Mientras ella giraba segura, fuerte, hermosa y dueña de su cuerpo, yo descubrí que todavía llevaba encima pequeños restos de una educación vieja: esa que nos enseñó a mirar la sensualidad femenina con sospecha, como si una mujer segura de sí misma automáticamente estuviera “provocando” no solamente bajas pasiones sino, provocando nuevas formas de mirar el mundo y mostrarse ante él. Una forma de decirle a la sociedad que no todo está escrito.
Luego seguí viendo el video y comencé a reconocer una fuerza física brutal. Además de coordinación, resistencia, flexibilidad.
Descubrí un entrenamiento que exige abdomen, espalda, piernas, equilibrio y una capacidad cardiovascular comparable con disciplinas atléticas de alto rendimiento, como el de las gimnastas. El pole dance no es improvisación: requiere horas de técnica, control corporal, acondicionamiento físico y compromiso.
De hecho, investigaciones publicadas en el Journal of Strength and Conditioning Research y en estudios sobre acondicionamiento funcional han señalado que el pole fitness mejora significativamente fuerza muscular, movilidad, conciencia corporal y autoestima, además de reducir estrés y ansiedad. No es casualidad que cada vez más fisioterapeutas y entrenadores lo reconozcan como una disciplina deportiva completa.
Sin embargo, lo más interesante no ocurre en los músculos, ocurre en la mente. Porque el pole dance también rompe algo invisible: la vergüenza aprendida sobre el cuerpo femenino.
Durante décadas nos enseñaron que había movimientos “correctos” para una mujer y otros que debían esconderse. Que la sensualidad debía administrarse con culpa. Que mostrarse demasiado segura podía ser confundido con provocación, vulgaridad y mal gusto.
Por eso el pole dance todavía sigue siendo censurado en las sobremesas y charlas cotidianas: porque mezcla fuerza y sensualidad sin tener que disculparse por ninguna de las dos.
Actualmente muchas mujeres llegan al pole dance buscando ejercicio y terminan encontrando algo mucho más profundo: una auténtica reconciliación emocional con su cuerpo y, en muchos casos, una nueva manera de relacionarse consigo mismas, con su autoestima y hasta con sus parejas.
Algunas descubren ritmo, otras valentía y muchas más encuentran seguridad porque, por primera vez, entienden que son mucho más fuertes de lo que imaginaban. Esta disciplina también abona a la sororidad, porque muchas mujeres encuentran un lugar seguro para descubrir nuevas formas de conocer su cuerpo, aceptarlo y al mismo tiempo motivar a otras a hacerlo.
La bailarina y coreógrafa estadounidense Martha Graham consideraba el cuerpo como un instrumento de revelación emocional, capaz de comunicar verdades internas que el lenguaje hablado suele ocultar. Para Graham, el movimiento no mentía; era un "barómetro que revela el clima del alma".
Quizá por eso mi amiga sonreía así en su video. Ella, no estaba intentando seducir al mundo.
Estaba celebrándose y enfrentando desafíos muy profundos.
Y siempre será inspirador que una mujer que deja de esconderse dentro de sí misma abrace su fuerza, su sensualidad y su libertad, y luego tenga el valor de compartir esa luz con las demás.
















