maleta rígida con rueditas antes de ingresar al gusano. No es que estuviera prohibido llevarlas arriba, sino que para hacerlo me pedían soltar quinientos pesos. Mejor les solté la petaca rumiando el coraje.
Figúrate, hermana, que hace días le doy vueltas a la posibilidad de hablarte con toda franqueza, pero por una cosa o por otra se me ha dificultado mucho esto de encontrar el valor. Tú sabes que la fuerza de voluntad nunca ha sido lo mío, ya ves cómo le empiezo una manda a San Juditas y al cuarto de hora ya ando queriéndome salir por la tangente. Y no vayas a pensar que quiero agarrarme de eso para justificar lo que hice, pude haber tenido mis razones, más que bien justificadas, pero yo no soy el tipo de persona que avienta la piedra y esconde la mano.
Un olor a cebolla podrida lo atacó al abrir la puerta. Era un hedor inaguantable y pesado que hizo anticipar a Arturo Pereyra la peor de las tragedias. En efecto, el cadáver contaba ya una semana de encierro, pero nunca habría podido imaginar lo sucedido en aquella escena del crimen ni, mucho menos, el incierto destino de su amado perrijo.
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