Ese día tenía una reunión a la misma hora que la presentación, por lo que, con cierta indiferencia pensé: “¡Para otra ocasión será!”, pero resultó que la reunión terminó antes de lo previsto, por lo que surgía la oportunidad de asistir, tarde, pero con tiempo suficiente para estar la mayor parte del evento. Yo, sin embargo, todavía no estaba muy convencido de ir: no conocía al autor y el género de la obra (novela romántica), simplemente, no llamaba mi atención, pero… sucedió que una de las pocas personas que sí acudió a la reunión a la que habíamos sido convocados, una amiga del medio literario, sí conocía al autor y me convenció de que la acompañara a la presentación del bendito libro.
En fin, el caso es que siempre sí la acompañé, y varios minutos después de que el evento hubiera comenzado, ya estábamos sentados entre las primeras butacas del auditorio, oyendo una animosa entrevista, en la que el autor, emocionado a más no poder por lo que había escrito y publicado, compartía los pormenores de su libro. Pasaron los minutos y, al cabo de un rato, mientras aguardaba con toda la paciencia que podía ser capaz de tener, comencé a preocuparme. Estoy consciente de que no estuvimos desde el principio en la presentación y que, probablemente, ya habían compartido suficientes comentarios al respecto, pero… ¡Juro por lo que quieran que, después de un largo rato de estar escuchando a quienes participaban en la mesa, apenas tenía un bosquejo sobre lo que trataba el libro! Todo cuanto habían comentado hasta el momento (y hasta el final del evento, según me pareció después) me dejó con solo algunas ideas en torno a una relación entre personas con la vida resuelta cuyo romance ocurría detrás de un velo bucólico tendido sobre una realidad discordante. ¡No quería detalles o que me espoliaran la historia! Solo quería saber algunos indicios que me ayudaran a vislumbrar de qué trataba el libro. Solo eso. ¿Era mucho pedir? En fin, pensé: “¡Para otra ocasión será!”, y opté por relajarme sin más.
No sé si ocurra lo mismo con algunos otros eventos similares, pero, inmerso ya en la situación, comencé a sentirme no en la presentación de un libro, sino en una reunión de viejos conocidos, en la que abundaban expresiones del tipo: “estoy súper feliz por este logro”, “contraté a Hugo, Paco y Luis para el diseño de la cubierta y la maquetación”, “aprendí a conversar con mi agente de IA como herramienta para hacer toda clase de cosas”, entre otras. Obviamente, sin haber leído el libro, no hay motivos para creer que el libro en cuestión no tenga lo suyo. Después de todo, la emoción que impulsó la creación de un texto de más de cuatrocientas páginas debió generar algo bueno, aunque tampoco digo que la extensión sea el único criterio para valorar, en términos literarios, que un libro sea “bueno” (o no). Al fin y al cabo, habría que decirlo también, si la presentación que un autor organiza no tiene el propósito de montar un escenario seguro que sirva para catapultar su obra, entonces, ¿para qué otra cosa lo haría? ¿Para echarse tierra él solo? No, ¿verdad? En este sentido, creo que tanto la euforia que derrochaba el autor como el formato utilizado para hacer la presentación: una persona entrevistando al autor sin la intervención de ningún comentarista, les funcionó muy bien porque, al menos a mí, me hizo sentir que estaba viendo una entrevista transmitida en medios después de haber tenido lugar un suceso extraordinario, por ejemplo, haber ganado un premio literario de prestigio o haber alcanzado récords de ventas, lo que en ese momento resultaba tan idílico como la realidad de ensueño que su autor afirmaba haber construido para la historia romántica del que era su primer libro.
