• 11 de Agosto del 2026
Adela Ramírez

Adela Ramírez

 

Adela Ramírez

En el siglo XIX, el amor no se gritaba: se insinuaba. Cada gesto tenía una gramática precisa, cada mirada, una coreografía. La seducción victoriana fue un arte lleno de códigos, una danza entre el deber y el deseo. Si hoy bastan tres mensajes para concretar una cita, en aquella época podían pasar semanas antes de que un caballero osara pedir el primer baile.

El cortejo no era un acto privado: era una puesta en escena pública, vigilada y ritualizada. Las damas acudían a los bailes acompañadas de una “chaperona”, encargada de proteger su reputación y mantener la decencia de los intercambios. Bajo esa vigilancia nacía la tensión: los sentimientos se comunicaban en los márgenes del protocolo. Como señala el libro Etiquette of Courtship and Matrimony, “el verdadero amor es generalmente delicado y tímido, y puede asustarse fácilmente por una actitud demasiado audaz” (Victorian Voices, 2016).

La tarjeta de baile: el primer “match” social

Uno de los símbolos más curiosos de la conquista victoriana fue la tarjeta de baile (dance card), un pequeño cuaderno que las damas llevaban al salón. En él se anotaban los nombres de los caballeros que deseaban reservar una pieza.

Aquella invitación a bailar no era un simple gesto de cortesía: era una señal pública de interés. La presencia o ausencia de un nombre podía alterar reputaciones y suscitar rumores. Según Mental Floss, “decir ‘Mi tarjeta de baile está llena’ era una forma educada de rechazar una invitación sin ofender”. En una sociedad donde el cuerpo y la palabra estaban vigilados, la danza era el único espacio legítimo para el roce, la conversación y la emoción.

En Estados Unidos y Europa, incluso se popularizaron las “escort cards” o tarjetas de presentación galante, con versos coquetos o frases de humor, que permitían iniciar un contacto con menos formalidad. Era el equivalente impreso de un mensaje directo: breve, audaz y cuidadosamente diseñado.

El lenguaje secreto del abanico

Si las palabras estaban prohibidas, los objetos hablaban. El abanico se convirtió en una extensión del cuerpo femenino: un código de gestos que, según manuales y guías de etiqueta de la época, permitía transmitir mensajes sin decir una sola palabra. Sotheby’s explica que “dibujar el abanico a través de la mejilla supuestamente significaba ‘te amo’, mientras que girarlo en la mano izquierda señalizaba ‘estamos observados’”.

Un artículo de Always Austen agrega que “llevar el abanico en la mano derecha frente al rostro significaba ‘Sí’, mientras que colocarlo sobre la oreja izquierda indicaba ‘Te deseo’”. Aunque algunos historiadores advierten que este lenguaje fue más un mito romántico promovido por fabricantes que una práctica universal, su fuerza simbólica fue real: representaba el deseo contenido, la inteligencia del disimulo y el poder del gesto.

El pañuelo también tenía su propio código. Dejarlo caer “accidentalmente” era una invitación al acercamiento: la oportunidad perfecta para que el caballero lo recogiera, iniciando así una conversación bajo el disfraz de la casualidad. Era el equivalente analógico de un “like” intencionado.

El peso del silencio

En una época donde la virtud femenina era medida por su reserva, la seducción se convirtió en un ejercicio de paciencia. Las cartas, las caminatas, los bailes eran pequeñas conquistas en un tablero donde las reglas importaban tanto como los sentimientos.

Y aunque hoy esas prácticas parecen lejanas —y muchas, sin duda, opresivas—, en ellas había algo que el presente ha perdido: la atención al detalle, el arte del tiempo, la belleza de la espera. Amar era también observar, interpretar, imaginar.

Jennifer Phegley, en Courtship and Marriage in Victorian England, explica que estas costumbres reflejaban cómo “el cortejo estaba regulado no solo por normas sociales, sino también por la expectativa de crear respeto y admiración mutua antes de cualquier declaración de amor”.

Del abanico al algoritmo

El siglo XXI cambió la escena: los algoritmos reemplazaron a las chaperonas, las notificaciones sustituyeron las miradas. La inmediatez digital acortó las distancias, pero también erosionó los rituales. En las aplicaciones de citas, el encanto está en la velocidad; el riesgo, en la saturación.
No hay espacio para el misterio del abanico ni para la torpeza del primer encuentro: todo se decide en segundos, con un pulgar.

Y, sin embargo, algo persiste. Aunque el contexto cambió, el deseo humano sigue buscando lo mismo que en la época victoriana: atención, respeto, emoción. Quizás no necesitamos volver al corsé de la etiqueta, pero sí al sentido del gesto, a la idea de que conquistar no es solo conseguir, sino cuidar el modo en que se busca.

