• 27 de Octubre del 2026
Martes, 24 Febrero 2026 11:44

Cuando el golpe despierta al enjambre: lecciones históricas y el eco de la violencia en México

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Cuando el golpe despierta al enjambre: lecciones históricas y el eco de la violencia en México Foto: Especial

La reciente captura de Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, ha detonado una ola de reacciones que exhiben la fragilidad estructural de la seguridad en México. Lo ocurrido tras su aprehensión —bloqueos, incendios, ataques coordinados y una demostración de fuerza territorial— puede describirse como el acto de 'patear el avispero'. La metáfora no es gratuita: cuando se golpea un panal, la respuesta no es pasiva ni selectiva; es expansiva, caótica y ejemplarizante.


El Estado mexicano, al ejecutar una acción de alto impacto contra uno de los capos más poderosos del país, envió un mensaje de autoridad. Sin embargo, la reacción criminal evidenció que la estructura que sostiene al narcotráfico no depende únicamente de un liderazgo visible. La capacidad de movilización, la logística y la disciplina operativa mostradas en cuestión de horas hablan de una organización con redes profundas y recursos que superan la narrativa simplificada del 'capo capturado, problema resuelto'.

La historia ofrece paralelismos inquietantes. Cuando el presidente estadounidense Dwigh Eisenhower defendió los intereses de la United Fruit Company en Guatemala en 1954, lo hizo bajo el argumento de contener la influencia comunista en el hemisferio. Aquella operación, que desembocó en la caída de Jacobo Árbenz, sentó precedentes para dinámicas posteriores en América Latina: acciones que, al intentar corregir un desequilibrio político, abrieron ciclos prolongados de inestabilidad.


Algo similar ocurrió en Nicaragua durante la década de 1980, cuando el gobierno de Estados Unidos apoyó a la oposición armada contra el Frente Sandinista de Liberación Nacional. De nuevo, la lógica pública era estratégica: frenar la expansión de un proyecto alineado con Moscú. Sin embargo, el resultado fue una guerra prolongada, miles de víctimas y una herida institucional que tardó décadas en cicatrizar.


En ambos casos, el objetivo era debilitar la influencia soviética y fortalecer la posición occidental en el tablero geopolítico. Hoy, el contexto es distinto, pero el patrón de fondo guarda similitudes: una acción contundente contra un actor poderoso puede detonar consecuencias que rebasan el cálculo inicial.


El narcotráfico contemporáneo no es únicamente un fenómeno criminal; es un sistema económico ilegal con capacidad de financiar movimientos armados, corromper instituciones y desestabilizar gobiernos latinoamericanos. Su influencia trasciende fronteras y encuentra eco en mercados globales. Como en los episodios de la Guerra Fría, las intervenciones —aunque persigan fines legítimos— pueden desencadenar reacciones asimétricas que golpean a la población civil y a los centros neurálgicos de la economía.


Lo visto el domingo pasado en varias ciudades mexicanas no fue un episodio aislado, sino la manifestación visible de una realidad largamente conocida: el poder territorial y financiero del crimen organizado. Una realidad que estaba ante los ojos de todos, pero que muchos preferían minimizar bajo la ilusión de que la violencia estaba contenida o fragmentada.


Patear el avispero puede ser necesario cuando se busca desmantelar una estructura dañina. Pero hacerlo sin una estrategia integral que contemple las consecuencias inmediatas y las represalias previsibles puede agravar el problema que se intenta resolver. México enfrenta hoy no solo el desafío de capturar líderes criminales, sino el de reconstruir el tejido institucional y social que permita absorber el impacto de esas acciones sin que el país entero se convierta en campo de batalla.


Esperemos que en las semanas por venir no se sigan pateando más avisperos sin un plan de contención claro. De lo contrario, ciudades estratégicas y centros financieros podrían resentir los efectos de una violencia que ya mostró su rostro. La lección histórica es contundente: cuando se subestima la capacidad de reacción de los actores desafiados, el costo suele pagarlo la sociedad.

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