En alguna de sus intervenciones, el autor comentó algo que llamó mi atención. Dijo que “la lectura de su libro era para hacerte feliz”, que los lectores lo disfrutarían mucho porque lo había escrito para hacer feliz a quien se animara a leerlo, palabras que me causaron mucho ruido, porque me quedé pensando: “¡Ah, caray!, ¿cómo está eso?”. Cuando llegó el momento de las preguntas de parte de la audiencia, aunque deseaba saber qué pensaba el autor acerca de mi duda, me abstuve de hacerlo porque recordé que, en esta ocasión, yo solo iba de acompañante, y no obstante… ¡No quise quedarme con la duda! Cuando terminó la presentación y sobrevino el siempre confiable momento del ji ji ji ja ja ja posterior al acto de cierre, aproveché un extraño instante en que el autor no estaba rodeado de sus viejos conocidos, para acercarme y expresarle mi duda: “Me quedé con la curiosidad… ¿A qué te referías con que la lectura de tu libro es para hacer feliz al lector? Me asalta la duda porque si hay libros que tienen esa finalidad, como el tuyo, por ejemplo, entonces… ¿Qué tipo de libros serían aquellos destinados a no hacer feliz a quienes los lean?”. El autor se tardó solo un segundo en pensar su respuesta, e inmediatamente me contestó: “No pues, ya sabes, hay libros como los del género del terror que buscan provocar miedo en el lector, dejarte así”, y, al terminar la frase, acompañó sus palabras con un gesto teatral: alzó las manos y dibujó en su rostro una expresión de espanto. “Sí, tienes razón”, le contesté. Y ahí quedó toda mi duda y toda su respuesta. Seguramente, la cuestión no daba para más, ni de parte mía ni de parte suya.
Pero la cuestión es que me quedé pensando en ese asunto, pero como no sabía exactamente qué pensar al respecto, digamos, que lo dejé reposar hasta que, después de un par de días, se materializó en este texto. Tomando como ejemplo estas mismas líneas, pienso que yo también podría decir que las escribí para hacer feliz a alguien más, por ejemplo, a ese lector que no conozco y que probablemente nunca conoceré, lo que no sería un obstáculo empero, para imaginármelo sonriendo mientras me lee y, ¿por qué no?, también colmado de dicha a medida que avanza en un escrito cuyo único propósito es hacerlo feliz, pero… ¡¿Cómo demonios sabes que lo que escribas hará feliz a quien te lea?! ¿Es una mera suposición, un ardid publicitario, una aseveración sustentada en un estudio de mercado, o de plano, una convicción personal que te induce a pensar que los lectores sentirán lo mismo que tú sentiste al escribir tu libro? Habrá que decirlo como es: cuando un escritor presenta un libro y no pertenece a la élite cuyas obras encabezan las listas de bestsellers de las grandes editoriales, una de sus mayores preocupaciones es que su evento luzca concurrido, por lo que al usar todos los ases que tenga bajo la manga, ¿a quiénes recurre para reducir lo más que pueda el número de espacios vacíos? Exactamente: a sus “viejos conocidos” (léase: pareja, familia, amigos, vecinos, etcétera), y por supuesto que sus invitados, ya sea por afecto, compromiso o una mezcla de ambas cosas, aplaudirán y celebrarán de principio a fin la presentación de su hijo literario, marea de loas que, por un momento, podrían hacerle creer al autor que la respuesta de su audiencia preludia el impacto que su obra tendrá más allá del evento que sirvió para presentarla, pero cuidado: todo el cúmulo de discursos, encuentros y emociones compartidas que estos eventos implican, por emotivos que sean, no siempre son reflejo fiel de lo que pasará en el futuro con esa cría literaria, todo lo cual sigue sin aportarme elementos, al menos en el caso referido, que sirvan para responder a la cuestión que, por necio, me tiene todavía escribiendo: ¿Cómo saber que tu escrito hará feliz al lector?
