Así, nos encontramos en el escenario social con un varón cuya representación de sí mismo está constituida por una subjetividad en la que predominan límites y requisitos superlativos, cuya elevada exigencia presenta un deber ser imposible de cumplir, ya que siempre puede hacerse algo más para ser "todo" un hombre, normatividad que de incumplirse o transgredirse provoca angustias que se viven casi de manera insoportable por el sujeto debido al tipo de crítica superyoica que la normatividad de género implica y a la falta de alternativas para identificarse como varón de un modo distinto a la impuesta por la estructura patriarcal. Por eso Bonino (2000) afirma: "qué hombre es inmune a la inquietud que provoca la pregunta, ¿tú eres un hombre, o qué?".
De lo anterior, se deriva lo que el autor antes citado denomina malestares masculinos: problemáticas que producen sufrimiento psíquico y/o daño a sí mismo, caracterizadas por ser egodistónicas (que se viven como extrañas y molestas para el propio Yo) y por causar efectos inflacionarios o deficitarios para ciertos comportamientos masculinos según sean éstos incentivados o restringidos, respectivamente, con relación a las creencias sobre la masculinidad.
Los trastornos por la búsqueda imperativa del éxito y control, por ejemplo, que reflejan la obsesión masculina por el desempeño, el rendimiento y el sobreesfuerzo por mantenerse en la cima, y que frecuentemente conlleva al colapso físico (como ocurre con el workaholismo o adicción al trabajo), representa un ejemplo de los malestares masculinos mencionados por Bonino (2000) y que, a continuación, se describen:
Trastorno por sentimiento de fracaso viril. Se deriva de la percepción de no cumplir con alguno de los mandatos estipulados por la normativa hegemónica de género, así como también por la pérdida de valores masculinos que se suponía poseer. ¿Qué experimenta un hombre cuando en la confrontación con otro hombre (incluso con una mujer) no reacciona como se supone que todo un hombre debe reaccionar? El hombre no discute con una mujer, porque si lo hace es señalado como “una vieja de mercado” (tanto por otros hombres como por las mismas mujeres); no puede evitar una pelea con otro hombre (aunque la desventaja con el oponente sea evidente): afronta la situación y, estoicamente, debe aguantar hasta el final aun cuando hacerlo signifique que saldrá gravemente herido; no puede (¡Nunca jamás!) fallar en una relación sexual con su pareja porque entonces ya no será un hombre de verdad (y por más comprensiva que ella se muestre, él “sabe” —tanto como su fuero interno le advierte que ella no debe ganar más que él en el ámbito laboral— que su flacidez le restará casi todos los puntos que hasta el momento tenga acumulados para congraciarse con ella). Lo anterior, como se mencionó en el párrafo precedente, implica para el hombre un sufrimiento psíquico y/o daño a sí mismo debido, básicamente, a que su pedestal social se ve seriamente afectado por una realidad que no siempre está a la misma altura que éste.
Trastornos por sobreinvestimiento del cuerpo máquina – muscular. Se sobrevalora el cuerpo masculino, lo que se puede hacer o lograr con él y se busca el límite en cuanto a su resistencia, lo que ocasionalmente puede implicar que el hombre, en su afán de ponerse a prueba, exponga su vida a un peligro real (ya que en caso contrario, claro, quedaría en entredicho “la hombría” de quien se rehusara a vivir las últimas consecuencias); en contrapeso, regularmente se sospecha que el cuerpo "interior", esa parte sensible que algunas mujeres afirman posee ese tipo duro y malote que a veces las atrae, está desinvestido, con las consecuente desconexión de esa parte de sí. Un ejemplo es el caso de Romario Dos Santos, un joven brasileño que en el 2015 estuvo a punto de perder sus brazos por inyectarse Synthol en los bíceps, en su obsesión por parecerse a Hulk, el increíble hombre verde de los comics. Las adicciones a los deportes de fuerza son otro ejemplo de este trastorno. Un caso casi representativo es el de Paul Walter, actor estadounidense mejor conocido por su papel de Brian O'Conner en las películas de acción de carreras de calle The Fast and the Furious, quien murió irónicamente en un accidente automovilístico por manejar a exceso de velocidad. Inevitable también es, aprovechando que aludimos en esta ocasión a obras del séptimo arte, la escena protagonizada por Robert De Niro y Cuba Gooding Jr. en Men of Honor cuando los dos marinos se retan para ver quién soporta más tiempo sin respirar bajo el agua, desafío que casi le costó la vida a Billy Sunday, el instructor veterano.
