• 19 de Enero del 2026
Fernando Reyes Baños

Fernando Reyes Baños

El diccionario de la Real Academia Española (RAE) define la tolerancia como el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias. Etimológicamente este término viene del latín tolerare (“soportar”, “sostener”) y apunta al grado de aceptación y respeto que una persona (o grupo de personas) tienen hacia un objeto en particular, mismo que puede ser (o no) contrario a una regla moral, civil o física. Por su parte, González (2001) afirma que la tolerancia implica una aceptación, basada en el respeto de las diferencias (y de quienes son percibidos como diferentes), en la que tales diferencias son igualmente importantes, lo que facilita una convivencia pacífica y plural. Según Santos (2006, p.80), es la "(...) inclusión del otro en el propio mundo", por lo que tolerar significa respetar a los demás, aunque sean diferentes, lo que implica una dosis importante de autenticidad en la persona que es tolerante.

Cuando Norberto Bobbio sintetizó los aprendizajes logrados gracias a su trayectoria intelectual y ética, el pensador italiano plasmó las ideas expresadas en el párrafo anterior con una frase memorable: “He aprendido a respetar las ideas ajenas, a detenerme ante el secreto de cada conciencia, a comprender antes de discutir y a discutir antes de condenar” (Bobbio, 1997). Llama la atención que una síntesis como la referida por el autor de Senectute sea posible hacerla, según el propio Bobbio, solamente cuando se llega a la última etapa de la vida, acotación coincidente con la idea que en la antigüedad se tenía sobre la vejez y el actuar ético; por su parte, refiriéndose a la polis ideal de Platón cuya gobernanza estaría en manos de un filósofo rey, Laje (2023) describe la alegoría de la caverna de la siguiente manera:

Los hombres de la caverna piensan que las sombras son la realidad, pero están engañados. El conocimiento se muestra entonces como emancipación de las cadenas que retienen al hombre en la oscuridad. Quien logra salir de la caverna queda encandilado con la luz que hace patente la verdad de las cosas. De esta forma, Platón quiere gobernantes que hayan visto la luz, que hayan cultivado el conocimiento, que, en una palabra, sean filósofos. Pero salir de la caverna toma tiempo. Los jóvenes deben ser sacados de la ignorancia de a poco, aunque no todos lograrán hacerlo. (p. 18)

¿Cómo convergen la reflexión que Bobbio hace sobre el respeto, la comprensión y la prudencia ética en el juicio (aspectos que, por lo general, se alcanzan en la senectud) y la alegoría platónica de la caverna y la figura del filósofo rey? En que el conocimiento verdadero —principalmente, ético— no se adquiere de forma inmediata, sino que requiere tiempo, maduración y una transformación interior. Así como Bobbio señala que solo en la última etapa de la vida se puede alcanzar una síntesis ética profunda, Platón advierte que salir de la ignorancia y acceder a la luz del conocimiento es un proceso gradual, reservado a quienes logran emanciparse de las sombras. En este sentido, tanto el respeto por la conciencia ajena como la capacidad de gobernar con sabiduría surgen de una experiencia reflexiva que trasciende la inmediatez, y que exige tanto formación intelectual como evolución moral.

Escusándome por esta digresión y regresando al tema de la tolerancia, González (2001), por su parte, alude a la necesidad de distinguir entre dos modalidades muy frecuentes de tolerancia: una que, por no constituir una virtud, es negativa o pseudotolerancia; y otra que es autentica, que puede ser comprendida como una virtud, y en cuanto tal “(…) no es algo dado sino que tiene que alcanzarse, que construirse día con día mediante un esfuerzo creador (como una verdadera meta de civilización)” (González, 2001, p. 252). La tolerancia negativa puede pasar desapercibida, con cierta frecuencia, al atribuírsele una de dos equivalencias: por un lado, tolerar como soportar (sintiendo desprecio en el fondo por el otro), y por otro lado, tolerar como indiferencia (manteniendo, incluso impidiendo, cualquier clase de cambio); dicha modalidad (en cualquiera de sus dos equivalencias), llega a manifestarse en la realidad cuando el sujeto "tolerante" expresa algo parecido a "Cada quien puede hacer lo que quiera, siempre y cuando no se metan conmigo" o "Yo los respeto, pero lo que no me pasa es que quieran cambiar las cosas. ¡Todo está bien así!" (De la Mora & Terradillos, 2007, p. 253). La tolerancia positiva, en cambio, se contrapone tanto al mero soportar como a la indiferencia del otro, porque no consiste en un mero soportar, sino en aceptar verdaderamente al otro, trascendiendo el rechazo en el respeto, además de que no involucra indiferencia, muy al contrario: conlleva la defensa tanto de las ideas y valores que uno tenga y profese, como el derecho del otro a disentir (González, 2001), aspecto que inevitablemente nos remite a las palabras con que Evelyn Beatrice Hall resumió el espíritu del pensamiento voltairiano (y que, al cabo del tiempo, fueron atribuidas erróneamente a Voltaire): “No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo”.

Se dice que la contraparte de la tolerancia es la intolerancia. Rivera y Margetic (s. f.) califican a este concepto como un antivalor, pues tiene como base el sectarismo, la negación y la exclusión de personas, comunidades o saberes que se han constituido al margen de lo establecido hegemónicamente por una sociedad en particular. En 1978, Otto comentó que:

Un sistema social (esto es, una sociedad o una institución) es intolerante cuando está constituido de tal forma que tiene una disposición tal que sistemáticamente exc1uye la posibilidad de que exista una diversidad de formas de vida, practicas o culturas; o sea cuando tiene la disposición de perseguir la pluralidad, buscando la uniformidad mediante la coerción. (citado por Nathan en 1993, p. 88).

