• 19 de Junio del 2026

Abominable

Foto: Especial

El Gerente de la mayor sucursal del imperio no es una anomalía: es un síntoma. La forma más acabada de una cultura que ha normalizado el exceso, el espectáculo y la impunidad como mecanismos de poder.


Su discurso promete libertad, pero se sostiene en la erosión sistemática de la democracia, del pensamiento crítico y de cualquier límite institucional. La lealtad, en su lógica, no es una virtud: es una condición de supervivencia.

Burlón con los cercanos, implacable con los disidentes, el Gerente ha convertido la política en una puesta en escena. En ella caben lo mismo la exaltación de símbolos de consumo —la Coca-Cola, la hamburguesa— que la trivialización de decisiones cuyas consecuencias rebasan fronteras y se traducen en vidas perdidas.

No se trata solo de estilo. Se trata de fondo. Bajo su conducción, el poder se ejerce como capricho: intermitente, imprevisible, ajeno a cualquier noción de responsabilidad. La consecuencia es una deriva que no distingue entre adversarios, instituciones o ciudadanía.

El Gerente no gobierna: reacciona. Y en esa reacción constante encuentra su forma de control.

A su alrededor se articula una red de intereses que prospera en la opacidad: evasores, beneficiarios de la impunidad, actores que encuentran en el desorden una oportunidad. No es casualidad. Es estructura.

Su imaginario político remite a un Sur que no es el de Tom Sawyer ni el de Huckleberry Finn, sino el de la segregación, la violencia y los silencios impuestos. Un territorio donde la desigualdad no es un problema a resolver, sino una condición a administrar.

La historia ofrece paralelos inevitables. Si Nerón cantó mientras Roma ardía, el Gerente parece gobernar bajo una lógica similar: la del espectáculo que avanza aun cuando el incendio es evidente.

Lo preocupante no es solo su figura, sino su resonancia. Hay quienes lo imitan, quienes lo justifican, quienes ven en él un modelo. Ahí radica el verdadero riesgo: en la normalización de una forma de poder que prescinde de la ética sin renunciar a la popularidad.

El problema, entonces, no es únicamente el Gerente. Es el entorno que lo produce, lo sostiene y lo replica.

Entre lujos, pantallas y escenarios, su figura se proyecta como una máscara grotesca.

¿Quién pagará por lo que ha hecho?

¿Será juzgado, olvidado o perpetuado?