• 27 de Enero del 2026
Jorge Castillo Loyo

Jorge Castillo Loyo

Surgió una controversia tras el caso de Lydia que terminó como pocas historias de desaparición en este país, con una persona localizada con vida.

La Comisión de Derechos Humanos del Estado de Puebla cerró 2025 con una cifra que, vista sola, impresiona de 8 mil 563 quejas.

La auditoría de la Secretaría Anticorrupción a la gestión de José Tomé en la Coordinación de Comunicación Social del Gobierno de Puebla dejó algo claro, todo se entregó bien.

Una máxima del periodismo dice que cuando se pierde la credibilidad, se pierde todo.

No una nota, no una fuente, no una cobertura, se pierde el oficio entero.

Y eso es exactamente lo que hoy está en juego en Puebla con el caso de TV Azteca y su propietario, Ricardo Salinas Pliego.

En este caso ya no se discute una diferencia editorial.

Lo que está sobre la mesa es una guerra abierta entre una empresa mediática y un gobierno que decidió no comprar silencio.

La confrontación entre TV Azteca y la administración de Alejandro Armenta Mier no es solo un pleito político o de dinero, sino es la exhibición pública de una televisora que cambió el periodismo por la presión.

Todo ante la desesperación.

Ricardo Salinas Pliego convirtió a su televisora en ariete contra del gobierno federal y ahora con el de Puebla luego de que la administración estatal se negara a aceptar lo que calificó como prácticas de condicionamiento y presión para obtener convenios publicitarios multimillonarios.

Desde entonces, la narrativa de Azteca se volvió monotemática: golpeteo, repetición y ruido.

Pero TV Azteca no está haciendo un buen crítico, no hay periodismo real o reportajes irrefutables.

Y es que parece que ejecuta una estrategia de presión, con itulares incendiarios, notas sin contexto, ausencia de contraste y un patrón informativo que no busca explicar, sino empujar una agenda.

No hay notas bien hechas con rigor periodístico; no hay investigación profunda; no hay documentos y tampoco hay fuentes múltiples especialistas.

Todo por la consigna, la prisa de pegar o falta de conocimiento.

El deterioro no solo se nota en pantalla, se nota en sus redacciones.

Hay que recordar incluso que en las últimas semanas se registró una desbandada interna.

Conductores, reporteros y hasta jefes de área que decidieron irse al ver el cambio abrupto de la línea editorial.

Se fueron por dignidad profesional y porque entendieron que el medio dejó atrás su labor informativa.

El pleito con el gobierno de Puebla exhibió algo todavía más delicado: el nivel real de la producción informativa de la televisora.

Porque ni siquiera en el golpeo hay calidad.

No hay reportajes que documenten, no hay crónicas que expliquen, no hay investigaciones que sostengan las acusaciones.

Hay refritos, opiniones disfrazadas de noticia, temas de otros medios y una estrategia de repetición que apuesta más al cansancio que a la verdad.

En cualquier democracia los gobiernos están obligados a soportar cuestionamientos.

Pero los medios también están obligados a hacerlo bien.

La máxima no es un adorno retórico, sino una regla de supervivencia del oficio.

Cuando un medio deja de sostener sus acusaciones con periodismo y comienza a sostenerlas con volumen, deja de informar y empieza a tratar de imponer.

Y cuando eso pasa, la credibilidad se va primero.

Y cuando se pierde, se pierde todo.

Entonces de nada sirve.

Lección básica en el periodismo.

Inició el proceso de ajuste del gabinete del gobernador Alejandro Armenta Mier.

En la Cuarta Transformación hay personajes que ayudan a construir y otros que terminan por estorbar.

A ver si ahora sí el PRI abre el cajón y los archivos.

El 2025 fue para Puebla un año de acomodos, no de definiciones finales.

El cierre de 2025 deja postales claras del momento político en Puebla.

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