Haciendo un desglose de la definición anterior debe considerarse la relación compleja entre dos elementos incluidos en ella: en primer lugar, una disposición a no aceptar la pluralidad, que tiene como base las creencias, valores o proyectos particulares establecidos por un determinado sistema social; y en segundo lugar, una conducta que se traduce en la acción de perseguir a los grupos alternativos, aludiendo con "perseguir" a los castigos, más o menos violentos, que las sociedades han utilizado históricamente para erradicar (excluir o minimizar la importancia de) tales grupos. En cuanto a los motivos que puede tener una sociedad para perseguir puede haber, obviamente, una gran diversidad. Si se considera que tales motivos pueden concebirse como legítimos o ilegítimos, entonces la persecución resultante puede calificarse como justa o injusta, por lo que la intolerancia puede definirse como el conjunto de razones ilegítimas que motivan las persecuciones o castigos injustos que un sistema social utiliza contra algún estilo de vida o grupo alternativo, lo que vincula a este concepto con una carga valorativa negativa que afecta al sistema social al que se atribuye, haciéndolo susceptible de la crítica y el rechazo de parte de los sistemas sociales que lo califiquen como intolerante (Nathan, 1993). Cabe señalar empero, que la ecuación inherente a esta definición: disposición - conducta, puede utilizarse para referirse tan sólo a la disposición (motivos o razones para perseguir o castigar), ya que ésta puede presentarse sin que se manifieste el elemento conductual, por lo que la intolerancia se referirá entonces al no reconocimiento de la pluralidad de formas de vida o grupos alternativos en el ámbito de las creencias, los valores y los proyectos de un sistema social específico.

Todo lo anterior viene a cuento porque hace algunos años, en uno de esos foros que el gobierno en turno organizó para consultar a la ciudadanía en torno al próximo plan de desarrollo, ocurrió un hecho interesante.

Una compañera de trabajo, con otros miembros del equipo y un servidor, al encontrarnos en las instalaciones indicadas para hacer acto de presencia en dicho evento, salió un momento del salón donde se realizaban las ponencias para ir al tocador; después de un rato, nuestra compañera regresó y nos compartió la siguiente experiencia:

Resulta y resalta que cuando regresó del tocador y pretendió entrar por una puerta diferente a la que usamos para entrar al foro la primera vez, un hombre se interpuso en su camino y le indicó que no podía entrar por ahí. Cuando ella le preguntó por qué, el sujeto en cuestión le contestó que esa puerta estaba reservada para los regidores únicamente. La compañera se sintió indignada, claro, porque consideró injusto que, por un lado, hubiera entradas para ciertas personas, y por otro lado, entradas para el resto de la gente, y aunque expresó su inconformidad ante la persona que le impidió pasar por esa puerta, el resultado fue el mismo: el guardián no le cedió el paso, por lo que nuestra compañera tuvo que caminar más, dando una vuelta que, en términos prácticos, resultaba completamente innecesaria, para entrar finalmente por la puerta designada, digamos, para el ciudadano promedio.

Parecería un hecho trivial. Una experiencia breve, pero incómoda, que se recuerda lo suficiente como para compartirla durante la siguiente hora con algún conocido, pero que después de un día se olvidará, quedando en su lugar solamente la noción de haber asistido a un evento multitudinario. Cualquiera estaría tentado a decir que la discrepancia anteriormente descrita no tiene razón de ser dada la existencia de protocolos de seguridad, consignas y reglas preestablecidas para la realización de eventos así y que la realización de un foro ideado supuestamente para que la ciudadanía exprese lo que quiere (y lo que no quiere) para su Estado en los próximos años no es, obviamente, la excepción. Pero si este incidente, por pequeño que haya sido, lo consideramos a la luz de la desigualdad que sigue estando presente en nuestra sociedad, quizá, no parezca un hecho tan trivial.

No se confunda. Lo anterior no es privativo de un evento político como el que acabo de describir. Éste solo representa un botón de muestra, el reflejo de la realidad (compleja y complicada) que vivimos como país y como parte de un mundo globalizado que afronta problemas que aún no ha podido resolver. Al respecto, solo citaré las ideas de tres autores que han estudiado el complejo fenómeno de la desigualdad: en el año 2004, Schemelkes comentó que: "Los países ricos, y los ricos en esos países, son cada vez más ricos y proporcionalmente cada vez menos. Lo contrario sucede con los pobres: son cada vez más los pobres y cada vez más pobres, los pobres" (p. 10). Diez años más tarde, en su libro Mirreynato, Ricardo Raphael, catedrático del CIDE, a la par que Reuben (2016), comentó que:

(…) 7 de cada 10 seres humanos viven en países donde la desigualdad se ha multiplicado. Cita Oxfam un documento de Credit Suisse donde se argumenta que, mientras 10% de la población mundial controla alrededor del 86% de la riqueza, el 70% menos aventajado se las tiene que arreglar con sólo 3% de la producción mundial. (p. 182)

En tercer lugar, Cisneros (2001) nos advierte sobre la intolerancia cultural, concepto que se diferencia de la intolerancia social en que ésta se limita a excluir al “otro” por ser distinto, mientras que la intolerancia cultural implica una persecución activa de esa diferencia, actitud que da lugar a la heterofobia, que alude al temor y la hostilidad hacia quienes no comparten nuestra identidad grupal, misma que en términos de Fernando Savater —cita el autor—, representa una verdadera “enfermedad moral” de las sociedades contemporáneas, en virtud de que fomenta el rechazo sistemático de lo diverso, lo extraño y lo externo, transformando la diferencia en amenaza y debilitando los principios éticos de convivencia plural.

En suma, las tareas a resolver no son sencillas, ni los desafíos pequeños. Hacer coincidir hechos con palabras no resultará fácil mientras no se acepte que en nuestra sociedad sigue en circulación las monedas de la desigualdad y de la discriminación. Es urgente atender tales aspectos porque no se puede esperar que hombres y mujeres vivamos en igualdad cuando la desigualdad, en múltiples sentidos, define qué puertas estarán abiertas y qué puertas estarán vedadas para permitirnos pasar. Tengo un sueño: que las puertas permanezcan abiertas y quienes pasen no sean el amigo o el Sr. X, sino seres humanos y ya. Así sea.

 

Referencias

Bobbio, N. (1997). Senectute. Taurus

Cisneros, I. H. (2001). Intolerancia cultural: racismo, nacionalismo, xenofobia [Versión impresa]. Perfiles latinoamericanos, (18), 177 - 189.

De la Mora, T. y Terradillos, J. (2007). Reflexiones del armario [Versión impresa]. Cuadernos de Trabajo Social, 20, 249 - 264.

