En 1943, C. S. Lewis escribió La abolición del hombre como una advertencia que, en su momento, podía parecer exagerada: el peligro no era la destrucción del ser humano, sino algo más sutil y radical, su vaciamiento interior. Hoy, en plena expansión de las biotecnologías, la inteligencia artificial y las promesas del poshumanismo, aquella intuición adquiere una densidad inquietante.
La idea contemporánea que dialoga con Lewis desde una crítica cristiana al poshumanismo recupera esa preocupación esencial: si el ser humano pierde su fundamento moral, su estructura simbólica y su sentido trascendente, entonces deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en materia disponible. No se trata únicamente de prótesis, algoritmos o edición genética. Se trata de una transformación ontológica: el paso de sujeto a objeto.
Sin embargo, el problema no se agota en la pérdida de valores universales. Allí donde Lewis advertía sobre la erosión del “Tao” —esa ley moral compartida—, el presente revela una dimensión más compleja: la tecnología no opera en el vacío. Está inscrita en relaciones de poder, en economías desiguales, en geografías donde no todos los cuerpos tienen el mismo valor ni la misma capacidad de decidir sobre su propia transformación.
El poshumanismo, en su versión más optimista, promete superar los límites biológicos. Pero rara vez responde una pregunta decisiva: ¿quién define esos límites y quién se beneficia de su superación? En este punto, la crítica cristiana acierta al señalar el riesgo de una humanidad sin anclaje ético, pero resulta insuficiente si no incorpora la dimensión política del problema. No basta con defender la dignidad humana; es necesario interrogar las estructuras que la administran, la negocian o la suspenden.
En América Latina —y en el sur global en general— esta discusión adquiere un matiz particular. Aquí, la historia ha demostrado que el cuerpo humano ha sido, reiteradamente, territorio de intervención: colonización, explotación, experimentación. La promesa tecnológica, lejos de ser neutral, puede reproducir esas asimetrías bajo nuevas formas. La “mejora humana” podría no ser un derecho universal, sino un privilegio selectivo.
De este modo, la abolición del hombre ya no aparece como un evento futuro, sino como un proceso en curso. No ocurre cuando las máquinas sustituyen al ser humano, sino cuando el propio ser humano acepta ser redefinido desde parámetros externos: eficiencia, optimización, rendimiento. Cuando lo humano deja de ser un misterio y se convierte en un proyecto técnico.
Frente a este escenario, la pregunta no es si debemos detener el avance tecnológico —algo imposible—, sino desde dónde lo pensamos. Si la crítica cristiana propone un límite moral, y la filosofía contemporánea insiste en la deconstrucción del sujeto, tal vez el desafío actual consista en articular una tercera vía: una lectura crítica que no renuncie ni a la dignidad ni al conflicto, ni a la ética ni a la historia.
Porque, en última instancia, lo que está en juego no es el futuro de la tecnología, sino el sentido de lo humano. Y esa, todavía, no es una pregunta técnica. Es una decisión.
















