• 13 de Diciembre del 2025
Adela Ramírez

Adela Ramírez

Al cumplirse la cuarta parte del siglo XXI la inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser el monstruo que iba a dominar el mundo, al controlar la mente del ser humano, pero ha logrado colarse en la política nacional. Un ejemplo de lo anterior fueron las trampas digitales durante 2024, puesto que no funcionaron como lo esperaban los “expertos” en marketing quienes apostaron por esta herramienta.

Hay miedos que no nacen en la oscuridad, sino en el espejo. Miedos que se revelan cuando descubrimos que aquello que hemos construido —una idea, una versión de nosotros mismos, un vínculo, un camino— ya no nos obedece, ya no cabe en nuestras manos, ya es demasiado grande o demasiado vivo para seguir siendo solo “nuestro”.

A eso muchos llaman el síndrome de Frankenstein: el temor visceral a ver nuestra creación adquirir voluntad, transformarse, cuestionarnos… o recordarnos que no somos dioses.

Mary Shelley lo describió sin pretensión clínica pero sí con una precisión moral devastadora: el verdadero monstruo no era la criatura, sino el abandono de su creador. Ese temblor que sentimos cuando lo que hemos hecho se vuelve extraño, autónomo, capaz de interpelarnos, es el mismo temblor que atraviesa sus páginas. Y es un temblor que aún hoy, dos siglos después, nos recorre la espalda cada vez que algo que amábamos se nos escapa, cada vez que el futuro toma forma sin pedirnos permiso.

Guillermo del Toro, con su sensibilidad de alquimista emocional, leyó esta historia con los ojos llenos de ternura hacia lo incomprendido. Él vio lo que Shelley insinuaba: que la criatura no encarna el terror, sino la necesidad. No es un monstruo, sino un huérfano. No es una amenaza: es una pregunta.

Del Toro convierte la cicatriz en un puente y la deformidad en una súplica de amor. Para él, como para tantos de nosotros, el verdadero horror no es lo diferente, sino el rechazo.

Y entonces el síndrome cambia de rostro. Ya no es solo el miedo del creador. Es también el miedo del creado.

El miedo a no ser visto. A no ser amado. A no tener un lugar en el mundo que nos parió, pero que no ha aprendido a abrazarnos.

En nuestra vida cotidiana, este síndrome se manifiesta en las formas más sutiles: el proyecto que crece y nos desafía; el hijo que piensa distinto; la emoción que ignoramos hasta que se vuelve ruido; la tecnología que nos rebasa; la versión de nosotros mismos que queríamos controlar como un autor controla su manuscrito… y que, al cobrar vida, empieza a escribir su propio capítulo.

Del Toro nos recuerda que la única respuesta humana posible ante una criatura —real o simbólica— no es el miedo, sino la compasión. Su mirada es un llamado a responsabilizarnos de lo que engendramos: nuestros actos, nuestros sueños, nuestras sombras. Porque toda creación exige un tipo de amor que no es posesión, sino acompañamiento; no es dominio, sino diálogo.

Quizá podamos aprender a reconciliarnos con lo que hacemos nacer, incluso cuando nos supera. Quizá el verdadero antídoto contra el síndrome de Frankenstein no sea la huida, sino el reconocimiento: “Te veo. Te escucho. Te acepto, aunque seas distinto de lo que imaginé.”

Así, entre Shelley y del Toro, se revela la verdad que ambos murmuran en la misma herrumbre poética: el monstruo no es lo que creamos, sino lo que negamos. Y la belleza, dulce y extraña, nace cuando el creador deja de temer y empieza a amar lo que ha puesto en el mundo, incluso si lleva tornillos en el alma o costuras en la voz.

X: @delyramrez

En días recientes, México despertó con dos noticias que, aunque pertenecen a mundos distintos, comparten una misma raíz: el talento y la determinación de las mujeres mexicanas para abrirse paso en escenarios globales.