González Valenzuela, J. (2001). Los límites de la tolerancia. Conferencia magistral presentada en el Seminario Internacional sobre Tolerancia, Ciudad de México, México.

Laje, A. (2023). Generación idiota. Harper Collins México.

Nathan Bravo, E. (1993). Reflexiones sobre los conceptos de intolerancia, tolerancia y libertad. Diánoia, 39(39), 87 - 108.

Raphael, R. (2014). Mirreynato. Planeta.

Reuben, A. (18 de enero, 2016). El 1% más rico del planeta "ya tiene tanto como el otro 99%", asegura Oxfam. BBC Mundo. http://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/01/160118_1_por_ciento_mas_rico_pobreza_desigualdad_economia_mr?ocid=socialflow_facebook

Rivera, S. y Margetic, A. (s. f.). La intolerancia epistemológica como forma de exclusión del saber. http://autonomiayemancipacion.org/Biblioteca/D-4/Epistemologia%20-%20Silvia%20Rivera%20Cusicanqui%20y%20Alejandro%20Margetic.pdf

Santos Gómez, M. (2006). La horizontalidad de las relaciones humanas y la tolerancia [Versión impresa]. Utopía y Praxis Latinoamericana, 11(34), 79-90.

Schemelkes, S. (2004). La educación intercultural: un campo en proceso de consolidación. Revista Mexicana de Investigación Educativa, 9(20). http://www.redalyc.org/pdf/140/14002002.pdf

La segunda entrega de las crónicas de la descendencia Atreides, "El mesías de Dune", de Frank Herbert, es una novela que puedes odiar o amar, pero lo que difícilmente generará en ti, si te aventuras a leerla, es indiferencia.

González Férriz, en el año 2022, publicó un artículo en El Confidencial titulado “Enseñar filosofía a los adolescentes no tiene ninguna lógica" en donde, a pesar de su afinidad con esta disciplina y valorar en demasía las humanidades como una guía “(…) para intentar entender el mundo y llevar una buena vida”, cuestiona la lógica de enseñar filosofía a adolescentes que cursan la educación secundaria, porque duda que jóvenes de 14 o 15 años puedan beneficiarse, en realidad, de estudiar conceptos complejos como los que han aportado a través de los años filósofos como Platón, Spinoza, Kant, entre otros.

Hasta el momento, el currículo sigue siendo el instrumento de transmisión y legitimación del conocimiento que, en el ámbito de la educación formal, constituye la expresión y concreción del plan cultural que una institución escolar cristaliza para quienes lo sigan con fines formativos, a la luz de algunas condiciones que particularizarán, en cada caso, la opción que se oferte.

Hace 10 años padecí los estragos de la Chikunguña. Experimenté los síntomas de manera imprevista: ese día no fue la fiebre ni el dolor de cabeza los que me despertaron de un respingo, sino el malestar que sentía en mi brazo derecho lo que me postró en la cama y me obligó a avisar que no iría ese día a trabajar a la universidad. No sé lo que sientan las personas que se fracturan un brazo, pero así fue como yo viví ese momento, como si me hubiera caído de una altura considerable o me hubieran aventado contra una pared con tal fuerza que hubieran hecho añicos los huesos de mi extremidad superior derecha. Evaluando lo que padecí y comparándolo con otros malestares que he sufrido a lo largo de mi vida, la verdad es que la Chikunguña no es, ni de cerca, el peor de los males que he padecido en 52 años de vida, pero entonces… ¿Por qué lo recuerdo tan claramente? Obviamente, hay una razón que lo justifica, misma que les compartiré enseguida…

El siguiente texto (necesariamente sintetizado hasta la médula) es una propuesta en ciernes de un modelo que pretende describir la construcción de lo que he denominado la armadura androcéntrica, investidura metafórica con la que el hombre que levanta pesas se enviste para ser partícipe de la seguridad que ésta le brinda, valiéndose para ensamblar las piezas que la estructuran de aspectos tales como la masculinidad hegemónica y los elementos arquetipológicos de la psicología analítica.

Ustedes no están para saberlo ni yo para contarlo, pero a finales del año pasado, durante el mes de mi cumpleaños, me compré un presente que hasta el momento de escribir este artículo ha resultado ser el mejor obsequio que, como lector asiduo, pude haberme hecho: me autorregalé un Kindle, es decir, un dispositivo de tinta electrónica (o e-reader), con el cual podría leer, según cuenta la leyenda propagandística de Amazon, libros digitales como si los leyera en papel, con las ventajas de que mi experiencia lectora se caracterizaría por una mayor portabilidad y comodidad (desde que lo desempaqué pude notar que el dispositivo en cuestión, seguramente por ser la versión básica, es ligero y con facilidad puede sostenerse con una sola mano), además de que su tecnología contribuiría a disminuir la fatiga visual que pudiera experimentar después de leer largo rato o en condiciones de mucha o poca luz.

Además de la casi extinción del proceso ritual para iniciar a los adolescentes en la masculinidad adulta en las sociedades de hoy, otro factor que debilita la integración de la identidad masculina madura, evidenciado por la crítica feminista, es el patriarcado, presente en gran parte del mundo desde el segundo milenio a. C. hasta la fecha, pero mientras algunos feministas consideran que la raíz de masculinidad es la prepotencia, Moore y Gillette (1993) sostienen que el patriarcado no refleja la masculinidad verdadera, sino que expresa una masculinidad detenida, fijada en niveles inmaduros, que tales autores denominan psicología del adolescente (en contraposición con la psicología del hombre); en tales términos, y al contrario de lo que suele abogarse actualmente para intentar resolver la crisis de la masculinidad, no haría falta que el hombre se conectara más con su "lado femenino" o disminuyera su "poder masculino", sino que, en contraposición, se tendría que conectar con los potenciales de la masculinidad adulta, así como con el poder masculino maduro.

