• 18 de Octubre del 2026

Mia Couto: la lengua, la memoria y el derecho a imaginar el mundo

Foto: Especial

La literatura de Mia Couto plantea una dificultad que no es solamente estética, sino también cultural y epistemológica: cómo escribir una realidad que se resiste a las categorías mediante las cuales hemos aprendido a interpretarla. En sus novelas, el mundo no se encuentra dividido de manera estable entre lo racional y lo imaginario, entre la vida y la muerte, o entre la naturaleza y la experiencia humana, porque esas fronteras, que determinadas tradiciones de pensamiento han convertido en instrumentos de clasificación, no siempre permiten comprender la relación que los personajes establecen con su historia, sus antepasados y el territorio que habitan. Su escritura no consiste en añadir elementos fantásticos a una realidad reconocible, sino en cuestionar la suficiencia de nuestra propia idea de realidad.


Esta operación comienza en el lenguaje, donde Mia Couto ha desarrollado una de las propuestas más singulares de la narrativa contemporánea en portugués. Su escritura incorpora invenciones léxicas, alteraciones expresivas y ritmos que dialogan con la oralidad y con los universos simbólicos de Mozambique, sin renunciar por ello a otras tradiciones literarias. La lengua portuguesa aparece en sus libros como una herencia que puede ser transformada desde dentro, como si escribir implicara reconocer que un idioma nunca pertenece exclusivamente a quienes establecieron sus normas, sino también a quienes lo habitan, lo modifican y encuentran en él nuevas maneras de expresar su experiencia. Pero esa transformación contiene una tensión que merece ser considerada: el portugués lleva consigo la historia de la colonización y, al mismo tiempo, se convierte en una lengua desde la cual esa historia puede ser narrada de otra manera. No se trata de borrar las huellas de su origen, ni de suponer que la reinvención literaria resuelve las desigualdades heredadas, sino de observar cómo una lengua puede dejar de servir únicamente a los significados que la historia quiso fijar. La renovación del portugués y la incorporación de elementos de los universos simbólicos africanos constituyen algunos de los rasgos reconocidos por la crítica especializada al estudiar su obra.


En Terra Sonâmbula (1992), esa relación entre lengua, memoria e historia adquiere una dimensión especialmente intensa. La guerra civil de Mozambique no constituye únicamente el escenario de la novela, sino una fuerza que altera la percepción del tiempo, desarticula los vínculos comunitarios y amenaza con convertir el pasado en una sucesión de pérdidas sin continuidad. El encuentro entre Muidinga, el muchacho, y Tuahir, el anciano, se entrelaza con la lectura de los cuadernos de Kindzu, de modo que la narración contiene otras narraciones y la posibilidad de contar se convierte en una forma de atravesar un presente devastado. La memoria no aparece como un archivo intacto al que basta regresar para recuperar lo perdido, sino como una construcción frágil que necesita de la imaginación para seguir transmitiéndose. En este sentido, la novela plantea una cuestión decisiva: cuando la violencia destruye los lugares, dispersa a las comunidades y amenaza con borrar sus historias, ¿qué posibilidades quedan para que un pueblo continúe reconociéndose a sí mismo? La respuesta de Couto no es una promesa de reparación completa, sino la persistencia de las historias como una forma de resistencia al silenciamiento, aunque contar no signifique recuperar aquello que la guerra ha vuelto irrecuperable.

Reducir su obra a una literatura sobre la guerra sería dejar fuera otra de sus dimensiones, porque en Couto la relación entre los seres humanos y la naturaleza modifica también la manera de entender qué significa estar vivo. En una entrevista publicada por  El País el 23 de noviembre de 2024, el escritor explicó que, cuando escribe, un río o una piedra no pueden ser considerados simples escenarios, sino que aparecen como personajes dotados de voz y alma. Esta declaración permite comprender que su sensibilidad ecológica no se limita a denunciar la destrucción del medioambiente, sino que cuestiona una concepción del mundo en la que la naturaleza existe principalmente como recurso, propiedad o decorado de la actividad humana. Los ríos, los árboles, los animales y los paisajes participan de la vida narrativa porque el universo de sus personajes no se organiza necesariamente a partir de una separación tajante entre lo humano y lo no humano.


Esta perspectiva adquiere una relevancia particular en un tiempo en que la crisis ecológica obliga a reconsiderar la idea de superioridad humana que ha legitimado tantas formas de explotación. En Couto, el mundo natural no necesita recibir una voz humana para adquirir importancia, pues la escritura intenta reconocer una presencia que la mirada utilitaria suele ignorar. Sin embargo, también cabe preguntarse si nuestra manera de representar la naturaleza consigue reconocerla en su diferencia o si, incluso cuando pretende acercarse a ella, termina traduciéndola a sentimientos y categorías humanas. No se trata de atribuir a Couto una contradicción sin examinar sus textos, sino de reconocer la dificultad que entraña escribir sobre aquello que no somos sin convertirlo en una extensión de nosotros mismos. La cuestión va más allá de la atribución poética de sentimientos a los elementos naturales: nos obliga a revisar la posición desde la cual el ser humano se considera autorizado a disponer de todo aquello que lo rodea. Imaginar otras relaciones con el mundo no significa escapar de la realidad, sino cuestionar las ideas que han contribuido a convertirla en un territorio de dominio.

