• 20 de Mayo del 2026
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Una brújula moderna para la educación

La modernidad presentó como objetivo diseñar y construir un mundo para el hombre, proyecto que tomó como base la razón (Hoyos, 1992). Ser "moderno" significó entonces, romper con las formas de vida que el hombre premoderno había mantenido, incluyendo los símbolos religiosos y políticos que lo sujetaban.

Una lectura crítica de las diferentes etapas de la humanidad destaca la idea de que la educación es uno de los factores que más ha contribuido al desarrollo de la sociedad, de donde deriva la importancia que se ha otorgado al ámbito educativo al paso del tiempo, particularmente, a los encargados de los procesos de enseñanza y aprendizaje: los docentes.

Sin embargo, los educadores no son los únicos responsables de la formación integral de los miembros de la sociedad, porque la familia ha jugado también un papel de especial importancia. El núcleo familiar ha tenido el encargo social de fomentar en los niños los valores y los comportamientos éticos, cuya incorporación les brinda la oportunidad de relacionarse con sus semejantes e integrarse en diferentes entornos sociales.

Históricamente, la educación ha contribuido a establecer nuevas formas de convivencia, no obstante, de unas décadas a la fecha ha sido evidente para muchos, sobre todo para las generaciones con más años a cuestas, que alcanzar esa finalidad no solo va tornándose más difícil, sino que también, en cuantiosos casos, se devela como ilusoria. Revueltas (1990), por ejemplo, puntualiza que la sociedad actual reacciona pasivamente hacia las políticas de control que ejerce el Estado, es decir, la educación está a merced de intereses que pueden no ser los más apropiados para el bien – estar de la sociedad moderna, ni para la buena con – vivencia de quienes la integran, aunque cabría señalar que, esa reacción pasiva de la sociedad referida por Revueltas es extensiva a muchos otros ámbitos, entre ellos, el de la tecnología actual, que ha convertido en consumidores recurrentes y obsesivos a grandes sectores de la sociedad, en particular, a los jóvenes.

Con este marco de referencia, surge el siguiente cuestionamiento: si detrás de todo esfuerzo pedagógico existe una concepción de hombre que orienta las formas institucionalizadas para educar, ¿qué tipo de hombre pretende formarse en las escuelas modernas, particularmente, cuando se habla tanto de la crisis de autoridad en las familias? Veamos el esbozo de una posible respuesta.

Un rasgo distintivo de los seres humanos es que su conducta no viene programada biológicamente con antelación, razón por la cual, tienen cierto margen para actuar por su cuenta cuando tienen que elegir entre dos o más alternativas (Mosterín, 1993). Otra distinción importante que los seres humanos presentan empero, es que no solo nacen en un medio natural, ya que ingresan a un medio social construido de manera artificial por otros seres humanos con mucha anticipación a su nacimiento biológico (Braunstein, Pasternac, Benedito & Saal,1990), el cual les demanda “nacer” nuevamente, humanizándose en la medida en que puedan asimilar las herramientas simbólicas de su contexto, con lo que su libertad siempre tendrá restricciones y posibilidades propias de la cultura y el momento histórico en que ésta se encuentre. Por eso Savater (1997) comenta que la educación es siempre un intento por rescatar al semejante de su esfera meramente zoológica, liberación que de lograse, creará como resultado el surgimiento de un ser libre y autónomo.

¿En qué ideas se basan las escuelas modernas para humanizar a los neófitos de lo humano y propiciar su liberación entre sus semejantes? Una respuesta posible a tal incógnita, según Savater (1997), hace referencia a la condición sine qua non de enseñar de acuerdo a un modelo previo, el cual debe ser conocido por el estudiante, pues éste le propone (y a veces le impone) una serie de atributos: autonomía, disciplina, responsabilidad y libertad, que deberá asumir para convertirse en adulto, lo que eventualmente le permitirá hacerse consciente de lo que sabe. Entre tales atributos, destaca que las escuelas modernas procuren formar un hombre capaz de ejercer su libertad, ya que el hombre no nace como un ser libre, sino que logra su libertad a medida que va integrándose al medio social que lo precede y va asimilando las herramientas simbólicas que éste utiliza (Savater, 1997), es decir, que, si el hombre está condenado a ser libre, dicha “carga inevitable” tiene matices (Sartre, 2013).