La escena es conocida: pastel al centro, velas encendidas, gente alrededor cantando con un entusiasmo que, dependiendo del nivel de confianza, puede ser genuino, moderado o descaradamente desafinado. En ese pequeño círculo iluminado, el cumpleañero se prepara para soplar. Y aunque parezca un gesto inocente, una tradición más, en realidad es una de las coreografías más antiguas y simbólicas que repetimos sin pensarlo demasiado año con año.

El reconocimiento del ministro español de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, sobre “el dolor y la injusticia” sufridos por los pueblos originarios de México durante la Conquista y la Colonia, pretendía ser un gesto diplomático de empatía.

PEN America ha documentado casi 23,000 prohibiciones de libros en escuelas públicas de Estados Unidos desde 2021. Esta censura, impulsada por grupos conservadores, se ha extendido a casi todos los estados del país y se dirige principalmente a libros sobre raza, racismo, personas de color y LGBTQ+, así como a obras con referencias sexuales o violencia sexual.

En los cafés de París, a principios del siglo XX, un grupo de artistas se reunía a jugar con el lenguaje y el inconsciente. André Breton, Paul Éluard, Tristan Tzara y otros nombres que hoy se pronuncian con reverencia surrealista, se entregaban al azar y a la intuición. Inventaron un juego que era también una poética: el cadáver exquisito. Cada uno escribía una frase sin saber lo que el anterior había puesto. Al final, el resultado era un poema delirante, una criatura hecha de retazos, de incongruencias y hallazgos. Una suerte de Frankenstein de la sensibilidad humana.

Dicen que las mujeres tienen un sexto sentido, pero pocas veces se habla de que ese sentido podría estar en la nariz. No es una metáfora: la ciencia ha demostrado que el cuerpo femenino es capaz de detectar, a través del olor, la compatibilidad genética con una posible pareja. En otras palabras, elegimos con el olfato… y con el ADN ajeno.

 

Adela Ramírez

En el siglo XIX, el amor no se gritaba: se insinuaba. Cada gesto tenía una gramática precisa, cada mirada, una coreografía. La seducción victoriana fue un arte lleno de códigos, una danza entre el deber y el deseo. Si hoy bastan tres mensajes para concretar una cita, en aquella época podían pasar semanas antes de que un caballero osara pedir el primer baile.

El cortejo no era un acto privado: era una puesta en escena pública, vigilada y ritualizada. Las damas acudían a los bailes acompañadas de una “chaperona”, encargada de proteger su reputación y mantener la decencia de los intercambios. Bajo esa vigilancia nacía la tensión: los sentimientos se comunicaban en los márgenes del protocolo. Como señala el libro Etiquette of Courtship and Matrimony, “el verdadero amor es generalmente delicado y tímido, y puede asustarse fácilmente por una actitud demasiado audaz” (Victorian Voices, 2016).

La tarjeta de baile: el primer “match” social

Uno de los símbolos más curiosos de la conquista victoriana fue la tarjeta de baile (dance card), un pequeño cuaderno que las damas llevaban al salón. En él se anotaban los nombres de los caballeros que deseaban reservar una pieza.

Aquella invitación a bailar no era un simple gesto de cortesía: era una señal pública de interés. La presencia o ausencia de un nombre podía alterar reputaciones y suscitar rumores. Según Mental Floss, “decir ‘Mi tarjeta de baile está llena’ era una forma educada de rechazar una invitación sin ofender”. En una sociedad donde el cuerpo y la palabra estaban vigilados, la danza era el único espacio legítimo para el roce, la conversación y la emoción.

En Estados Unidos y Europa, incluso se popularizaron las “escort cards” o tarjetas de presentación galante, con versos coquetos o frases de humor, que permitían iniciar un contacto con menos formalidad. Era el equivalente impreso de un mensaje directo: breve, audaz y cuidadosamente diseñado.

