Olvido conoce las historias de las ánimas, sabe escuchar los ruidos de la noche y reconoce en los sonidos domésticos la posibilidad de una presencia que no siempre se deja ver. En la cocina, entre las cacerolas y el fuego, cuenta historias de aldeas remotas, de muertos que no encuentran descanso y de seres condenados a permanecer entre los vivos. Para los niños, ese universo tiene algo de juego y algo de misterio. Para Olvido, en cambio, parece formar parte de un conocimiento más antiguo.
Hay una transformación importante cuando llega el reloj de Bagdad. Olvido deja de contar historias. Comienza a observar el objeto a distancia, como si reconociera en él algo que los demás todavía no pueden advertir. La mujer que antes dominaba el relato empieza a guardar silencio. Sus temores ya no son materia de narración: ahora la afectan directamente.
Su nombre adquiere entonces una resonancia particular. Olvido es quien conoce aquello que los demás prefieren no mirar, pero también será la mujer que la familia terminará borrando de su vida cotidiana. Después de su desaparición, la habitación queda vacía, limpia, despojada de sus pertenencias. Como si retirar sus objetos pudiera retirar también su existencia.
Sin embargo, la niña no la olvida. En la última escena, vuelve a verla entre las llamas de la noche de San Juan, riendo y danzando junto a sus antiguas compañeras. No sabemos si presencia algo sobrenatural o si la memoria infantil devuelve a Olvido al lugar del que nunca debió marcharse.
Quizá ahí reside la delicadeza del personaje. Olvido no es solamente una anciana que conoce historias de muertos. Es también la depositaria de una forma de memoria que no necesita libros para transmitirse. Su saber vive en la voz, en los gestos, en las advertencias pronunciadas al borde del fuego. Cuando ella desaparece, desaparece también una manera de relacionarse con el mundo.
Cristina Fernández Cubas le concede un nombre que parece condenarla a desaparecer, pero hace algo distinto con ella: la conserva en la literatura. Y nosotros, al seguir la mirada de aquella niña, volvemos a escuchar a la mujer que parecía conocer los secretos de la muerte.
Olvido termina siendo, paradójicamente, alguien a quien no queremos olvidar.