Así pues, dada la coincidencia entre autores como Rugarcía (1999) y Savater (1997) sobre los fines de la educación en relación con el ser humano —es decir, hacerlo más humano—, profundizando en la aportación que el primero nos ha legado, Rugarcía se pregunta qué es lo verdaderamente bueno para el educando moderno y, al expresar su afinidad con pensadores como Labake, Fullat y Nemeses, propone que la formación del neófito debería consistir en las siguientes acciones: promover la comprensión de conocimientos profesionales y culturales, desarrollar habilidades (como trabajar en equipo, comunicarse con claridad o resolver problemas) y reforzar actitudes para la aprehensión de valores, ideas todas ellas erigidas sobre una concepción humanista que aboga por que una persona educada es aquella que aspira, de manera constante y persistente, tanto a la perfección como al acabamiento (Fermoso, 2001).

Desde el punto de vista ético, la Modernidad pretendía formar hombres que utilizaran la razón para encontrar el conocimiento, por lo que, si la razón se concebía como el único criterio para validar el conocimiento adquirido, la implicación obvia era que la naturaleza de la humanidad podía cambiarse o modificarse para mejorar gracias a la intervención educativa. Rivero (2008) menciona que la Ilustración proponía el ascenso del hombre a través del progreso material, estadio que lo conduciría una vez conquistado, a un momento caracterizado por el progreso moral, por lo que la promesa ilustrada confería a la educación la función de igualar, humanizar y asociar, a fin de transformar a los seres así humanizados y hacerlos propicios para generar y vivir en una sociedad sin precedentes.

Uno de los postulados de la Modernidad fue la defensa de los derechos humanos, entre ellos, la igualdad, por lo que habría que considerar si éste contribuyó, desde el siglo XVIII, a que la crisis de autoridad en las familias evolucionara al grado que hoy ha alcanzado, ya que, si todos los hombres son iguales, entonces los hijos son iguales a sus padres, luego entonces tienen la misma autoridad. Otro de los postulados enarbolados por la Ilustración fue el de la libertad: todos los hombres son libres, que podría interpretarse afirmando que los hijos también lo son, motivo por el cual, son capaces de tomar sus propias decisiones. ¿Podrían estos dos postulados justificar, de alguna manera, la crisis de autoridad que viven las familias actualmente? De alguna manera, quizá, pero habría que considerar, la verdad con cierta ironía, que la Modernidad postulaba también que el hombre es bueno por naturaleza, por lo que, en teoría al menos, se rige por la moral, la que a su vez le exige respetar los derechos de los demás. Terrén (1999, p.183) afirma que “la crisis de la modernidad anuncia el fin del sujeto como principio fundante del conocimiento y el descrédito en torno a la existencia de un nexo necesario entre el conocimiento racional y el bien común”, lo que provoca una indiferencia ética entre el fin y el uso de los medios.

En la época actual, se han hecho muchos esfuerzos por crear propuestas que den rumbo a la política educativa en el mundo, lo que ha permitido vislumbrar el tipo de hombre que las sociedades necesitan para el presente, pero también para el futuro. Esto inició en algunos países europeos al resultar evidente que “las políticas educativas reflejaban las líneas de fuerza del desarrollo social y económico de las sociedades” (UNESCO, 1990, p. 20), por lo que se buscó dar un nivel educativo a toda la población, quedando así instaurada como básica la educación primaria, pero dejando todavía para la elite el nivel secundario y profesional.

En relación con tales propuestas México y América Latina tampoco se quedaron atrás y, como consecuencia de todos los cambios que se venían dando a nivel social, se “vuelve a señalar la necesidad de pensar en el hombre y sus capacidades, actitudes y valores como la mayor riqueza de un país” (Almaguer y Elizondo, 2002, p. 42).

Fue necesario entonces reestructurar los métodos educativos, ya que la enseñanza fundada en el principio de la memorización no era adecuada para lo que se estaba buscando, por lo que la prioridad era que el educando comenzara a desarrollar sus capacidades. Pudo apreciarse también un cambio en la formación de los profesores, debido a que los países europeos comenzaron a prolongar la educación inicial de éstos y a mantenerlos en constante capacitación durante su desempeño profesional, propiciando que en occidente se adoptara ese mismo concepto.

Sin embargo, en materia de igualdad de oportunidades ha sido poco lo que se ha logrado, sobre todo si se considera la situación que viven las zonas urbano – marginadas y las zonas indígenas. Todo parece indicar que la educación sigue siendo objeto de libre mercado o, como lo señala Terrén (1999), un resabio de corte neoliberal donde el mercado se presenta como un espacio natural de socialización y resolución de las deficiencias educativas. Cabe agregar que la libre competencia parece promover que las escuelas mejoren, siempre y cuando haya la consigna de darles el margen de decisión a los padres para que apoyen a sus hijos.

