Por otra parte, la educación tiene como fin la realización del hombre y de la sociedad, los cuales, se van transformando en correlación con las necesidades sociales. La postmodernidad se caracteriza por un proceso educativo integral, donde el individuo desarrolla habilidades y destrezas necesarias para adquirir conocimientos que garanticen una actividad productiva. Sin embargo, no se cuenta con las herramientas necesarias que le permitan contrarrestar el embate tecnológico, ya que se limita a sus viejas prácticas de gestión. Bosch (2003) establece que se necesita una nueva concepción de lo que es educar y tener claridad en cuáles han de ser sus fines. Ante un mundo rápido, comprimido, complejo e incierto surge la interrogante: ¿cuál debe ser el modelo educativo ideal que permita atender en la postmodernidad las necesidades humanas?
La postmodernidad suele caracterizarse por su acción destructora hacia todo lo relacionado con la modernidad (Calinescu, 1991); sin embargo, este último proceso cultural dejó cuentas pendientes en su agenda, lo que para Guadarrama (2009) demanda regresar a las promesas que dejó inconclusas, antes que atender a un paradigma cuyo desarrollo desde los años 70 ha creado desencanto por su falta de unidad y orden (Habermas, 2006), por lo que la interrogante acerca de cuál podría ser un modelo educativo que le fuera ideal resulta muy pertinente, dilucidando que por ideal se entiende: primero, que sea capaz de responder críticamente a las características particulares de este límite del conocimiento, y segundo, que permita atender, sin exclusión de ninguna especie, a las necesidades humanas.
Por lo anterior parecería que la postmodernidad implica solamente aspectos negativos, apreciación —me temo— que resultaría imprecisa. Guadarrama (2009) menciona, por ejemplo, que entre las ideas rescatables de su discurso están: el culto a la diferencia, el disenso, la variedad y la tolerancia. Por su parte, Changeux y Ricoeur (2001, p. 273), comentan: “No creo en absoluto que la humanidad esté en marcha hacia una determinada unificación de sus convicciones vitales (…) el problema es el de la paz entre las convicciones, el de su ayuda mutua”; por otro lado, Schumacher coincide con esta postura cuando en 1973 comentó que: “…nuestras técnicas deben subordinarse a nuestras verdaderas necesidades humanas” (citado por Fromm, 1996, p. 157).
Estas ideas sugieren que los criterios para considerar un modelo educativo como adecuado en el contexto de la postmodernidad tendrían que vincularse con los aspectos positivos de dicho paradigma. Además, se esperaría que tales aspectos estuvieran integrados en un sistema coherente, lo cual exige —como condición indispensable— una actitud conciliatoria para con el pasado, entendiendo éste como la herencia de la modernidad. En síntesis, el modelo educativo que mejor se ajustaría a la lógica postmoderna promovería un diálogo reconstructivo con las diversas interpretaciones del mundo, buscando puntos de convergencia que otorguen sentido a cada individuo (Eco, 2007). La formación, en este marco, tendría como propósito el desarrollo personal y colectivo, sustentado en una dosis equilibrada de disciplina y respeto por la realidad.
¿Cuál sería la intención de un modelo educativo para un mundo postmoderno? Proporcionar elementos básicos de convivencia para que el ciudadano aprenda a convivir y a cuidarse a sí mismo (Schmelkes, 1997), lo que permitiría que las desigualdades generadas por las diferenciaciones económicas y socioculturales no se acentuaran. La importancia que tiene seleccionar un modelo educativo que ayude a lograr tales propósitos, sin descuidar en ningún momento la equidad, es el reto que tiene que asumir el Estado o la sociedad misma.
En esta época de cambios acelerados y de valores deficitarios es importante reflexionar en torno a cómo se procura en el sistema educativo la enseñanza y el aprendizaje, así como también sobre el diseño curricular y la formación de los docentes, para buscar la mejor solución a estos retos, lo que tarde o temprano permitiría generar un movimiento social, que emanciparía a los hombres de esta dinámica desorientada y colmada de incertidumbres.
Foucault (2010) explica que los seres humanos necesitan desempeñar un trabajo creativo, investigar por su cuenta y crear con libertad, sin las limitaciones arbitrarias impuestas por las instituciones en las que están inmersos, por lo que es importante que la sociedad busque desarrollar el máximo de posibilidades para satisfacer estas características humanas fundamentales, evitando aspectos como la represión, la destrucción y la coacción.