Partamos de lo obvio y preguntémonos primero, ¿qué entendemos por felicidad? Como intentar definir este concepto podría encausarnos a un enredo interpretativo, ya que probablemente tendríamos que abordarlo desde diferentes perspectivas, por ejemplo, la filosófica o la psicológica, limitémonos a la expresión “ser feliz” y definámosla desde el punto de vista de lo cotidiano, entendiendo por ésta un estado que combina bienestar, sentido y satisfacción que una persona siente, en cierto momento, cuando la situación que vive está alineada con algo que considera importante; en este sentido, un lector feliz sería aquel que mientras lee se siente bien, porque esa experiencia le aporta valor y sentido a su ser, haciéndolo sentir satisfecho, ya que la lectura lo alinea con algo que el lector considera importante en su vida (nótese que ese “algo” no es el libro per se, cualquiera que éste sea, sino un aspecto en la vida del lector cuya conexión la lectura propicia); así pues, siguiendo con lo que es obvio, para saber si tu escrito hace feliz a algún lector no habría una acción que fuera más evidente que acudir con ellos y preguntarles directamente. Esto, que en primera instancia parece un poco absurdo, en la era tecnocognitiva que despunta con la humanidad a rastras, no resulta tan complicado; de hecho, es la vía que, desde hace un par de décadas, algunas editoriales han reconocido como la alternativa para que autores no consolidados tengan la oportunidad de acceder a su Olimpo, donde habitan los autores consagrados, para probar suerte y publicar. La pregunta para los valientes que desean ingresar a la tierra de los literatos inmortales es muy simple: ¿tienes una comunidad de seguidores que te respalde en redes sociales? (“respaldar” significa aquí “que muy probablemente comprarán tu libro”). Obviamente, entre más seguidores tengas, mayores probabilidades de que la propuesta sea aceptada. Al respecto, lo importante no es el trasfondo comercial que suele caracterizar al sector editorial ni la falta de coincidencia que puede haber entre la calidad del libro publicado y la popularidad del influencer, sino la posibilidad de que la comunidad que el autor integre a su alrededor, le permita construir un espacio para establecer un diálogo con sus seguidores, aprovechándolo para darse a conocer, tanto en lo profesional como en lo personal, promover su obra e indagar sobre la diversidad de opiniones que pueda haber sobre lo que ha escrito hasta ahora o, incluso, sobre lo que piensa escribir para futuros proyectos, opiniones que pueden ser positivas, pero también negativas, por lo que de aceptar el reto que esta nueva era nos presenta (y que, al parecer, nos deja sin mucho margen hacia donde más movernos), el escritor debe forjar su temple ante el siempre inminente fuego de la crítica y, de paso, hacerse de las competencias computacionales que lo pongan a la par de los creadores de contenido más competentes… ¡Y seguir siendo autor!
Con lo dicho hasta aquí, parecería que hemos llegado al final de nuestra pesquisa, pero me resisto a creer que la respuesta que buscamos sea irreductible a un mero sondeo entre los seguidores que integran la comunidad virtual de un autor. Técnicamente, creo que hasta aquí lo podríamos dejar, pero… permítanme hacer algunas consideraciones más, y juro ya no ensañarme más con el evento que sirvió de pretexto, desde un inicio, para escribir este artículo.
Como saben, escribo de vez en cuando. Me falta disciplina, quizá. Hace un par de semanas escribí y publiqué un artículo para este mismo medio digital. Lo que sí ha sido una constante es desconocer si alguien me lee. Es un dato del que hasta ahora no estoy al tanto y que, para serles franco, prefiero seguir ignorando. ¿Escribo para que los que me lean sean felices? Lo más probable es que la intención esté casi siempre presente, pero no creo que la mera intención baste para cumplir con esa finalidad, si es que ese fue el objetivo de inicio, si es que hubo algún objetivo en algún momento. Si lo que uno escribe es, en esencia, una carta de buena intención, solo el lector que haya tenido la experiencia de leer ese escrito puede constatar si la lectura hizo posible una conexión entre su lectura y mi escritura, como un circuito intelectual que finalmente cubre un ciclo. Si, sorpresivamente, supiera que alguien me lee y que además lo que escribí propició que fuera feliz, aunque fuera durante el lapso que duró su lectura, supongo, que también me haría feliz a mí, pero… ¿Y si ese lector me dijera: “¡Híjole! La verdad… ¿Cómo te digo? La verdad es que no, todo lo contrario, me hizo sentirme desgraciado, sobre todo por la anécdota que compartes, creo que fue muy personal”. Entonces, ¿saber eso me haría sentir infeliz a mí? Por regla general, diría que sí, porque la expectativa de quien escribe es que la persona que lo lea tenga una experiencia placentera, satisfactoria y que le aporte valor y sentido a su ser, todo lo cual, permitirá completar ese ciclo entre la escritura y la lectura referido líneas atrás, pero si ocurre el efecto contrario, entonces no es posible alcanzar el punto de integración esperado y todo el proceso, digamos, es como si sufriera un corto circuito, pero… ¡No así en el caso de ese artículo en particular! ¿Por qué? Porque, aunque su tono fuera jocoso, no lo escribí con la intención de hacer feliz a nadie (tampoco, aclaro, fue para hacer infeliz a alguien, obviamente, la intencionalidad detrás de cada escrito es irreductible a estados afectivos sin más). Debo decir empero, que escribir el artículo “Música y momentos de vida: escuchar al infinito cantar” me hizo feliz a mí, justamente, por las anécdotas que me hizo rememorar, porque me gusta escribir y porque ese texto, como tantos otros de mi autoría (no sé si le pase a otros que gusten de escribir también), tenía tiempo guardado (años), pero inconcluso, y solo cuando lo rescaté del archivo digital que tenía etiquetado mentalmente “para después” fue que lo completé, y aún después de leerlo y revisarlo una y otra vez, incluso después de que fuera publicado, uno regresa al escrito y lo vuelve a leer, a revisar, y encuentra que: ¡Híjole!, un detalle de más, un detalle de menos, y entonces siente uno ganas de darse de garrotazos, pero considera que la infelicidad temporal es flagelo suficiente; al final, lo que importa es tomar nota de la corrección que quedará pendiente, quizá, para el siguiente proyecto editorial.
