Llegamos a Veracruz y esperamos que cayera la noche para abordar el autobús del ADO, que nos llevaría a la Capital.
Nos aguardaban junto con el frío, mi abuelo Pancho, mi hermana Mery y mi padre, quien se había adelantado meses antes para buscar techo y futuro.
Así comenzó la gran travesía, la aventura de abrirnos paso en un mundo nuevo. Dejamos atrás el calor y la calma del pequeño pueblo de Salto de Agua para enfrentarnos a la inmensidad de una ciudad que en 1966 ya albergaba a más de siete millones de almas.
Llegamos a la calle de Reforma 74, una pequeña vivienda en un edificio ya entrado en años donde tendríamos nuestros primeros recuerdos de la gran ciudad de México. Tlatelolco, la glorieta de Cuitláhuac, el edificio de relaciones exteriores y la plaza de las Tres Culturas se volvieron parte de nuestra cotidianidad, del paisaje que aprenderíamos a llamar hogar.
El 5 de octubre se colocó, sin saberlo, la piedra fundacional de la familia en la capital. Con sueños modestos, pero firmes, empezamos la búsqueda del vellocino de oro: esa promesa de prosperidad que persigue todo provinciano cuando deja su tierra. En aquel pequeño departamento comenzaron a gestarse los recuerdos que nos acompañarían toda la vida.
Una marimba enorme ocuparía gran parte de la sala. A mis tres años y meses de edad, recuerdo haber jugado debajo de ella hasta que un día la marimba desapareció. Había que venderla, hacía falta dinero, espacio, comida. No era poco; éramos siete y aún faltaba uno más, que nacería a finales de 1970. Por qué no, aun en la estrechez, un miembro más de la familia sería bienvenido.
Entre la ausencia de la marimba, los primeros pasos de mi padre como músico, el trabajo indispensable de mi hermana Mery y las visitas constantes del abuelo Pancho, llegó la Navidad de 1966.
La recordamos como una Nochebuena sin abundancia. Aquella noche, mi padre no trabajó; no hubo tocada. La memoria, caprichosa, guarda escenas pequeñas, casi invisibles, fugaces. Esa noche esperábamos la llegada de los juguetes. Días antes, una visita a la Alameda había quedado registrada en una fotografía: mi hermana Norma, un Santa Claus y yo. Yo quería huir; me daba miedo. Mi madre insistió y El Santa Claus me detuvo para aquel retrato en el que mis ojos parecen pedir ayuda.
Pero esa noche lo que importaba no era el Santa Claus de la Alameda, sino el de verdad. Esperé. Pasó el tiempo. Nada llegó. Yo preguntaba, insistía. Mi padre decía que pronto vendría. Y según el consenso de la memoria de mis hermanos, ese día tampoco hubo cena.
Era el amanecer del 25 de diciembre.
Mi hermano Pancho recuerda un hecho que vino a romper la quietud triste de aquellos días. Yo lo supe muchos años después. Mientras dormía, sintió algo apoyarse sobre su espalda: un peso frío, inesperado. Despertó de golpe.
Mi madre, vencida por el cansancio y por la urgencia, había dejado junto a él aquello que había logrado conseguir. No era un juguete ni un milagro, pero sí un gesto de afecto obstinado.
Cuando abrió los ojos, ahí estaba: la sonrisa de mi madre, y junto a ella, una gran lata de duraznos.
