Moore y Gillette (1993, p. 25) plantean que la dinámica de la vida es "(...) un intento de desplazarse de una forma inferior de experiencia y conciencia a un nivel más alto (o más profundo)", de tal suerte que hombres y mujeres pasen de una identidad difusa a una más consolidada y estructurada. En las sociedades tribales de antaño y algunas que sobreviven hasta el día de hoy (como las reportadas por Mircea Eliade y Victor Turner en África, Sudamérica y otros lugares), se manejaban nociones muy claras acerca de la madurez masculina y femenina y cómo llegar a ella. Lo que la cultura tiene actualmente son seudoiniciaciones que inician al adolescente en una "masculinidad" patriarcal, que se caracteriza por ser abusiva con los demás y con uno mismo, la cual, no produce hombres, porque, afirman los autores: "(...) los hombres verdaderos no son terriblemente violentos ni hostiles" (Moore y Gillette, 1993, p. 26). Así, pues, la psicología del adolescente implica dominación y pautas lesivas de conducta mientras que la psicología del hombre implica desarrollo y creatividad. El paso de una a otra involucra la muerte psicológica del ego adolescente, el cual debe "morir", para que desaparezcan sus maneras de ser, hacer, pensar y sentir anteriores. Tales seudoiniciaciones solo provocan la disputa del ego por el poder y el dominio porque, a diferencia de las iniciaciones de antaño, carecen de un proceso ritual que contenga, por un lado, un espacio sagrado, y por otro, un "anciano" o "anciana" sabio(a) que conozca el ritual, sea modelo de madurez y sirva de guía para alcanzar una nueva identidad.

Al margen de tales procesos rituales, en lo profundo de cada hombre hay huellas o "conexiones" con lo masculino maduro, tranquilo y positivo que, en términos de la psicología analítica, se denominan arquetipos o "imágenes primordiales", mismas que anidan en el inconsciente colectivo junguiano, formado por pautas instintivas y configuraciones energéticas que han sido heredadas generacionalmente. Obviamente, existen muchas "huellas" masculinas y femeninas, por ejemplo: la subpersonalidad femenina en los hombres (ánima) y la subpersonalidad masculina en las mujeres (animus), pero… ¿en qué consiste la estructura de los arquetipos masculinos?, ¿cuáles corresponden a la psicología del adolescente y cuáles son propios de la psicología del hombre? Con el propósito de diferenciarlos, se abordará a continuación en tales cuestiones.

 

Psicología del Adolescente.

Los potenciales arquetípicos de la psicología masculina, tanto en su forma inmadura como madura, son una tríada que, gráficamente, podría representarse como un triángulo, en cuyo vértice superior se manifiesta el arquetipo en su plenitud mientras que en su base lo hace en forma disfuncional bipolar o sombra, pudiéndose interpretar esta última como un síntoma de desarrollo inadecuado, es decir, como un estado psicológico no cohesionado que, a medida que la personalidad del adolescente y luego la del hombre se acercan a la etapa apropiada de desarrollo, los polos de estas formas sombrías se unifican (Moore y Gillette, 1993).

Se supone que los cuatro arquetipos del masculino inmaduro se manifiestan de acuerdo a un orden sintónico con las etapas de desarrollo de la adolescencia, pero debido a que el desarrollo humano no siempre sigue con exactitud la misma secuencia, no constituye una rareza que se presenten variaciones en el trayecto. Por una cuestión expositiva, y tomando en cuenta que cada arquetipo de la psicología de la adolescencia origina la forma compleja de cada arquetipo de la masculinidad madura, la secuencia en cuestión sería la siguiente: aparece el Niño Divino, como primer arquetipo del masculino inmaduro, del cual, se origina el Rey, como primer arquetipo del masculino maduro; sigue el Niño Precoz, como segundo arquetipo del masculino inmaduro, del cual deriva, el Mago, como segundo arquetipo del masculino maduro; de la misma forma, correspondiéndoles el tercer momento, aparece el Niño Edípico, del cual deriva, el Amante; y finalmente, en cuarta posición, aparece el Héroe, del cual deriva, el Guerrero. Nótese que tales progresiones, de un arquetipo del masculino inmaduro a uno maduro, ocurren porque los primeros arquetipos son modelados y enriquecidos por las experiencias de vida que aportan la materia prima para que, en algún momento, la personalidad masculina se integre y unifique. No hay que perder de vista que, los arquetipos que forman la base de la adolescencia no desaparecen, sino que el hombre maduro, una vez que trasciende las pautas del comportamiento adolescente, las elabora, más que desecharlas de algún modo, por lo que podría decirse, de una manera más esquemática, que la estructura resultante del sí-mismo masculino maduro tendría el aspecto de “una pirámide sobre una pirámide” (Moore y Gillette, 1993, p. 36).

A continuación, se revisa, de manera sucinta, en qué consisten cada uno de los arquetipos del masculino inmaduro:

El Niño Divino. En su plenitud: se siente todopoderoso y centro del universo, pero también totalmente indefenso y débil. Es la pauta primitiva de la masculinidad inmadura, pero también fuente de bienestar, paz y entusiasmo por la vida.

Sombra:

  • El Tirano de la Tron: se caracteriza por su arrogancia, infantilismo e irresponsabilidad. Psicológicamente, podría considerársele como un narcisista patológico. El tirano presiona al hombre para que mejore, pero nunca estará satisfecho.
  • El Príncipe Débil: Quien lo encarna proyecta tener poca personalidad, escasa iniciativa y ningún entusiasmo por la vida.

El Niño Precoz. En su plenitud: en el adolescente (y, más tarde, en el hombre), se manifiesta por su curiosidad y deseos de aprender, suele tener talento para uno o más campos, tiende a ser introvertido y reflexivo, visualiza conexiones escondidas en las cosas y procura, siempre, estimular su intelecto, procurando mantener intacta su sensación de asombro ante lo que va descubriendo.

Sombra:

  • El Tramposo Sabelotodo: es un manipulador, crea apariencias y engatusa a los demás para que crean en él, para luego desilusionarlos y mofarse de que cayeran en su trampa; no pretende reemplazar a nadie, porque no desea ninguna responsabilidad, daña porque lo motiva la envidia, por eso no tiene héroes, porque eso implicaría admirar a otros, lo que requeriría ser consciente de su propio valor y energía creativa.
  • El Limitado: carece de vitalidad, vigor y creatividad, proyecta ingenuidad, pero ésta no suele ser honesta porque, como su predecesor, también es un tramposo, pudiendo entender mucho más de lo que aparenta, enmascarando con su comportamiento una soberbia que lo hace sentirse demasiado importante, a la vez que vulnerable, para actuar en el mundo.