La postmodernidad parece ser el triunfo del ego de las elites de consumo e intelectuales sobre las masas periféricas, al renunciar a los principios del equilibrio, la armonía, el sosiego y la iluminación, asimilando estos valores, pero descalificándolos y estimulando su fragmentación, ruptura y pluralismo, al mismo tiempo que los reanima, como si fuera imposible dejar de ser modernos. El postmodernismo incita a invalidar el poder de la razón y a debilitar el pensamiento, estimulando así la pasividad y renunciando al intento educativo. Su esencia pone en peligro la identidad de los pueblos al pretender homogenizar la vida en todas las sociedades, a través de los medios masivos, imponiendo valores de las sociedades del primer mundo (Guadarrama, 2009).
Eco (2007) describe una situación que, dada su naturaleza, vendría a representar un contraejemplo de lo que un modelo educativo ideal debería fomentar en la postmodernidad: un grupo de padres inmigrantes solicitaron a un instituto de Milán que sus hijos tomaran clases solamente con otros estudiantes musulmanes, imponiendo un aut aut (una situación de “lo uno o lo otro”): o el instituto hacia caso a su demanda o ellos no mandaban a sus hijos a la escuela. El autor repasa las implicaciones para dicho instituto de tomar cualquiera de las dos alternativas: si decían que no, los estudiantes irían a otra parte, lo que sería censurable porque los estarían privando del derecho a una educación completa; y si decían que sí, asumirían una posición triplemente cuestionable, una, porque sería una solución en extremo segregacionista, dos, porque impedirían que esos estudiantes conocieran una cultura diferente a la propia, y tres, porque probablemente fomentaría el aislamiento fundamentalista.
Si está situación se analizara de acuerdo a las características de un modelo educativo ideal postmodernista, es decir, considerando la diferencia, el disenso, la variedad, la tolerancia, la convergencia entre convicciones divergentes y la subordinación a las necesidades humanas, cabría esperar que la solución más razonable sería integrar a los estudiantes musulmanes con la comunidad estudiantil, lo que les permitiría conocer la cultura que los acoge a través de quienes podrían representar en ese momento el papel de mediadores culturales.
En un mundo postmoderno, aprender a negociar se convertirá en una habilidad cada vez más relevante. Por ello, su inclusión en el diseño curricular de las escuelas debe considerarse una prioridad dentro de los modelos educativos orientados a formar ciudadanos capaces de desenvolverse en sociedades cada vez más multiculturales, multiétnicas y multilingües, etcétera.
La forma en que los docentes reflexionen sobre su propia práctica representa, sin duda, una oportunidad para generar cambios significativos en los sistemas educativos, pues en la medida en que su estado emocional esté en equilibrio, podrán brindar mejor apoyo a sus estudiantes (Cohen, 1997). En este sentido, se tendrá que reconocer, primero, las necesidades formativas de los agentes de cambio, segundo, los contenidos que los estudiantes necesitan aprender y poner en práctica, y tercero, la participación de los padres de familia en estos procesos, para que se den cuenta de cómo y qué aprenderán sus hijos (Cohen,1997).
Hacia mediados del siglo XIX, la modernidad se consolidó con la creencia de que la ciencia representaba la única fuente legítima de conocimiento. A esta visión se sumaban una actitud positivista y el ideal de alcanzar una realidad utópica. Sin embargo, todos estos postulados comenzaron a desmoronarse con la llegada de la postmodernidad. Ésta se ha caracterizado por ser una etapa de cambios, insistiendo en el replanteamiento de casi todo, como lo es la educación, la sociedad, los valores, entre otros muchos aspectos. Pero a pesar de que todo esto puede ser apreciado por muchos como un caos social, también puede concebirse como un punto de partida, para ubicar problemas que se deben resolver y retos que se deben lograr.
Vivir en una sociedad en donde se hiperboliza lo tecnológico no ha hecho más que marcar aún más la diferencia de clases sociales. Díaz (citado en De Alba, 1998) menciona que “el pensamiento posmoderno enfatiza que la evolución de los sistemas de información en las sociedades posindustriales modifican el estatuto del saber” (p. 23). La inercia de los países desarrollados en este sentido es continuar con este tan marcado mundo desproporcionado.
