Dahmer: Mirando a la bestia a los ojos llega a Puebla como una sacudida. Como una descarga de energía que busca confrontar, en una experiencia cercana al teatro inmersivo.
No es una obra confortable. No pretende serlo. Es un monólogo que se atreve a mirar de frente a uno de los asesinos seriales más inquietantes de la historia reciente, pero lo hace desde un lugar distinto: no desde el espectáculo de la violencia, sino desde la pregunta urgente sobre la salud mental y todo lo que dejamos de ver.
Porque sí, hablamos de Jeffrey Dahmer: responsable de 17 asesinatos entre 1978 y 1991, un caso que sigue generando debate no solo por la brutalidad de sus crímenes, sino por lo que revela sobre la mente humana y los vacíos sociales que lo rodearon, como la justicia tardía.
Pero esta puesta en escena —dividida en dos actos— no se limita a recrear el horror: lo narra para entender de dónde nace.
Emmanuel Okaury encarna a Dahmer, protagonizando un monólogo que no da tregua. Se trata de una obra que se adentra en la mente de este asesino serial desde una perspectiva más humana que espectacular.
Bajo la dirección de Rafael Perrín, el llamado “maestro del terror”, la obra construye una narrativa intensa, provocadora y reflexiva. Perrín, responsable de montajes emblemáticos como La Dama de Negro, El Sótano y Esquizofrenia, ha consolidado un estilo que no solo busca asustar, sino incomodar desde lo psicológico, llevar al espectador a territorios donde la mente es el verdadero escenario.
Cuando platiqué con Emmanuel Okaury, tras su presentación en el Teatro Principal, hay algo que percibí de inmediato: su interpretación está basada en una profunda investigación sobre el asesino y el contexto en que se desenvolvió.
“Es un retote actoral… estamos tocando la mente tan rota de una persona que sí existió”, destaca.
Okaury se convierte en el medio: el cuerpo, la voz y la presencia a través de los cuales el espectador se asoma a esa mente fracturada.
Su trabajo no consiste en encarnar el horror para glorificarlo, sino en traducirlo, en hacerlo comprensible —no justificable—. Hay una línea delgada entre interpretar y convertirse, y Okaury la recorre con inteligencia: sostiene al asesino serial sin perderse en él.
Y es ahí donde la obra encuentra su punto más potente. Porque no se trata solo de lo que hizo, sino de lo que lo llevó a hacerlo.
“Aquí hablamos más de qué lo llevó: la soledad, el abandono, la necesidad de pertenecer”, explica el actor.
La conversación se vuelve inevitable: la salud mental. Ese territorio que sigue rodeado de silencios, como señala Okaury:
“Es un combo de muchas cosas: una infancia difícil, padres ausentes, trastornos que nunca se atendieron… desde niño pedía ayuda y no se la dieron”.
Y entonces la pregunta cae sola: ¿cuántas historias comienzan así?
La obra no evade otro fenómeno perturbador: la fascinación.
“Lo más complicado es que hay fans de este psicópata”, apunta el histrión.
En tiempos de redes sociales, donde todo puede volverse contenido, incluso lo más oscuro corre el riesgo de romantizarse. Aquí, en cambio, se desmonta.
El trabajo actoral de Okaury sostiene ese equilibrio con precisión. No es casualidad. Comenzó su carrera a los seis años y hoy, con más de tres décadas de trayectoria, construye una interpretación que no exagera: observa, contiene, sacude.
“La gente viene con lupa”, dice.
Y responde a esa lupa con investigación: entrevistas reales, análisis de trastornos, corporalidad, mirada, imitaciones de las emociones.
También con decisiones escénicas que van más allá de lo convencional. La puesta se construye como una experiencia inmersiva, donde el espectador no solo observa, sino que se ve envuelto en la atmósfera emocional del relato. La cercanía, la tensión y el ritmo eliminan cualquier distancia cómoda: lo que ocurre en escena se siente próximo, inevitable.
A esto se suman guiños, pequeños “tropicalismos”, momentos donde el lenguaje y ciertos matices permiten una cercanía inesperada con el público mexicano. No para suavizar, sino para generar contraste: una breve respiración dentro de una historia asfixiante. Un recurso que, incluso desde el humor, permite entrar —y no huir— de lo que se está contando.
Y quizá ahí radica lo más valioso de este proyecto: no es una historia impuesta, es una historia elegida.
Porque esta obra nace del propio Okaury. Él la imaginó, la propuso y la construyó junto a su equipo, apostando por un teatro que no evade lo incómodo.
Actualmente, la puesta en escena se presenta de manera habitual los lunes en el Teatro Wilberto Cantón, en la Ciudad de México, donde ha logrado una conexión inquietante con el público.
Su visita a la capital poblana no es solo una función más: es una invitación a mirar de frente lo que normalmente evitamos.
Eso sí: por la intensidad de los temas que aborda, es una obra que convoca a la reflexión adulta, por lo que se recomienda no llevar menores de edad, por favor evítenlo.
Porque al final, esto no va solo sobre un asesino serial.
Va sobre lo que ocurre cuando la salud mental no se nombra, no se atiende, no se acompaña.
En México, más del 70% de las personas que requieren atención psicológica o psiquiátrica no la reciben, y los trastornos mentales continúan siendo un tema relegado al silencio o al estigma. En ese vacío, muchas historias comienzan… y pocas veces se miran a tiempo.
Tal vez por eso esta obra interpela. Porque no habla solo del horror. Habla de lo que dejamos crecer cuando nadie escucha… y, tal vez, de lo que aún estamos a tiempo de atender.
