Almaguer y Elizondo (2002) son muy claros al decir que cada sociedad cuenta con su propio sistema de educación, a veces siendo éstos tan imponentes que para tales sociedades es imposible resistirse a ellos. Tales sistemas dependen además de la religión, organización política, grado de desarrollo de la sociedad, etcétera. No obstante, los sistemas de educación tienen cierta claridad sobre lo que pretenden inculcar en cada individuo. “Esto supone que cada sociedad tiene un ideal de hombre, desde el punto de vista moral, intelectual y físico, es decir una moral que pretende socializar mediante el aparato educativo” (Almaguer y Elizondo, 2002, p. 42).

Recapitulando:

  • Para entender el tipo de hombre que la escuela moderna busca formar, es indispensable revisar los fines de la educación, orientados a proyectar un enfoque humano en el desarrollo y la convivencia del educando (Rugarcía, 1999; Savater, 1997). El ser humano se transforma al interactuar con otros; por ello, la educación intenta rescatar al semejante de su esfera zoológica, convirtiéndolo en un ser libre y autónomo (Savater, 1997). ¿Cuál es el papel de la escuela? Enseñar conforme a un modelo que promueva autonomía, disciplina, responsabilidad, entre otros atributos, hasta formar un adulto consciente de su naturaleza.
  • Desde esta perspectiva, la educación debe formar hombres que accedan al conocimiento mediante la razón y se transformen mediante acciones humanizadoras que favorezcan la convivencia, en particular, cuando atestiguamos una crisis de autoridad familiar como la actual debido a que se ha confundido, subrepticiamente, el concepto de igualdad y de libertad en la formación de los hijos.
  • Ante esta confusión, las escuelas modernas buscan formar ciudadanos autónomos, responsables y libres, integrando a los educandos en sistemas educativos. En Occidente, se legisló la obligatoriedad de la educación básica, desde Europa hacia América Latina. También se modificó la enseñanza, ya que las sociedades actuales exigen enfocarla en el educando para desarrollar sus capacidades de manera más adecuada.
  • La cuestión es que las políticas globales no han cumplido con la encomienda de mejorar la calidad educativa y la convivencia, y aunque se avanzó en aspectos de cobertura, no obstante, la equidad ha quedado como un pendiente global, siendo motivo de preocupación, por otra parte, la tendencia de sustituir una educación humanista por otra orientada al mercado, lo que va en detrimento de la dimensión formativa y ética.

Bajo tales consideraciones, la escuela sigue siendo, sin embargo, una posibilidad real de fomentar la participación ciudadana a través de proyectos que, según Castilla de León (2010), promuevan actividades culturales, fomenten la formación permanente de los educadores y ofrezcan espacios de análisis e interacción para que todos aprendan.

Referencias

Almaguer, T., Elizondo, A. (2002). Fundamentos sociales y psicológicos de la Educación. Trillas.

Braunstein, N. A., Pasternac, M., Benedito, G. y Saal, F. (1990). Psicología: ideología y ciencia. Siglo XXI.

Castilla de León, N. (2010). La escuela que deseamos. En Díaz, M. (Editor). A refundar la escuela. (p. 95). Santiago de Chile.

Fermoso Estébanez, P. (2001). Teoría de la educación. Trillas.

Hoyos Medina, C. A. (1992). Epistemología y objeto pedagógico. ¿Es la pedagogía una ciencia? Universidad Nacional Autónoma de México.

Mosterín, J. (1993). Dos notas sobre la racionalidad. En E. Garzón Vladés y F. Salmerón (Eds.). Epistemología y cultura. En torno a la obra de Luis Villoro. Universidad Nacional Autónoma de México.

Revueltas, A. (1990) Modernidad y mundialidad. http://biblioteca.itam.mx/estudios/estudio/letras23/notas/sec_1.html.

Rugarcía Torres, A. (1999). Hacia el mejoramiento de la educación universitaria. Trillas.

Sartre, J. P. (2013), El existencialismo es un humanismo. Editores Mexicanos Unidos.

Savater, F. (1997). El valor de educar. Ariel.

Terrén, E. (1999). Educación y modernidad. Entre la utopía y la burocracia. http://revistas.ucm.es/cps/11308001/articulos/POSO0000330183A.PDF.

UNESCO. (1990). Sobre el futuro de la educación hacia el año 2000. Narcea.