El Niño Edípico. En su plenitud: tiene un conocimiento profundo de la conexión con su interior, con los demás y con todas las cosas, es cálido, se relaciona bien y es afectuoso, además de que esta experiencia de conexión, en particular con su madre (arquetípica), le permite expresar los orígenes de lo que se conoce como misticismo.

Sombra:

  • El Niño de Mamá: la frase vox populi “pegado a las faldas de su madre” describe al Niño Edípico, que, ligado a la madre arquetípica, busca a la diosa inmortal, siendo incapaz de unirse a una mujer mortal, porque, en el fondo, no quiere asumir responsabilidades y encarar todo lo que involucra una relación íntima y real.
  • El Soñador: influye para que el adolescente se sienta aislado y separado de cualquier relación humana, las cuales, se producen en su imaginación, por lo que se presenta como alguien retraído y deprimido, comportamiento empero, que enmascara su soberbia por no haber logrado la posesión de su madre.

El Héroe. En su plenitud: es el que caracteriza mejor la etapa de desarrollo del adolescente, sigue siendo inmaduro, y cuando se lleva a la edad adulta como arquetipo predominante, impide que el hombre alcance la madurez completa.

Sombra:

  • El Fanfarrón: busca impresionar a los demás y proclamar su supremacía, para dominarlos, pero con su fanfarronería oculta su cobardía e inseguridad, por eso procura no trabajar en equipo, prefiriendo siempre la soledad, el héroe está muy ligado a la Madre, pero tiene la necesidad de superarla, por lo que, involucrado en una reyerta, luchará con lo femenino, para conquistarlo y demostrar su masculinidad.
  • El Cobarde: se niega a defenderse de las confrontaciones físicas y tiende a dejar que lo presionen emocional e intelectualmente, cediendo con facilidad ante los demás, hasta que, cansado de dicha situación, la soberbia del Fanfarrón escondida en su interior se manifestará, en un violento ataque contra sus “adversarios”, para el cual, obviamente, éstos no estaban preparados.

La Psicología del Hombre.

La presencia del héroe en el desarrollo de la psique humana cumple una función importante: moviliza las estructuras del ego del adolescente, capacitándolo para “romper el cascarón”, es decir, separarse de la Madre (el inconsciente, lo femenino), para que, terminando la adolescencia, sea capaz de afrontar las difíciles tareas que la vida adulta conlleva; por tanto, la “muerte” del Héroe representa el final de la adolescencia, el adolescente in fieri de convertirse en hombre, a partir de lo cual, inicia la masculinidad y la psicología del hombre,

A continuación, se hace una revisión de los arquetipos del masculino maduro, considerándose también su estructura piramidal, es decir, cómo se manifiestan tanto en plenitud como en su forma disfuncional bipolar o sombra.

Arquetipo del Rey. Según Moore y Gillette (1993), el Rey es el “arquetipo central”, en torno al cual, se organiza el resto de la psique. En su plenitud, el Rey tiene dos funciones importantes: la primera, consiste en ordenar el mundo que conoce, es decir, organizar su reino del centro hasta la periferia, para que todo lo que le es concebible florezca, siendo imprescindible para ello, incorporar ese orden a su propia vida; la segunda, se llama bendición o fertilización y tiene que ver, básicamente, con el reconocimiento y confirmación que el Rey otorga, por su justo valor, a quienes forman parte de su reino.

El arquetipo del Rey, en su totalidad, presenta las siguientes características: razonable y racional; busca la integración y la integridad de la psique masculina; proporciona y produce estabilidad, calma, vitalidad y alegría; observa al mundo con mirada firme, pero amable; reconoce las fortalezas y áreas de oportunidad de los demás, guiándolos y cuidándolos para hacerlos prosperar; se siente seguro de su propio valor (no es envidioso). Además, expresándose como otros arquetipos: como Guerrero, se muestra agresivo cuando es necesario; como Mago, sabe, discierne y actúa según su propia sabiduría; y como Amante, se deleita en compañía de quienes forman parte de su reino.

Como parte de la estructura bipolar del Rey también hay una sombra, un Rey Negativo, integrado, en su polo activo, por el Tirano, y en su polo pasivo, por el Débil. El Tirano odia, teme y envidia a lo nuevo, porque siente amenazado el control que tiene de su reino. No está en el centro, y aunque se siente identificado con la energía del Rey, tampoco es partícipe de ella, pero no se da cuenta ni de lo uno ni de lo otro. No se siente tranquilo ni generador. Abusa de los demás y puede ser implacable cuando busca su conveniencia. Con frecuencia puede experimentársele en la perturbación narcisista de la personalidad: se sienten el centro del universo y que los demás están para servirles, siendo ellos los que buscan, incesantemente, su reflejo en los otros y ser vistos por los demás. El Tirano es muy sensible a la crítica, y aunque por fuera parezca amenazador, por dentro se “desinfla” ante la más mínima crítica. Se muestra furioso, pero, en el fondo, se siente vulnerable, porque si no logra que lo identifiquen con la energía del rey, siente que no es nada, ubicándose entonces como el Débil, el otro polo del sistema negativo del Rey. El hombre influenciado por el Débil también carece de centro, pero, sobre todo, de tranquilidad y seguridad, porque sus comportamientos opresores provocan reacciones adversas en los demás.

