
Adela Ramírez
En 2015, La verdad oculta (Concussion) llegó a los cines con Will Smith interpretando al Dr. Bennet Omalu. Muchos la vieron entonces como un drama biográfico más: el científico solitario contra una institución poderosa. Hoy, en plena temporada reciente de la NFL, la película se siente menos como cine y más como advertencia persistente. Porque la historia que contó no terminó. Sigue ocurriendo cada domingo.
Pensé que nunca volvería a hacerme esta pregunta. A esta edad, una ya no se enamora “como antes”. Se administra. Se cuida. Se explica.
A fuego lento se cocina la memoria de un pueblo. En el vaivén del humo y el maíz, en el tiempo que exige la tierra y en las manos que repiten gestos antiguos, la comida mexicana se revela como herencia viva. No es solo sustento: es relato, es raíz, es la forma en que una comunidad se nombra y se reconoce cada vez que se sienta a la mesa.
La gastronomía mexicana no es únicamente lo que llega al plato: es historia, celebración y resistencia. Desde las milpas donde se cultivan maíz, frijol y chile, hasta los comales donde se transforman en tortillas, tamales y salsas, la cocina es un sistema cultural vivo que articula identidad, comunidad y sentido de pertenencia. Su valor no se mide solo en sabores intensos, sino en prácticas sociales que conectan generaciones y han colocado a México en el mapa gastronómico mundial.
Una herencia viva, reconocida mundialmente
En 2010, la cocina tradicional mexicana fue inscrita por la UNESCO en la Lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. El reconocimiento no se limita a platillos emblemáticos, sino a todo un modelo cultural que abarca la siembra, la preparación y el acto de compartir los alimentos: técnicas ancestrales, utensilios tradicionales, rituales comunitarios y la transmisión de saberes entre familias y pueblos.
México comparte este reconocimiento con expresiones como la dieta mediterránea o la cocina japonesa y francesa, no como piezas de museo, sino como culturas culinarias vivas que evolucionan, dialogan con el presente y se reinventan sin perder su raíz.
El chile: fuego, símbolo y presencia global
Hablar de la comida mexicana es hablar de chile. Originario de Mesoamérica y cultivado desde hace milenios, el chile no es solo picante: es color, aroma y carácter. Su presencia atraviesa la cocina cotidiana y ceremonial, con decenas de variedades nativas que definen estilos regionales y formas de identidad.
Cada 16 de enero se celebra el Día Internacional de la Comida Picante, una fecha que honra los sabores intensos, las tradiciones culinarias “de fuego” y los retos culturales en torno a la tolerancia al picante. En 2026, esta celebración vuelve a recordarnos que el picante es un lenguaje compartido a escala global.
En términos de producción, Vietnam lidera el mercado mundial de pimienta, mientras que China se mantiene entre los principales productores de chiles y especias. Países como Brasil, Indonesia e India también juegan un papel clave. Para 2026, se proyecta que la producción global de chiles y pimientos verdes alcance los 43.4 millones de toneladas, con México entre los actores principales. En cuanto al consumo, México figura entre los países donde más chile se come en el mundo, junto con India y China, destacando no solo por volumen, sino por la centralidad cultural del picante en su vida diaria.
Más allá de las cifras, el chile en México es símbolo de audacia, adaptación y continuidad histórica. No es casual que festivales, ferias y celebraciones giren en torno a él, desde los moles hasta el reconocido chile en nogada de Puebla, platillo donde historia, territorio y temporada se funden en un solo bocado.
La base de la cocina mexicana se sostiene en la trilogía maíz–frijol–chile, pero también en técnicas que revelan una relación profunda con el entorno, como la nixtamalización del maíz, o en espacios sociales como mercados y plazas, donde se intercambian ingredientes, historias y memorias.
Comer en México es un acto colectivo:
- • En bodas, bautizos y cumpleaños, el banquete fortalece los lazos.
- • En el Día de Muertos, los altares convierten la comida en un puente entre vivos y difuntos.
- • En calles y fiestas populares, compartir un taco con salsa o un atole caliente es un gesto cotidiano de pertenencia.
Las celebraciones mexicanas se entienden a través de la cocina. El pan de muerto, los tamales después de conmemoraciones religiosas, los caldos festivos y las ferias regionales son expresiones de cosmovisiones diversas donde cocinar es narrar la historia: la conquista, el mestizaje y la resistencia. Cada platillo, de norte a sur, habla del territorio y del tiempo que lo vio nacer.
Hoy, la cocina mexicana se sirve en mesas de Tokio, París y Nueva York. Su prestigio ya no responde al exotismo, sino al reconocimiento de su complejidad, diversidad de ingredientes e historia milenaria. Además, las tendencias gastronómicas hacia 2026 apuntan a nuevas fusiones, como el perfil “fricy” —frutado y picante—, donde sabores como mango con chile, chamoy con cítricos o lima dialogan con ingredientes como la pimienta de Sichuan y chiles peruanos y mexicanos, demostrando que el picante sigue evolucionando sin perder su esencia.
A fuego lento, la comida mexicana ha cruzado el tiempo y el territorio. Es memoria, comunidad e identidad. Desde la milpa hasta las celebraciones más íntimas, cada bocado cuenta una historia que ha traspasado fronteras. No es solo un patrimonio nacional: es una herencia viva que invita al mundo a sentarse a la mesa y descubrir que lo que comemos también dice quiénes somos.
