Y, por supuesto, en política cuando alguien tiene que aclarar que no hay división, generalmente es porque la pregunta ya está en el aire.
A casi dos años de la sucesión presidencial, Sheinbaum ha mantenido una relación política pública sin rompimientos con Andrés Manuel López Obrador. No ha existido una ruptura formal, ni un deslinde abierto, ni mucho menos una confrontación entre la presidenta y quien fuera su antecesor, fundador y principal referente político de Morena.
Pero una cosa es no romper públicamente y otra muy distinta que dentro del movimiento no existan tensiones, porque la herencia política que recibió Sheinbaum no sólo incluye la estructura territorial de Morena, sus mayorías legislativas y el capital político construido durante el sexenio pasado. También incluye personajes, grupos y expedientes que hoy se han convertido en un problema para la nueva administración.
Ahí están los cuestionamientos y acusaciones públicas que han alcanzado a personajes cercanos al entorno político de López Obrador, entre ellos Rubén Rocha Moya y Adán Augusto López Hernández. Los señalamientos y las investigaciones que los rodean han colocado bajo presión a un grupo político que durante años operó con una enorme cercanía al expresidente.
López Obrador llegó incluso a referirse públicamente a ambos como parte de su círculo más cercano, sus “hermanos” políticos, y eso importa, porque el problema de los grupos políticos no es sólo quién cae, sino a quién salpica cuando cae.
La discusión se ha extendido incluso a la familia del expresidente. El caso del retiro de la visa estadounidense a Andy López Beltrán, según la información que ha circulado sobre el tema, abrió un nuevo frente político. Su posterior reacción pública contra autoridades estadounidenses provocó cuestionamientos y elevó la tensión alrededor de un asunto que no necesariamente formaba parte de una confrontación directa entre los gobiernos de México y Estados Unidos.
Los visos de un “cisma” tocaron fondo con el regreso de Rocha Moya a sus funciones, en medio de versiones y especulaciones políticas sobre la forma en que el gobernador sinaloense tomó la decisión y los respaldos con los que contaba.
Pero en política, incluso la percepción tiene consecuencias, y la percepción que comienza a crecer es que en Morena hay una disputa silenciosa entre quienes pretenden conservar el peso político heredado del lopezobradorismo y quienes consideran que el gobierno de Sheinbaum necesita construir su propio control sobre el movimiento.
No necesariamente habrá una fotografía de la ruptura.
Quizá no veremos a Sheinbaum y López Obrador intercambiar acusaciones. Quizá nadie renuncie a Morena. Quizá todos sigan diciendo que son parte del mismo proyecto. Pero las decisiones pueden contar otra historia.
Porque mientras públicamente se niega cualquier rompimiento, desde Morena comienza a enviarse otro mensaje: los perfiles con “vínculos inconfesables” quedarían fuera de las candidaturas, incluso si ganan encuestas.
La advertencia lanzada por la dirigencia nacional apenas dos días antes del informe presidencial, abre una pregunta incómoda rumbo a 2027: ¿hasta dónde llegará la operación para bloquear a personajes políticamente incómodos o desgastados dentro de la propia coalición gobernante?
Ahí podría estar la verdadera frontera.
No entre Sheinbaum y López Obrador, al menos no todavía. Sino entre el movimiento que López Obrador construyó y el que Sheinbaum necesita para gobernar sin cargar con todos los costos de la herencia.
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