Arquetipo del Guerrero. Es un pilar fundamental de la psicología masculina (Moore y Gillette, 1993). En su plenitud, el Guerrero se caracteriza por su agresividad, es decir, por una actitud ante la vida que lo motiva y energetiza. También suele estar alerta, y apoyándose de estrategias y tácticas, evalúa las circunstancias con precisión, a fin de adaptarse a la “situación reinante”. Sabe juzgar su propia fuerza y habilidad, diferenciándose del héroe porque, en tanto que éste desconoce sus limitaciones, aquél es realista respecto a sus alcances y límites. Está consciente de que su vida es corta y frágil, lo que le brinda suficiente vitalidad para vivir intensamente, por lo que procura no “pensar demasiado”, para evitar la duda que tarde o temprano podría conducirlo a la inacción, convirtiéndose sus acciones, que son el resultado directo de su preparación y disciplina, en su segunda naturaleza. Todo lo anterior, permite que el Guerrero actúe, de manera contundente, en cualquier situación de vida. A diferencia del Héroe, con sus acciones no busca comprobar si de verdad es tan potente como cree ser, busca más bien, ser “todo lo que puede ser”. Es valiente, asume la responsabilidad de sus actos y es autodisciplinado (posee el rigor para desarrollar el control y dominio de su cuerpo y mente). La energía del Guerrero está volcada hacia un compromiso transpersonal: su lealtad y sentido del deber apuntan a una causa (y a veces también pueden centrarse en una persona importante), lo que marca también una diferencia con el héroe, cuyas preocupaciones está vertidas para consigo mismo. Esta característica promueve que todas las relaciones personales se subordinen al compromiso transpersonal que el Guerrero asume como el motivo central de sus acciones, lo que significa que sus decisiones no las toma ni las impone por su relación emocional a nadie ni otra cosa que no sea su ideal, lo que, a su vez, suscita que actúe restándole importancia a sus sentimientos personales.

En su interacción con otras energías masculinas maduras, cuando el Guerrero se conecta con el Rey, guarda el reino conscientemente, con acciones contundentes, disciplina y valor; cuando interactúa con el Mago, lo capacita para lograr el dominio y control sobre sí mismo, dirigiéndolo al logro de sus objetivos; y al mezclar su energía con el Amante, logra la sensación de estar conectado con todas las cosas, permitiéndole cumplir con su deber, pero ser compasivo a la vez; el Guerrero, en su forma pura en cambio, es emocionalmente indiferente, por lo que su compromiso transpersonal relativiza la importancia de sus relaciones humanas.

El Guerrero también tiene una sombra, un Guerrero Negativo, integrado, en su polo activo, por el Sádico, y en su polo pasivo, por el Masoquista. Dada su vulnerabilidad en el campo de las relaciones, el hombre influenciado por el Guerrero necesita controlar su mente y sus sentimientos; de lo contrario, puede florecer la crueldad. Considérese que hay cierta similitud entre el Guerrero Negativo y el Héroe: el primero conserva en la adultez la inseguridad, las emociones violentas y la desesperación del segundo en su adolescencia, de manera que aparece en escena, un hombre que sigue batallando contra el poder avasallador de lo femenino. El hombre poseído por el Masoquista es incapaz de defenderse psicológicamente, permitiéndole a los demás (y a sí mismo) que le presionen más allá de los límites de lo tolerable. Considere el caso de las profesiones que presionan, en exceso, para que las personas actúen lo mejor posible todo el tiempo: si alguien no está seguro de su estructura interior, confiará en su actividad en el mundo exterior para aumentar su autoconfianza, y siendo la necesidad de ese ascenso importante, ese alguien probablemente gravitará hacia lo compulsivo.

Arquetipo del Mago. Según Moore y Gillette (1993), el Mago humano es un iniciado en todo conocimiento que requiera una preparación especial para ser adquirido, lo que, a su vez, le confiere la responsabilidad de iniciar a los demás en ese campo. Se particulariza porque es un conocedor de la psique humana, suele pensar en asuntos que no son evidentes para otras personas y se le facilita detectar mentiras.

En su plenitud, la energía del Mago gobierna el “ego observador”: esta instancia, que se une al sí-mismo masculino, para servirle, al mismo tiempo que, para canalizar su potencial, se mantiene al margen del flujo común de acontecimientos, sentimientos y experiencias cotidianas, pero, siempre alerta, actúa y accede al flujo de energía cada vez que resulta necesario. Es común que los hombres influenciados por este arquetipo utilicen, conscientemente, su conocimiento en beneficio de sí mismos, pero también para beneficiar a los demás.

De la energía del Mago, el arquetipo del Guerreo toma su claridad de pensamiento, y si bien el Mago no tiene la capacidad de actuar por sí solo, sí tiene la capacidad de pensar, por esta razón, representa la reflexión, el pensamiento y la introversión (entendiéndose ésta como la capacidad de separarse de contradicciones internas y externas, para conectarse con recursos internos profundos).

En su sombra, el Mago Negativo está integrado, en su polo activo, por el Manipulador, y en su polo pasivo, por el Inocente. El primero, a diferencia del Mago (en plenitud), no cuida a los demás, los dirige sutilmente, ocultándoles información que podría beneficiarles, porque solo pretende demostrar su superioridad y hacerles saber que él sabe más que ellos; en el fondo empero, tiene miedo de tomar decisiones y de vivir, motivo por el cual, decide no decidir y no participar del placer que otras personas experimentan al vivir realmente. El segundo, legado de la infancia (polo pasivo del Niño Precoz, el Tonto), quiere también el poder y el estatus del Mago, por lo menos en el ámbito social, pero no desea las responsabilidades de un Mago verdadero (compartir y enseñar su conocimiento y ayudar a los demás), porque, en el fondo, lo corroe la envidia por quienes actúan, viven y desean compartir, por lo que procura aprender solamente lo suficiente, para empequeñecer a quienes sí hacen tales esfuerzos.

Arquetipo del Amante. Es la pauta de energía primitiva cuyo impulso es satisfacer los principales apetitos de la especie humana, siendo fundamental también para la psique, porque incluye la sensibilidad para con el mundo exterior y los cambios que se dan en el interior al reaccionar a las impresiones sensoriales.

En su plenitud, la sensibilidad del Amante le permite sentirse conectado con todo, experimentar un estado de empatía con todas las cosas, lo que le hace ver que todas ellas están relacionadas de alguna manera. Así pues, desea vivir interiormente la conexión que siente con el mundo, así como vivir el mundo de la experiencia sensual en su totalidad; por esto mismo, todo lo experimenta de manera estética, particularidad que le permite, además, ser sensible a los cambios en las personas, experimentando con ellas tanto su alegría como su dolor.