Según Díaz (citado en De Alba, 1998), las diferencias de clase social dentro de un mismo país se acentúan debido a que las universidades privadas tienen acceso a tecnologías que las instituciones públicas de educación superior no pueden adquirir. Además, tanto las fuentes como la cantidad de información disponibles presentan un contraste notable, producto de la desigual distribución entre las zonas urbanas y rurales.
En general, cabría preguntarse: ¿cómo podría una propuesta, surgida desde el ámbito educativo, representar algún beneficio para las personas en un mundo rápido, comprimido, complejo e incierto como es el postmoderno? No tanto porque la educación tenga por sí sola la capacidad de transformar la sociedad o porque sea un instrumento poderoso para su perfeccionamiento, sino porque puede diversificar sus objetivos, preparando personas que sean capaces de tener una calidad de vida integral, de participar social y políticamente por quienes han sido menos favorecidos en el desarrollo, para convivir de manera armoniosa con quienes sean diferentes a ellos mismos.
En suma, los modos de vida propios de la postmodernidad conducen a escenarios poco favorables para la sociedad, debido a sus efectos más evidentes: rapidez, complejidad, incertidumbre y desencanto. Ante este panorama, es indispensable establecer criterios de inclusión que respondan de manera coherente a las necesidades humanas, retomando el propósito de mejorar la realidad y atender sus desafíos pendientes. Esto permitiría concebir la postmodernidad no como una etapa caótica, sino como un periodo de transición marcado por profundos altibajos.
Estas reflexiones exigen reformas sustanciales en los modelos educativos, en un contexto social que presenta complicaciones tan profundas que, en ocasiones, resultan difíciles de dimensionar por su impacto colectivo. Según Suárez (2010), el objetivo de dichos modelos debe ser formar personas capaces de desarrollar un pensamiento complejo, que les permita construir un futuro viable mediante saberes pertinentes, comprensión de la condición humana y sus contextos, y una educación orientada a convivir con valores y con la incertidumbre.
Así pues, se vislumbra la necesidad de construir estrategias educativas que atiendan e incidan ante estas demandas, que cambien el enfoque materialista por uno más digno a la raza humana y su entorno. Como lo explica Díaz (2010): frente a una escuela de desesperanza es necesario refundarla, para darle esa esperanza, optimismo, alegría y credibilidad para que cumpla con su labor de humanización, que se promueva contra todo tipo de violencia y que practique la pedagogía del amor y la ternura.
En esta búsqueda de construir un modelo educativo ideal que atienda las necesidades humanas, se propone un sistema educativo basado en la democracia que busque una transformación, pero sin oponerse a la razón como fuente del conocimiento. La IA y las tecnologías de la información y la comunicación constituyen un eje fundamental para el desarrollo de los sistemas educativos, pero será importante evaluar el beneficio real y justo que tendrán para la formación integral, con el fin de evitar la dominación del ser humano por la tecnología y los medios.
Referencias
Bosch, C. C. (2003). El reto de la escuela postmoderna. El papel de la educación en la era de la información. http://www.ugr.es/~icem2002/Ponencias/BoschCaballeroCarmen.PDF
Calinescu, M. (1991). Cinco caras de la modernidad. Tecnos.
Changeux, J. P. y Ricoeur, P. (2001). La naturaleza y la norma: lo que nos hace pensar. Fondo de Cultura Económica.
Cohen, D., H. (1997) Como aprenden los niños. SEP
De alba, A. (1998). Posmodernidad y Educación. Porrúa.
Díaz, M. C. (2010). A refundar la escuela. Pelicanus
Eco, U. (2007). A paso de Cangrejo. Debate.
Foucault, M. (2010) Grandes pensadores. Foucault. http://www.youtube.com/watch?v=-IMj8-x84mI
Fromm, E. (1996). ¿Tener o ser? Fondo de Cultura Económica
Guadarrama, P. (2009). Crítica del paradigma posmodernista en su impacto educativo y comunicativo. http://www.uca.edu.sv/facultad/chn/c1170/Critica-al-posmodernismo-en-su-impacto-educativo-y-comunic.pdf.
Habermas, J. (2006). El discurso filosófico de la modernidad. Katz Editores.
Schmelkes, S. (1997). La calidad en la educación primaria. Un estudio de caso. Biblioteca normalista.
Suárez, R. (2010). La educación. Estrategias de enseñanza aprendizaje. Teorías Educativas. México: Trillas.
















