• 03 de Mayo del 2026

Historias sin portada

Foto: Especial

Hay algo que no te dicen cuando te autocobras un boleto en el cine: no es tan cómodo, ni cálido, ni sencillo, es más bien una señal de que el tiempo ha pasado.


Este fin de semana ahí, frente a una pantalla sin alma, pensé en cuánto cuesta todo. No el boleto. Todo.

Entré a ver El diablo viste a la moda 2 y salí con la sensación de que esa escena, la mía, ya estaba escrita.
Porque sí: pasaron veinte años. No es metáfora, es literal. Desde El diablo viste a la moda hasta hoy, el mundo se reconfiguró.
Andy Sachs creció. Es brillante, premiada, respetada. Pero el periódico donde trabaja, ese sueño clásico de tinta, prestigio y columnas simplemente colapsa. No por falta de talento, por falta de tiempo frente al algoritmo.
Y aquí la realidad le da peso a la ficción: en Estados Unidos, más de 2,500 periódicos han cerrado desde 2005; en América Latina, el consumo de noticias digitales ya supera el 70% en varias audiencias urbanas; y a nivel global, cerca del 60% de los ingresos publicitarios migraron a plataformas digitales en la última década.
Entonces Andy vuelve. No al inicio, sino al origen. A Miranda Priestly.
Pero Miranda ya no es la misma. Hay una idea que atraviesa toda la película: todo tiene un precio. Y lo más interesante es que ahora Miranda lo sabe… y lo acepta.
En la cinta, la temida jefa ya no es solo la mujer que exige perfección; es la que entiende lo que costó llegar ahí. El poder, el prestigio, la soledad.
Se volvió un poco más humana y eso, en un personaje como ella, es casi revolucionario.
La secuela ha tenido buena recepción, alrededor de un 75% de aprobación crítica y una calificación del público cercana al 80%, la cinta cumple, es divertida y pertinente. Una historia de supervivencia laboral.
Ahí están también Emily y Nigel.
Emily, que entendió el juego y decidió jugarlo mejor, la alumna aprendió y se desarrolló en un medio hostil y competitivo. Nigel, que sigue siendo ese talento silencioso que sostiene imperios desde las sombras. Ya no son solo secundarios: son evidencia de que crecer también implica elegir quién quieres ser cuando ya sabes cómo funciona todo, elegir tu rol.
Y hay algo más, algo que me sorprendió: el amor.
Que se muestra como una forma distinta de equilibrio, una muestra de que sí, se puede.
Se puede tener una carrera. Se puede tener una familia. Pero no sin costo.
Porque siempre hay algo que se pierde en el camino. Según datos recientes, más del 40% de las mujeres profesionistas reportan haber sacrificado momentos personales importantes por su desarrollo laboral. Y aunque el discurso ha cambiado, la renuncia, pequeña o grande, sigue siendo parte del trayecto.
Y aun así… elegimos.
Salí del cine pensando en mi boleto, en cómo pasa el tiempo y sentí una gran nostalgia.
El mundo cambió. El trabajo cambió. Nosotros también.
Y esta vez, en la sala de cine, ya no estaba sola. A mi lado, mi hija, de 18 años, escuchaba cómo le contaba la primera parte, confesando que me escapa de la prepa para ir precisamente a ese cine.
Pero hay cosas que no cambian y una de ellas es la forma en que elegimos sostener lo que importa.
La moda lo entendió antes que nadie. Las tendencias pasan, las portadas se olvidan, las revistas cierran… pero el criterio, eso que te dice quién eres cuando nadie te mira, permanece. Eso no se edita.
No se trata solo de a quién le eres leal: si a un jefe, a una industria, a una versión aspiracional de ti. Se trata de no traicionarte en el proceso. De saber cuándo quedarte… y cuándo irte. De entender que crecer no siempre es avanzar; a veces es mantenerse o regresar con otros ojos.
Cada uno escribe su historia, sí. Pero no como en una revista perfecta, sino como en un dummy vivo: con tachaduras, cambios de última hora, decisiones que no siempre son correctas… pero que son propias.
Quizá el estilo nunca se ha tratado de lo que llevamos puesto, sino lo que sostenemos por dentro y nos hace irrepetibles.