Abrimos los ojos y el mundo aparece ante nosotros con una evidencia casi incontestable: los objetos están allí, las personas están allí, la luz, los sonidos, los cuerpos, los acontecimientos. Tocamos, escuchamos, observamos y creemos que, de alguna manera, estamos entrando en contacto directo con aquello que existe.
Pero ¿es realmente así?
¿Cuánto de lo que existe percibimos realmente?
No tenemos una respuesta capaz de expresarlo en un porcentaje. Y quizá nunca podamos tenerla. Para saber cuánto de la realidad percibimos tendríamos que conocer primero la totalidad de aquello que existe. Y justamente ese es nuestro límite: la realidad nos excede.
Nuestros sentidos no captan todo. Vemos apenas una pequeña región de aquello que puede ser visto; escuchamos solamente determinadas frecuencias; existen dimensiones, escalas, movimientos y fenómenos que no alcanzamos directamente con nuestros sentidos.
Pero el límite no termina en los sentidos.
Incluso aquello que llega a nosotros es seleccionado, organizado e interpretado por nuestro cerebro. No vivimos frente a la realidad desnuda, sino frente a una realidad que ha atravesado nuestra percepción.
Por eso dos personas pueden encontrarse ante el mismo acontecimiento y experimentar realidades diferentes.
Una misma escena puede despertar miedo en alguien, indiferencia en otro y esperanza en un tercero. El acontecimiento es uno; la experiencia de ese acontecimiento no lo es.
Entonces debemos distinguir entre lo que existe, lo que percibimos, lo que comprendemos y aquello que interpretamos.
Y aquí aparece una cuestión todavía más inquietante. Si nuestra percepción ya está limitada por nuestra propia naturaleza, somos también susceptibles de que alguien modifique las condiciones bajo las cuales percibimos. No hace falta que nos obliguen a creer una mentira; puede ser suficiente con decidir qué llega hasta nosotros, qué imagen vemos primero, qué noticia se repite, qué acontecimiento desaparece, qué palabra utilizamos para nombrarlo, qué voces son amplificadas y cuáles quedan fuera, qué se presenta como evidente y qué deja de aparecer ante nuestra mirada.
La manipulación más profunda quizá no consista en decirnos qué debemos pensar, sino en determinar aquello que tendremos la posibilidad de pensar. Porque si alguien controla aquello que entra en nuestro campo de atención, puede comenzar a intervenir, silenciosamente, en nuestra representación del mundo. Y entonces la pregunta deja de ser solamente si podemos conocer la realidad. Aparece otra, mucho más incómoda: ¿quién está interviniendo en las condiciones mediante las cuales conocemos la realidad?
Esto adquiere una dimensión nueva en nuestro tiempo. Durante siglos, el ser humano utilizó instrumentos para ampliar sus sentidos: telescopios para mirar más lejos, microscopios para mirar más pequeño, instrumentos para escuchar aquello que el oído no podía escuchar. Hoy hemos comenzado a construir tecnologías capaces no solamente de ampliar nuestra percepción, sino también de seleccionarla, dirigirla y condicionarla. Ya no se trata únicamente de mostrarnos más mundo; también pueden mostrarnos qué mundo mirar. Y quizá allí se encuentre uno de los grandes problemas de nuestro tiempo.
Porque si la realidad existe independientemente de nosotros, pero nuestra experiencia de ella depende de las condiciones de nuestra percepción, entonces quien consiga intervenir sistemáticamente en esas condiciones no necesitará controlar la realidad. Le bastará con influir en la realidad que somos capaces de experimentar. No tendría que decirnos: «Esto es verdadero». Podría simplemente hacer que ciertas cosas aparezcan constantemente ante nosotros y que otras dejen de aparecer. Aquello que vemos repetidamente comienza a adquirir la apariencia de verdad, mientras aquello que nunca vemos puede terminar pareciéndonos inexistente.
Tal vez por eso la pregunta más urgente no sea si vivimos en una ilusión. No creo que la realidad sea simplemente una ilusión. La realidad existe, pero nuestra percepción de ella es necesariamente parcial. El verdadero peligro comienza cuando olvidamos esa limitación y confundimos nuestra ventana con el mundo entero.
Porque una ventana permite mirar hacia afuera, pero también determina qué parte del paisaje queda dentro del marco. Y si alguna vez dejamos que otro decida dónde colocar la ventana, qué tamaño tendrá, hacia dónde estará orientada y qué permanecerá fuera de ella, quizá sigamos creyendo que estamos mirando libremente, cuando, en realidad, alguien más habrá comenzado a decidir qué mundo podemos ver.
Y entonces la pregunta inicial adquiere una gravedad distinta: ¿cuánto de lo que existe percibimos realmente?
Quizá nunca podamos responderla. Pero sí podemos preguntarnos, cada vez con mayor lucidez, qué está quedando fuera de nuestra mirada y, sobre todo, quién está decidiendo dónde termina nuestra percepción de lo real.
