Hipermasculinidades. Se refiere a patologías que se manifiestan en una expresión excesiva de la masculinidad. Ejemplos de ésta son los excesos en el consumo de alcohol o drogas. En cierta ocasión, recuerdo, conversando con un varón más o menos joven, salió a flote el tema del cigarro; obviamente, él era una persona que fumaba con regularidad y, justo en ese momento, lo estaba haciendo a sus anchas. Llegó un punto en el que fue necesario definir la postura de ambos al respecto. Yo declaré, obviamente porque nunca me ha dado por fumar, mi desaprobación con respecto a aspirar y espirar humo de tabaco con alguna regularidad, arguyendo que esta práctica era dañina para la salud. Mi interlocutor contestó que él conocía a personas que habían fumado toda la vida y estaban bien. Podría discutirse mucho sobre esta respuesta, de acuerdo. Todavía habría sido necesario investigar más sobre cuántas personas exactamente estaba implicando en su comentario y cuántas personas, en contraste, no la pasaban tan bien en algún momento de sus vidas a causa del cigarro, pero lo importante aquí es el significado tras bambalinas de la postura que defendía: “soy hombre y basta con al menos un fumador que no haya tenido problemas para que yo, que no soy un ‘debilucho’, ‘afeminado’ o ‘quejumbroso’, lo haga, no me importa la leyenda de las cajetillas, esas cosas no afectan a los hombres de verdad”. Lo mismo aplicaría, claro, para cualquier otra situación que ponga a prueba la hipermasculinidad… ¡Haya o no casos a los cuales remitirse! Sobra decir que respeto mucho a los fumadores y que, claro, espero siempre que ellos o ellas respeten a los que no fumamos o que no somos aficionados a respirar humo de tabaco.
Trastornos derivados de orientaciones sexuales no tradicionales. De éste se derivan cuadros fóbicos y ansiosos que se presentan como reacción ante la no aceptación de orientaciones sexuales no heterosexuales. Simbólicamente, los afectados por este trastorno identificarían la masculinidad con el sol y la feminidad con la luna. La diferencia entre ambos polos sería como el día y la noche: abismal, es decir, como si ambos aspectos fueran complementarios, sí, pero totalmente distintos entre sí, como dos ríos cuyo caudal fluyera a la par, pero separados siempre por un espacio infranqueable. El papel de hombres y mujeres en la sociedad respondería a modelos claramente identificados con la concepción que tradicionalmente se ha construido para lo masculino y lo femenino: “como ha sido desde antaño, como debe ser para todos y como siempre deberá ser”, sin cabida para ninguna expresión que se contraponga a la heteronormatividad, siendo cualquier variante tachada como rara y cualquiera que se exprese de otra forma etiquetado de “anormal”, “árbol torcido” o hasta “enfermo”. Cabe señalar que, en ciertos ámbitos, por ejemplo, el religioso (y hasta el educativo, cuando la religión trastoca espacios sociales más allá de sus límites), este trastorno es incluso promovido como si justificara una verdad merecedora de algún reconocimiento, propagando en la mayoría de los casos lamentablemente, comportamientos discriminatorios, prejuicios e intolerancia.