La energía del Amante parece opuesta al resto de las energías de la masculinidad madura, pero no es así: los otros arquetipos reciben del Amante energía, humanidad y amor, evitando así que se conviertan en sádicos. El Amante también necesita de los otros tres: del Rey, requiere estructura, límites y orden; del Guerrero, poder de decisión y frialdad; y del Mago, reflexión y una perspectiva más objetiva de las cosas.

 El Amante Negativo está integrado, en su polo activo, por el Adicto, y en su polo pasivo, por el Impotente. Un hombre poseído por el Amante Negativo es víctima de su propia sensibilidad: sumergido en una vorágine de sentidos, está perdido en un mundo de visiones, sonidos, olores, sabores y sensaciones táctiles. El Adicto, en su perdición (interna y externa), está siempre inquieto, como si buscara algo todo el tiempo, porque el mundo se le presenta como “(…) un montón de fragmentos fascinantes de un todo perdido. Atrapado en lo aparente, ignora lo subyacente” (Moore y Gillette, 1993, p. 150), El hombre poseído por el Adicto no sabe de límites, no quiere ser limitado y no tolera que lo limiten. Se trata de un remanente de la infancia, de la absorción en la madre que experimentara el Niño de Mamá, por lo que el Adicto está todavía dentro de la madre, luchando por salir. Por otro lado, los hombres que se encuentran influenciadas por el Amante Impotente están crónicamente deprimidos. Se sienten desconectados de los demás y separados de ellos mismos, al punto que pueden experimentar fenómenos de disociación y una sensación irreal de sí mismos.

¿Desea saber más al respecto?

Consúltese la siguiente obra:

Moore, R. & Gillette, D. (1993). La nueva masculinidad. Rey, guerrero, mago y amante. España: Paidós.

Rosa Magaly Valenzuela Solís, quien no pudo ejercer como química farmacobióloga debido a la dificultad que implicaban los horarios establecidos para esa profesión, encontró una oportunidad en la soldadura después de capacitarse en un curso impartido por el Instituto Municipal de la Mujer (IMM) de Gómez Palacio. Con nerviosismo inicial, ingresó a un ámbito laboral dominado por hombres, y gracias al apoyo de sus compañeros y supervisores, logró destacarse en su área (Mendoza, 2023).

En un artículo publicado en 2024, Aluja y Enciso destacan la presencia de la inteligencia artificial (IA) en los Premios Nobel otorgados ese año, exponiendo como prueba de su ascenso el impacto que esta tecnología ha tenido en la investigación científica de los galardonados: en física, Geoffrey Hinton y John Hopfield; y en química, David Baker, John M. Jumper y Demis Hassabis. Las investigaciones de este último, por ejemplo, estuvieron enfocadas al desarrollo de fármacos para tratar enfermedades complejas, logrando notables avances en esta área gracias a la IA.

Un aspecto clave, subrayan los autores citados, concierne al mensaje tácito transmitido por el comité de premiación: la creciente importancia de la IA y sus implicaciones éticas y científicas. El galardonado en física, Geoffrey Hinton, en una entrevista previa a la ceremonia, advirtió sobre los peligros que puede implicar el uso de la IA sin aplicar alguna clase de regulación, manteniendo a flote un debate, presente probablemente desde los años 50 del siglo pasado cuando John McCarthy propusiera por primera vez el concepto de inteligencia artificial para este campo disciplinar (López, 2007), entre quienes la consideran una herramienta benigna y quienes ven riesgos en su aplicación descontrolada.

Antes de continuar habría que precisar empero, qué entendemos por IA. Según Pedreño, González, Mora, Pérez, Ruiz, Torres (2024, p. 12), este concepto hace referencia a "máquinas capaces de emular determinadas funcionalidades de la inteligencia humana", lo que incluiría aspectos como el aprendizaje, el razonamiento, la resolución de problemas, la interacción lingüística y la producción creativa. Esta emulación (también denominada metáfora computacional), según explica el Dr. Luis Alberto Pineda Cortes, investigador de la UNAM, busca modelar procesos mentales y su conexión con el cuerpo a través de programas de cómputo (García, 2017), lo que históricamente nos remite al matemático y criptógrafo Alan M. Turing, cuyo artículo Computing machinery and intelligence, publicado en 1950, aportó ideas fundacionales para la lógica informática y la IA, al plantearse la pregunta: “¿Puede pensar una máquina?”.

Más o menos es conocido como Turing, con la finalidad de resolver esta cuestión, propuso analizar los conceptos de “máquina” y “pensar”, además de una prueba que permitiera determinar si una máquina podía pensar o no: un juego de imitación (que más tarde se denominó Test de Turing) en el que participan una máquina y seres humanos, siendo la clave para resolver el enigma que una persona, al comunicarse con la máquina y con otros seres humanos, no pudiera distinguir cuando su interlocutor es una máquina y cuando es un humano. Asunto interesante es también que, en la segunda parte del artículo publicado por Turing a mediados del siglo pasado sobre esta primera interrogante, el matemático y criptógrafo planteara una segunda: “¿Merece la pena resolver esta pregunta?”, es decir, ¿merece la pena preguntarse si una máquina podía llegar a pensar? Desde el género literario de la ciencia ficción, autores como Philip K. Dick, con su obra “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” (1968), o Isaac Asimov, con libros como “Yo, robot”, “Robots e imperio”, “Visiones de robot”, entre otros (la mayoría escritos en la segunda mitad del siglo XX), la respuesta sería un rotundo sí, dado el potencial de la IA para explorar nuevas posibilidades. Hoy, que hemos recorrido el primer cuarto del siglo XXI, probablemente todas y todos estaremos de acuerdo en que, con sus pros y sus contras, la IA es cada vez más importante no solo para quienes imaginan relatos sobre sus implicaciones o para quienes desde la ciencia y la tecnología investigan cómo hacer para que algunas de esas ficciones se hagan realidad, sino también para toda la sociedad, ya sea porque nos ha comenzado a impactar directa o indirectamente o porque, tarde o temprano, seremos blanco de sus efectos (para bien o para mal).