El lenguaje secreto del abanico

Si las palabras estaban prohibidas, los objetos hablaban. El abanico se convirtió en una extensión del cuerpo femenino: un código de gestos que, según manuales y guías de etiqueta de la época, permitía transmitir mensajes sin decir una sola palabra. Sotheby’s explica que “dibujar el abanico a través de la mejilla supuestamente significaba ‘te amo’, mientras que girarlo en la mano izquierda señalizaba ‘estamos observados’”.

Un artículo de Always Austen agrega que “llevar el abanico en la mano derecha frente al rostro significaba ‘Sí’, mientras que colocarlo sobre la oreja izquierda indicaba ‘Te deseo’”. Aunque algunos historiadores advierten que este lenguaje fue más un mito romántico promovido por fabricantes que una práctica universal, su fuerza simbólica fue real: representaba el deseo contenido, la inteligencia del disimulo y el poder del gesto.

El pañuelo también tenía su propio código. Dejarlo caer “accidentalmente” era una invitación al acercamiento: la oportunidad perfecta para que el caballero lo recogiera, iniciando así una conversación bajo el disfraz de la casualidad. Era el equivalente analógico de un “like” intencionado.

El peso del silencio

En una época donde la virtud femenina era medida por su reserva, la seducción se convirtió en un ejercicio de paciencia. Las cartas, las caminatas, los bailes eran pequeñas conquistas en un tablero donde las reglas importaban tanto como los sentimientos.

Y aunque hoy esas prácticas parecen lejanas —y muchas, sin duda, opresivas—, en ellas había algo que el presente ha perdido: la atención al detalle, el arte del tiempo, la belleza de la espera. Amar era también observar, interpretar, imaginar.

Jennifer Phegley, en Courtship and Marriage in Victorian England, explica que estas costumbres reflejaban cómo “el cortejo estaba regulado no solo por normas sociales, sino también por la expectativa de crear respeto y admiración mutua antes de cualquier declaración de amor”.

Del abanico al algoritmo

El siglo XXI cambió la escena: los algoritmos reemplazaron a las chaperonas, las notificaciones sustituyeron las miradas. La inmediatez digital acortó las distancias, pero también erosionó los rituales. En las aplicaciones de citas, el encanto está en la velocidad; el riesgo, en la saturación.
No hay espacio para el misterio del abanico ni para la torpeza del primer encuentro: todo se decide en segundos, con un pulgar.

Y, sin embargo, algo persiste. Aunque el contexto cambió, el deseo humano sigue buscando lo mismo que en la época victoriana: atención, respeto, emoción. Quizás no necesitamos volver al corsé de la etiqueta, pero sí al sentido del gesto, a la idea de que conquistar no es solo conseguir, sino cuidar el modo en que se busca.

La cortesía como lenguaje perdido

La caballerosidad victoriana, tan criticada como idealizada, no era solo un conjunto de normas sociales: era una manera de reconocer al otro. Hoy, un “gracias”, un “te acompaño” o una conversación sin prisa pueden parecer anacrónicos, pero son formas modernas de esa misma cortesía.

Entre el exceso de pantallas y la economía del tiempo, recordar aquellos códigos antiguos es también un ejercicio de resistencia. No se trata de regresar al pasado, sino de rescatar la elegancia de mirar con intención.

Epílogo: volver al arte del gesto

El siglo XIX hablaba con abanicos y pañuelos. El XXI, con emojis y audios de voz. En ambos hay deseo, búsqueda y lenguaje. Pero mientras los victorianos aprendieron a seducir en el silencio, nosotros aprendemos a hacerlo en medio del ruido.

Tal vez la conquista más difícil —y más urgente— de nuestra era sea recuperar lo que ellos ya sabían: que el amor, cuando es auténtico, no se mide por la velocidad del mensaje, sino por la calidad del gesto.

X: delyramrez

En Durango, una menor de apenas 14 años murió en una mesa quirúrgica. No fue víctima de una enfermedad ni de un accidente. Su “regalo de 15 años” fue una cirugía estética: implantes de senos, una liposucción y una lipotransferencia de glúteos.

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