La cortesía como lenguaje perdido

La caballerosidad victoriana, tan criticada como idealizada, no era solo un conjunto de normas sociales: era una manera de reconocer al otro. Hoy, un “gracias”, un “te acompaño” o una conversación sin prisa pueden parecer anacrónicos, pero son formas modernas de esa misma cortesía.

Entre el exceso de pantallas y la economía del tiempo, recordar aquellos códigos antiguos es también un ejercicio de resistencia. No se trata de regresar al pasado, sino de rescatar la elegancia de mirar con intención.

Epílogo: volver al arte del gesto

El siglo XIX hablaba con abanicos y pañuelos. El XXI, con emojis y audios de voz. En ambos hay deseo, búsqueda y lenguaje. Pero mientras los victorianos aprendieron a seducir en el silencio, nosotros aprendemos a hacerlo en medio del ruido.

Tal vez la conquista más difícil —y más urgente— de nuestra era sea recuperar lo que ellos ya sabían: que el amor, cuando es auténtico, no se mide por la velocidad del mensaje, sino por la calidad del gesto.

X: delyramrez

En Durango, una menor de apenas 14 años murió en una mesa quirúrgica. No fue víctima de una enfermedad ni de un accidente. Su “regalo de 15 años” fue una cirugía estética: implantes de senos, una liposucción y una lipotransferencia de glúteos.

En los últimos años ha resurgido, sobre todo en redes sociales, un fenómeno que parece contradecir las conquistas feministas de las últimas décadas: mujeres que eligen de manera consciente una vida “tradicional”, dedicándose a cuidar a sus hijos, su esposo y su casa. Se hacen llamar tradwives (del inglés traditional wives), y aunque a primera vista parecen encarnar un modelo del pasado, lo cierto es que su existencia abre un debate actual sobre la libertad de elección y la diversidad de caminos en la vida de las mujeres.

En un instante, un estruendo estremeció Iztapalapa y transformó la rutina de sus habitantes en caos. Calles y casas se vieron envueltas en humo y confusión; los gritos, sirenas y carreras improvisadas marcaron los primeros minutos de una tragedia que nadie olvidará.

Hay algo fascinante —y a veces inevitablemente gracioso— en la forma en que muchos hombres se enfrentan a la vida: como si cada situación cotidiana fuera una final de campeonato. ¿Quién abre más rápido una botella de agua? ¿Quién encuentra antes el lugar de estacionamiento? ¿Quién termina primero la carne asada? Lo que para otros es un detalle menor, para ellos se convierte en un “torneo invisible” en el que el verdadero premio no es material, sino el orgullo de decir: “te gané”.

Una sociedad se mide por cómo protege a sus más vulnerables. En México, en apenas una semana, tres pequeñitos fueron abandonados a su suerte: una bebé hallada en los baños del metro UAM-I en Ciudad de México, un menor rescatado en Tacubaya y otra menor, ya sin vida, encontrada en un camión de basura en Nuevo León. Tres historias que muestran la fragilidad de la vida y la cruda indiferencia que a veces reina en nuestra sociedad.

Imagina que una persona se identifica profundamente, no con otro género ni nacionalidad, sino con un lobo, un dragón o incluso un ser mitológico. No se trata de un juego de roles ni de fantasías pasajeras. Para algunos, esta sensación de ser “otro” es tan real como cualquier aspecto central de su identidad. Son los therianthropes (quienes se sienten animales no humanos) y los otherkin (quienes se identifican con entidades no humanas, a menudo mitológicas o fantásticas).

Cuando se habla de drogas adictivas, la cocaína suele estar en la cima de la lista. No es casualidad. Su acción sobre el cerebro es tan poderosa que no solo genera una dependencia brutal, sino que también “bloquea” cualquier otra fuente de placer o motivación. Es como si el cerebro pusiera todas sus fichas en ella… y descartara el resto.

Al sonreír, no solo se mueven músculos: se activa un laboratorio químico dentro de la cabeza. La felicidad no es un estado abstracto; es el resultado de una coreografía precisa entre neurotransmisores y zonas cerebrales.

"Es mejor arder intensamente que apagarse lentamente" —Kurt Cobain, la parafraseó en su carta de despedida.

Morir a los 27 años no es una ley escrita… pero en la cultura pop parece una maldición. El llamado Club de los 27 reúne a varias de las figuras más influyentes y brillantes del rock, el blues y el soul que, en la cúspide de su fama y talento, murieron prematuramente, con apenas 27 años.

Página 5 de 10