También por eso resulta insuficiente clasificar su narrativa bajo la etiqueta de realismo mágico, como si lo insólito que aparece en sus libros fuera una desviación pintoresca de la realidad cotidiana. En la entrevista citada, Couto cuestionó la utilidad de esa clasificación y señaló que, para él, la cuestión fundamental reside en otra sensibilidad y otro lenguaje, no en la oposición entre lo real y lo fantástico. La observación es importante porque nos obliga a examinar las categorías con las que interpretamos aquello que no nos resulta familiar. Lo que desde una determinada tradición de pensamiento parece imposible o sobrenatural puede formar parte de una comprensión distinta de la existencia, sin que por ello deba considerarse menos real para quienes la experimentan. El problema no reside en que toda clasificación sea inútil, sino en el momento en que una etiqueta deja de orientar la lectura y comienza a sustituirla, convirtiendo una experiencia cultural concreta en una fórmula que parece explicarla por completo.


La lengua de Couto se encuentra, por tanto, estrechamente vinculada con una disputa por la interpretación del mundo. Sus invenciones no son meros juegos verbales destinados a embellecer una narración, porque alteran las asociaciones habituales y obligan al lector a abandonar, al menos momentáneamente, la seguridad de los significados establecidos. La extrañeza de sus palabras puede abrir una forma diferente de atención, en la que lo conocido deja de parecer evidente y lo que antes se consideraba imposible comienza a revelar otras dimensiones. Su escritura exige así una participación activa del lector, que no puede limitarse a traducir cada imagen a una explicación inmediata sin perder parte de aquello que la vuelve significativa. El lenguaje no aparece aquí como un instrumento transparente que simplemente transmite una realidad ya definida; participa en la manera en que esa realidad llega a ser percibida y comprendida.

Esta transformación del lenguaje se relaciona, además, con la historia de Mozambique y con la posición de la literatura africana escrita en portugués dentro de los circuitos culturales internacionales. Couto ha señalado que esa pertenencia lingüística y geográfica puede situar a sus escritores en una posición periférica dentro de la literatura mundial, aunque también ha reconocido el camino recorrido para que sus obras sean consideradas parte de ella. Su trayectoria, reconocida con el Premio Camões en 2013 y el Neustadt International Prize for Literature en 2014, confirma la recepción internacional de su obra. Pero el reconocimiento no elimina la pregunta por las condiciones en que una literatura llega a ser leída fuera de su contexto de origen, ni por las expectativas que acompañan su circulación. Una obra puede ampliar los límites de una lengua y, al mismo tiempo, ser recibida desde categorías que no alcanzan a comprender del todo su singularidad. En Couto, la importancia de escribir desde Mozambique no consiste en representar una identidad fija para el lector extranjero, sino en ensanchar las posibilidades expresivas de una lengua compartida por distintas historias y culturas.

La memoria, la guerra, la naturaleza y la reinvención lingüística no aparecen en la obra de Mia Couto como temas independientes, sino como cuestiones que se entrecruzan en la experiencia de personajes que habitan mundos heridos y se enfrentan a transformaciones que no siempre comprenden. Sus historias se resisten a aceptar que la destrucción tenga la última palabra, aunque esa resistencia no deba confundirse con un optimismo ingenuo. La imaginación no borra la violencia ni devuelve intacto lo que se ha perdido; tampoco garantiza que una comunidad consiga reconstruir todos los vínculos que la historia ha roto. Su fuerza reside en mantener abierta la posibilidad de contar, de transmitir una experiencia y de buscar sentidos allí donde el sufrimiento amenaza con reducir la existencia a la mera supervivencia. La literatura no repara por sí sola lo destruido, pero puede impedir que la pérdida se convierta también en silencio.

Leer a Mia Couto implica poner en cuestión no solo lo que creemos saber sobre Mozambique, sino también las categorías con las que interpretamos a los demás y nos relacionamos con el mundo que compartimos. Su obra no pide que sustituyamos una explicación por otra ni que aceptemos sin crítica todo aquello que se presenta bajo el signo de la tradición. Nos enfrenta, más bien, a los límites de una mirada que considera universal su propia manera de ordenar la realidad. Cuando una cultura pierde el derecho a nombrar el mundo desde su propia experiencia, la pérdida no afecta únicamente a sus palabras: también restringe aquello que puede ser reconocido, transmitido y comprendido. Recuperar ese derecho no significa encerrarse en una identidad inmutable, sino mantener el lenguaje abierto a otras memorias, otras presencias y otras formas de conocimiento. Quizá sea ahí donde la literatura de Couto encuentra una de sus preguntas más persistentes: qué queda fuera de nuestra comprensión cuando confundimos nuestra manera de nombrar las cosas con la única manera posible de conocerlas. Su escritura no elimina esa distancia ni ofrece una respuesta definitiva; nos permite habitarla sin convertir lo desconocido en algo que deba ser sometido, explicado de inmediato o descartado. Y esa posibilidad, en un mundo que todavía tiende a reducir las diferencias a categorías manejables, no es poca cosa.

Referencias

- Constenla, Tereixa. «Mia Couto: “Todavía tengo que curarme del trauma de la guerra”». El País, 23 de noviembre de 2024. https://elpais.com/babelia/2024-11-23/mia-couto-todavia-tengo-que-curarme-del-trauma-de-la-guerra.html

- Neustadt International Prize for Literature. «2014 Mia Couto». https://www.neustadtprize.org/2014-mia-couto/

- Portal de Historia de la Traducción en España, Universitat Pompeu Fabra. «Mia Couto». https://phte.upf.edu/dhte/portugues/couto-mia/