Es obvio que, enmarcados en un género literario, los libros buscan provocar reacciones distintas en los lectores: alegría, nostalgia, reflexión, entre otras; y que, a su vez, los géneros literarios compaginan con lectores de cierto perfil, de manera que habrá quienes prefieran leer, la mayoría de las veces, cuentos de terror, novelas de ciencia ficción u obras de corte lírico, por citar algunos. ¿A dónde quiero llegar con esto? A que la felicidad que la lectura (y la escritura) pueden generar, independientemente del género o perfil literario al que pertenezcan, constituye una nota esencial tanto de la escritura generada por el autor como de la lectura realizada por el lector, misma que se manifiesta cada vez que se completa un circuito entre ambos procesos, lo que es susceptible de traducirse en cuotas de comprensión, momentos reflexivos y, con suerte, cambios de perspectiva, todo lo cual podríamos denominar, simplemente, como aprendizaje.
Con estas consideraciones, ¿podría afirmarse que la escritura y la lectura, como procesos capaces de conducir al aprendizaje de cierta clase de lección, implicarían por sí solas el logro de experiencias portadoras de valor, sentido, satisfacción y conexión tanto para escritores como para lectores? Yo diría que sí, pero también diría que… depende, porque derivaría de ciertas condiciones: de las intenciones de quienes escriben, de las motivaciones de quienes leen, de la visión de las editoriales, del juicio de quienes acompañan al autor en la presentación de su obra (tanto si son “viejos conocidos” como si no), del valor que tenga para la sociedad aspectos como la publicación, la circulación y la conservación del conocimiento tanto de manera impresa como digital, de la difusión que se haga de la lectura en diferentes ámbitos (familia, escuela, bibliotecas, entre otros) a través de los mecanismos institucionales correspondientes, y un largo etcétera que, obviamente, desmitifica que la cuestión sea fácil de resolver (no es cosa solo de dejar algunos libros en cierta parte de la ciudad y ver si alguien se anima a tomar uno para leerlo), pero… suponiendo que así fuera, suponiendo que bastara con decir que escribir y leer son procesos que te proveerán de felicidad al menos mientras seas parte del ciclo de la escritura – lectura, justo eso debería animarnos para intentar hacer una mejoría con mayor brío, ¿no les parece?
Yo, por mi parte, creo que la escritura y la lectura, por el solo hecho de implicar experiencias potenciales de aprendizaje, deberían comprometernos a valorar tales procesos como algo más que simples prácticas culturales, al punto de convencernos de que escribir y leer contienen, en esencia, una simiente capaz de conducirnos a la felicidad, y aunque nos permitan alcanzar ese estado solamente por un tiempo limitado, acaso esa duración sea suficiente para advertir que tenemos ante nosotros una vía clara para vincular nuestro entendimiento con la finalidad última de nuestro ser: aprender de este mundo, aprender de los demás y aprender de nosotros mismos. Si tales acciones, derivadas de la lectura y la escritura, no implican cada una cierta dosis de felicidad per se, entonces se parecen mucho a ella.