Patología de autosuficiencia indiferente o agresiva. Quien haya visto la película “El Abogado del Diablo” (The Devil's Advocate, 1997), con Keanu Reeves como Kevin Lomax (el abogado) y Al Pacino como John Milton (el Diablo), seguramente recordará la última conversación entre los dos protagonistas cuando el primero, con pistola en mano, le reclama al segundo por la muerte de su esposa. Llega un punto en que John, después de haberle revelado a Kevin su identidad maligna, le explica que su función no es hacer que las cosas sucedan, sino que él monta el escenario solamente y deja que el resto dependa del libre albedrío que los humanos manifiestan cada vez que, por su voluntad, toman una decisión y un cauce de acción. En la escena en cuestión, se presenta el siguiente diálogo:
—Tal vez sea hora de que pierdas —espetó John, aludiendo al pasado— (pero) No lo pensaste así...
—¿Perder? —explotó Kevin— Yo no pierdo. Yo gano ¡Yo gano! Soy abogado. ¡Es mi trabajo! ES LO QUE HAGO.
—Concluyo el caso... —sentenció el Diablo contundente— Vanidad, es definitivamente mi pecado favorito. Kevin —y su tono se torna casi piadoso— es tan básico: egolatría, el narcótico natural. ¿Sabes? No es que no te preocupara Mary Anne (esposa de Kevin) … ¿No será que estuviste más involucrado con alguien más? ¿Contigo?
Las expresiones “es lo que hago” y “soy abogado” (que, para el caso, cualquier otra profesión o actividad podría ser equivalente, inclusive si no hubiera actividad alguna de por medio, como a veces lo representa, por ejemplo, Homero Simpson cuando dicho personaje de caricatura se encuentra en casa) se presentan, en la cotidianidad, de muchas maneras, pretendiendo justificar en cada caso los comportamientos que se derivan de un imperativo social que, aparentemente, legitima que los espacios públicos sean exclusivos del hombre, y que sea de su potestad, erigir grandes obras, pero así como al abogado de la película le “cayó el veinte” después de que su interlocutor reconociera en su exabrupto lo que realmente le importaba, la problemática atingente a este malestar masculino, cuyo núcleo gira en torno al autocentramiento, queda al descubierto una vez que se dirige el reflector a la indiferencia y descalificación con que el hombre trata, de manera predominante, las necesidades del otro: “no quiero conectarme contigo, estoy ocupado en algo más importante: en mí”. Cabe señalar que no es ninguna casualidad que Erich Fromm (2006), se refiera al amor paterno como condicionado a que el hijo(a) responda a ciertas expectativas; en el caso del varón, evidentemente, tales expectativas responderán al modelo de masculinidad hegemónica que, en ese contexto social y momento histórico, esté presente y que, generalmente, demandará, entre otras cualidades, la autosuficiencia superlativa.
Trastornos por temeridad excesiva. Se derivan de poner a prueba la masculinidad, enfrentando un riesgo significativo, cuya peligrosidad se valorará como medida de ésta. Por este motivo, su realización implica, generalmente, una actividad grupal, porque “solo” otros varones pueden determinar que el grado de temeridad sea el "correcto”: entre más peligrosa sea la actividad que el grupo realice, más masculinos serán los varones que intervengan en ella. También, se presentan por el descuido de la propia salud, básicamente, por la creencia de que el cuerpo masculino debe aguantar todo (hace eco aquí el “no hay dolor” que Rocky Balboa escuchaba durante sus entrenamientos). Ejemplos: los arrancones de motocicletas, practicar deportes de riesgo, no usar métodos anticonceptivos, comer, beber o drogarse en exceso, etcétera.
En suma, resulta importante señalar que reconocer estos comportamientos como patologías, no exime al varón de su responsabilidad, especialmente, cuando sus comportamientos hipermasculinos puedan dañar física y/o psicológicamente la integridad de otras personas.
Referencias
Bonino, L. (2000). Varones, género y salud mental: desconstruyendo la "normalidad" masculina. En À. Carabí y M. Segarra (eds.). Nuevas masculinidades (Pp. 41 – 64). Icaria editorial.
Fromm, E. (2006). El arte de amar. Paidós.















