Hay cuentos que hablan de la lluvia y hay cuentos que hablan de nosotros. El texto de la escritora paraguaya Delfina Acosta, pertenece a esta segunda categoría.
A primera vista, la historia parece una divertida sátira sobre una pequeña comunidad donde los habitantes viven pendientes del clima. Hablan del viento, de la humedad, de las nubes, de los cambios de presión atmosférica. Todo acontecimiento termina reducido a una conversación meteorológica. La vida transcurre entre pronósticos, presagios y certezas que nunca se cumplen.
Sin embargo, bajo esa aparente sencillez se esconde una observación mucho más profunda sobre la condición humana.
La protagonista se desespera porque percibe que sus vecinos hablan de lo accesorio mientras los problemas verdaderos permanecen intactos: las casas se deterioran, el puente está destruido, el progreso se retrasa y la comunidad parece incapaz de concentrarse en lo esencial. Cansada de esa monotonía, decide abandonar el pueblo. Busca otro lugar, otra conversación, otra forma de habitar el mundo.
Pero la vida, que suele tener más imaginación que nosotros, le prepara una ironía perfecta.
En el hospicio donde termina viviendo aparece Blanca Zorrilla, una mujer que vuelve a hablarle del clima. Otra vez la lluvia. Otra vez los calambres que anuncian tormentas. Otra vez las nubes, la humedad y el frío.
Entonces comprendemos que el cuento no trata únicamente sobre la meteorología.
Habla de las obsesiones humanas.
Cada sociedad tiene sus propias lluvias. Hay pueblos que viven pendientes del tiempo. Otros viven pendientes de la política. Algunos de las guerras. Otros de las tecnologías, de los mercados o de las catástrofes que todavía no han ocurrido. Cambian los escenarios, cambian los interlocutores, pero las conversaciones suelen girar alrededor de los mismos temores, las mismas expectativas y las mismas incertidumbres.
Delfina Acosta logra retratar esa condición con una prosa aparentemente ligera, cargada de humor y observación. Sus personajes resultan entrañables precisamente porque son reconocibles. Todos hemos conocido a alguien que convierte un único tema en el centro de su universo. Tal vez todos, en algún momento, hemos sido esa persona.
El título encierra una sabiduría popular que atraviesa generaciones: “Siempre que llovió, paró”. La frase parece simple, pero contiene una filosofía completa. Ninguna tormenta es eterna. Ninguna preocupación ocupa para siempre el horizonte. Ninguna época permanece inmóvil.
Quizá por eso el cuento provoca una sonrisa melancólica. Nos recuerda que mientras discutimos sobre las nubes, la vida continúa sucediendo. Y que, al final, después de cada aguacero real o imaginario, el cielo vuelve a abrirse.
La literatura tiene la virtud de convertir una conversación trivial en una reflexión sobre la existencia. Delfina Acosta lo consigue con elegancia, humor y una mirada profundamente humana.
Y mientras cerramos la última página, casi podemos escuchar a alguien preguntando si mañana lloverá.
Porque hay preguntas que nunca abandonan a la humanidad.
SIEMPRE QUE LLOVIÓ, PARÓ
DELFINA ACOSTA
Aquella mañana, cuando fui a comprar alpistes para mis canarios de la despensa de don Francisco, me encontré con doña Luisa Alfara; ella también se dirigía al mismo destino y nos largamos a conversar. Doña Luisa nunca tuvo tuvo imaginación para hablar sobre cosas que despertaran el interés ni la curiosidad. Sus palabras, que no salían fluidamente de su boca arrugada, pues su paladar postizo le ponía, a menudo, trabas al habla, daban monótonas vueltas en torno al clima.
El clima, el clima, siempre el clima.
¿Y qué se puede decir de las condiciones atmosféricas, sino lo mismo? Que el día está espléndido, soleado, con una ligera brisa y nada de humedad. Que el cielo está nublado y hay posibilidades de alguna llovizna.
Que sopla con fuerza el viento norte…
Que el viento cambia de dirección…
Es cierto que doña Luisa Alfara también solía preguntarme, por mis flores con lilium, mis hojas de esterlicia y mis gerberas. Con insistente amabilidad me invitaba que fuera a su depósito donde tenía abono y mantillos con racimos enormes de lombrices.
- Si tus flores se encuentran enfermas, levantarán cabeza con mi abono de primera materia y condición. Tus flores son tus lindas hijitas – me aseguraba con su voz de asmática.
Ante cada invitación yo le respondía que iría mañana. Mañana, doña Luisa, mañana. Pero nunca iba. Nunca.
La costumbre de prometer sin cumplir lo prometido era casi una religión en el pueblo.
Al llegar a la despensa, me atendió Ofelia, la esposa de don Francisco. Ella también se pasaba hablando sobre el conjunto atmosférico; le gustaba llevar la contraria a sus clientes y hasta al mismo clima. Si el viento iba a paso de hombre entre los eucaliptus y el firmamento se presentaba sin nubes, aseguraba que un furioso rayo sacaría su cabeza de entre los monumentos funerarios y en menos de un parpadeo caería un trueno enojado. Largando un silbido desaparecía por la puerta trasera de la despensa, dejando molesta a la clientela.