@delyramrez
El consumo compulsivo de series conocido como “binge watching” se ha vuelto omnipresente en la era del streaming, hasta el punto de que muchas personas sienten que pierden el control frente a sus pantallas. Pero ¿es realmente una adicción? ¿Qué nos empuja a seguir viendo? Y, sobre todo, ¿cuántos de nosotros lo vivimos así?
Un grupo perverso de golpistas ha festejado irracionalmente desde México la invasión a Venezuela y ha mostrado su supina ignorancia sobre la historia de las invasiones estadounidenses en el mundo, sus fracasos y sus desastrosos finales.
El año nuevo no siempre comienza como una enorme hoja en blanco, un libro nuevo para seguir contando nuestra historia en otra saga de 12 capítulos. A veces empieza en el margen. En ese espacio pequeño, aparentemente secundario, donde nadie nos pidió que escribiéramos y, aun así, decidimos hacerlo.
Desde pequeña siempre estuve alerta a los regalos que en Nochebuena traería Santa Claus, emocionada y ansiosa por descubrir qué podría encontrar. En retrospectiva, creo que la mayoría de las ocasiones me gustaron mis regalos navideños; pero más que lo material, hoy entiendo que lo que esperaba realmente era la magia. Esa vibración especial en el aire, esa sensación de que algo extraordinario estaba por suceder. Aunque existan distintas versiones a lo largo y ancho del globo terráqueo para entender esta parte de la Navidad, lo cierto es que, sin importar la dinámica, el personaje o la fecha exacta en que recibimos los obsequios, el mensaje es el mismo. Aunque exista un misterio alrededor de esta simbólica tradición y muchos padres de familia guarden el “secreto” como si fuera el Santo Grial, lo cierto es que hay algo mucho más antiguo y profundo latiendo debajo de todo ello.
Al cumplirse la cuarta parte del siglo XXI la inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser el monstruo que iba a dominar el mundo, al controlar la mente del ser humano, pero ha logrado colarse en la política nacional. Un ejemplo de lo anterior fueron las trampas digitales durante 2024, puesto que no funcionaron como lo esperaban los “expertos” en marketing quienes apostaron por esta herramienta.
Hay miedos que no nacen en la oscuridad, sino en el espejo. Miedos que se revelan cuando descubrimos que aquello que hemos construido —una idea, una versión de nosotros mismos, un vínculo, un camino— ya no nos obedece, ya no cabe en nuestras manos, ya es demasiado grande o demasiado vivo para seguir siendo solo “nuestro”.
A eso muchos llaman el síndrome de Frankenstein: el temor visceral a ver nuestra creación adquirir voluntad, transformarse, cuestionarnos… o recordarnos que no somos dioses.
Mary Shelley lo describió sin pretensión clínica pero sí con una precisión moral devastadora: el verdadero monstruo no era la criatura, sino el abandono de su creador. Ese temblor que sentimos cuando lo que hemos hecho se vuelve extraño, autónomo, capaz de interpelarnos, es el mismo temblor que atraviesa sus páginas. Y es un temblor que aún hoy, dos siglos después, nos recorre la espalda cada vez que algo que amábamos se nos escapa, cada vez que el futuro toma forma sin pedirnos permiso.
Guillermo del Toro, con su sensibilidad de alquimista emocional, leyó esta historia con los ojos llenos de ternura hacia lo incomprendido. Él vio lo que Shelley insinuaba: que la criatura no encarna el terror, sino la necesidad. No es un monstruo, sino un huérfano. No es una amenaza: es una pregunta.
Del Toro convierte la cicatriz en un puente y la deformidad en una súplica de amor. Para él, como para tantos de nosotros, el verdadero horror no es lo diferente, sino el rechazo.
Y entonces el síndrome cambia de rostro. Ya no es solo el miedo del creador. Es también el miedo del creado.
El miedo a no ser visto. A no ser amado. A no tener un lugar en el mundo que nos parió, pero que no ha aprendido a abrazarnos.
En nuestra vida cotidiana, este síndrome se manifiesta en las formas más sutiles: el proyecto que crece y nos desafía; el hijo que piensa distinto; la emoción que ignoramos hasta que se vuelve ruido; la tecnología que nos rebasa; la versión de nosotros mismos que queríamos controlar como un autor controla su manuscrito… y que, al cobrar vida, empieza a escribir su propio capítulo.
Del Toro nos recuerda que la única respuesta humana posible ante una criatura —real o simbólica— no es el miedo, sino la compasión. Su mirada es un llamado a responsabilizarnos de lo que engendramos: nuestros actos, nuestros sueños, nuestras sombras. Porque toda creación exige un tipo de amor que no es posesión, sino acompañamiento; no es dominio, sino diálogo.
Quizá podamos aprender a reconciliarnos con lo que hacemos nacer, incluso cuando nos supera. Quizá el verdadero antídoto contra el síndrome de Frankenstein no sea la huida, sino el reconocimiento: “Te veo. Te escucho. Te acepto, aunque seas distinto de lo que imaginé.”
Así, entre Shelley y del Toro, se revela la verdad que ambos murmuran en la misma herrumbre poética: el monstruo no es lo que creamos, sino lo que negamos. Y la belleza, dulce y extraña, nace cuando el creador deja de temer y empieza a amar lo que ha puesto en el mundo, incluso si lleva tornillos en el alma o costuras en la voz.
X: @delyramrez
En días recientes, México despertó con dos noticias que, aunque pertenecen a mundos distintos, comparten una misma raíz: el talento y la determinación de las mujeres mexicanas para abrirse paso en escenarios globales.
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