Me miró fijamente Ofelia cuando le pedí un quilo de alpistes.
—¿No siente frío, señora Mercedes? Está girando el viento. Estos cambios de tiempo nos echan a perder los bronquios. Pobre de usted, sin chalina, sin abrigo, sin botas…
— Estoy muy bien— suspiré y sonreí.
—Primero viene el estornudo, después el catarro y finalmente la neumonía.
— No se preocupe— alcé nerviosamente la voz y volví a sonreír.
Salí a la calle. Vi a doña Manuela echar la llave al candado de su puerta y echarse a andar por la vereda. Se acercó apresuradamente a mí. Mirándome fijamente me contó que su cabra se había perdido en los alrededores del enorme cobertizo municipal; en ese sitio se solía desollar al ganado caprino. Al cobertizo iba la gente pobre para recoger las vísceras y otros estropicios en canastos.
— Antes de perderse mi cabra lamió seis veces las escaras de mi gato. Era su manera de decirme que en breve tiempo lloverá — suspiró, tosió, achicó los ojos.
Al llegar a casa me tumbé sobre el sillón.
Desatendiendo dos tropezones, vino corriendo hasta mí la hija del afilador de cuchillos mangorreros para contarme que estaban enredándose en desafíos e insultos su madre y la señorita Margarita, la vecina. No se ponían de acuerdo sobre el tiempo. Sí, sí, sí, muy pronto va a llover. No, no, no, la lluvia no caerá.
La señorita Margarita daba por cocinado que el cielo no derramaría ni una gota, sin embargo, su madre, doña Lucero, confiada en el pronóstico de sus huesos y juanetes, daba por hecho la caída de la lluvia.
—Mi madre dice que el cielo está engripado y lloverá torrencialmente — dijo entre toses la niña.
No llovió en todo el día.
Habiendo tantas casas que se venían abajo por obra de las termitas, un puente destartalado, un solo colectivo que partía del puerto del pueblo, una vez por semana, con dos horas de retraso, la gente perdía el tiempo hablando de pavadas, desentendiéndose de lo esencial. Profetizaba al santo botón en torno a los elementos climatológicos.
Es probable que caiga granizos.
La humedad está gorda, mala señal.
¿Lloverá?
Ni aunque ordeñemos el cielo, no caerá la lluvia.
La radio local pasaba al aire, desde las ocho hasta las diez de la mañana, el programa «Servicio del clima mundial». De cuando en cuando salían al éter músicas alegres y el parlamento de un radio teatro.
Me fastidiaba escuchar la radio.
La gente del pueblo seguía la audición atentamente. Puro oídos y respiración contenida, las pueblerinas escuchaban el maldito programa.
Al locutor le gustaba profetizar con voz de dios:«Nuestro planeta corre grave riesgo porque el sol se está descascarando. Los ríos y mares ya no son los mismos. ¿Se acabarán las algas? ¿La vida vegetal desaparecerá?¿Se oscurecerá por siempre el firmamento?».
Los precavidos iban guardando velas, candiles y lámparas a gas en los armarios de sus casas. Nadie toleraba la idea de vivir un solo día sin luz.
Una mañana dije basta.
Dejé el pueblo para siempre.
Vine a un hospicio, en la ciudad.
Este es un sitio enorme, rodeado de árboles frondosos. Las blancas paredes del comedor están adornadas con hermosos cuadros donde pareciera que siguen floreciendo las rosas.
María, una mujer pecosa y de cuello largo, toca todas las tardes el piano de tres pedales en la sala principal. Tiene un aire distinguido. No habla, pero no es muda. Su hermana Rebeca acostumbra cantar letras de tango, y hasta estrofas del himno nacional, mientras borda. David, un simpático señor de pelo entrecano, parece estar enamorado de ella. Le gusta tomar licores, cuenta chistes con bastante gracia. Tiene sesenta y cinco años.
La conversación en el hospicio es variada, entretenida y alegre.
Hace diez noches, Blanca Zorrilla, mi compañera de habitación, me contó que hubiera querido llamarse Lluvia pues le encanta ver llover sobre el césped del jardín, las calles, los tejados.
— Es tan lindo hablar en torno al clima. Me resulta entretenido conversar sobre la humedad, la llovizna, la tormenta, la presión atmosférica. Cuando estés entre personas desconocidas te aconsejo que hables del tiempo para romper el hielo, nunca lo olvides. Ay, siento calambrecitos en las piernas, es probable que llueva — sonó su aguda voz. Yo la escuché aterrada. Estaba a punto de lanzar un grito.
El señor David me advirtió, un día después de llegar al hospicio, que no le hiciera caso a Blanca. Hace cinco años ella habla siempre de lo mismo: el clima.
¡Lo mismo, lo mismo, lo mismo!
La señora Lluvia se pasa hablándome diariamente del tiempo: Está nublado. Se nos viene un chaparrón. Me apuran los calambres, señal de inminente aguacero. ¡Qué frío polar!
Esta siesta, la climática Blanca perdió el conocimiento luego de un repentino mareo.
Cuando dos jóvenes enfermeras le tomaron el pulso, y entre mimos la cambiaron de habitación, yo sentí que tocaba la felicidad.
