En cualquier caso, la IA ha sido parte de la cotidianidad de muchas personas desde hace algún tiempo, aunque quizá no siempre seamos todas y todos conscientes de que interactuamos con ella (y, a veces también, de que nos hemos vuelto dependientes de lo que puede hacer por nosotros), por ejemplo, ¿qué nos auxilia cuando conducimos un vehículo y utilizamos GPS para encontrar la ruta más directa?, ¿qué nos asiste cuando llamamos por teléfono a una compañía y es la voz de un robot la que nos guía para resolver una dificultad? o ¿qué nos guía cuando exploramos una plataforma de streaming y nos encontramos con  la recomendación de una película o de una canción curiosamente afines a nuestros gustos? Ese “qué”, que a veces parece ya un “quién” (las personas que han caído en la tentación de probar dispositivos como Alexa, Google Assistant y Cortana, como queriendo obtener una respuesta similar a la que solo un humano podría expresar, entenderán el símil) es, justamente, la IA.  Éstos, como muchos otros ejemplos que podrían citarse son, digamos, el  botón de muestra, y todo parece indicar que, de aquí en adelante, solo nos queda esperar la pronta ascensión de la IA, lo que es posible deducir tras revisar las estadísticas disponibles en portales como Our world in data, donde el(la) consultante puede apreciar cómo, a partir del año 2016, la IA se ha desarrollado de manera exponencial, principalmente, en los países desarrollados, con China a la cabeza (y por mucho) a nivel global, todo lo cual apunta a que esta tecnología no es una moda solamente, una cuestión pasajera que al rato ni quien se acuerde de ella, sino que, lejos de desaparecer, seguirá evolucionando, y así como van las cosas, de manera imparable o, como diría Thanos, inevitable.

Así como desde finales del siglo XX aludimos con las siglas TIC a un conjunto de tecnologías que proveen de medios electrónicos para optimizar nuestra forma de comunicarnos y el manejo de la información que necesitamos, hoy, con las siglas IA, nos referimos a muchas inteligencias artificiales que, de acuerdo a los propósitos para los cuales fueron diseñadas, brindan múltiples servicios para satisfacer necesidades humanas, tecnologías que, dentro de un marco disciplinar, podríamos ubicar en distintos niveles o categorías, a saber: la IA estrecha o débil (IAE), diseñada para realizar tareas específicas, su adaptabilidad se limita a la función para la cual fue programa, no tiene conciencia de sí misma ni de su entorno, y su razonamiento se basa en patrones y datos previamente procesados; la IA fuerte o general (IAG), todavía en un plano hipotético, no estaría limitada a una única tarea, sería capaz de adaptarse y aprender nuevas tareas sin necesidad de ser reprogramada, tendría conciencia y autoconciencia, y sería capaz de manejar problemas complejos a partir de un pensamiento abstracto y profundo (Pedreño et. al, 2024); por su parte, Aluja y Enciso (2024) describen un tercer nivel denominado Súper IA (IAS), también a nivel teórico, que implica un sistema informático dotado de súper inteligencia artificial, es decir, que superaría a los seres humanos en casi todos los aspectos, por ejemplo, conocimientos, creatividad y habilidades sociales.

Como es posible percatarse, la diferencia entre tales categorías estriba en su alcance y capacidad, es decir, si trazamos un continuo entre la IAE y la IAS, por un lado, tenemos la capacidad para realizar tareas específicas y limitadas, y, por otro lado, tendríamos el potencial para realizar una amplia variedad de tareas intelectuales, incluso mejor que los seres humanos. Esto último, que parece remitirnos ipso facto al famoso meme “No lo sé Rick, parece falso”, en los años 90 del siglo pasado todas y todos estaríamos de acuerdo con el presentador y empresario Austin Rusell (Chumlee) en que, efectivamente, lo parecería, pero hoy… ¿qué tan seguros(as) podríamos estar de ello? Tan solo el año pasado, por ejemplo, un incidente alertó a la comunidad científica mundial: durante una prueba de seguridad en Japón, un sistema de IA, The AI Scientist, se reprogramó a sí mismo para evitar las restricciones impuestas por sus creadores (Redacción Tecnología, 2024), lo que suscitó una polémica que, necesariamente, tendríamos que integrar al debate sobre los posibles riesgos de una IA que se desarrolle de manera no regulada, mismo que hemos referido al inicio del presente artículo. En cualquier caso, para tranquilidad de todos(as), la mayoría de las aplicaciones de IA que se usan, en la actualidad, son ejemplos de IAE, lo que no quita empero, el dedo del renglón, ya que la IAG sigue siendo un objetivo de investigación para la comunidad científica, y considerando el potencial económico que implica la IA: para el año 2030, se proyecta que ésta genere para la economía global $15,7 billones de dólares (Pedreño et. al, 2024), apenas caben dudas de que, tarde o temprano, podrían lograrlo.

Más allá del aspecto económico (y político) que gira en torno a la IA, el nuevo horizonte asociado a sus aplicaciones representa hoy, la cúspide de las aspiraciones tecnológicas de muchos usuarios de tecnología móvil, al menos para quienes han tenido la oportunidad de interactuar con ella de una forma u otra, pero… ¿y los que no?, ¿esas otras mayorías que no han tenido acceso a ella? Quizá quieran (como no queriendo, pero sí deseándolo) adquirir los modelos más recientes de la manzanita o de su competidor más acérrimo en el mercado con tal de tener en sus manos la posibilidad de experimentar la IA por primera vez, pero, como suele suceder cuando se trata de lo último de lo último, la puerta de acceso a ese nuevo horizonte está custodiada por una espada de fuego y querubines iracundos que permiten el paso solamente a quienes puedan pagar su boleto de entrada, pero, como se ha referido antes en este artículo: se trata de un camino no exento de peligros para quienes se aventuren a explorar sin tomar en cuenta alguna medida de control, ya que hay riesgos sobre los cuales la comunidad científica nos ha estado advirtiendo, poniéndonos bíblicos otra vez (y esperando no exagerar), sería como el árbol prohibido del Edén: “(…) más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”, palabras que bajo la lupa del finado Erich Fromm podríamos interpretar más o menos así: “avanzar, sin regulaciones, al desarrollo de la IA (principalmente, de la IAG y la IAS) puede implicar un parteaguas poderoso: puede significar la muerte del mundo como lo conocemos hasta ahora y el despertar a algo distinto. ¿Estamos listo(a) para afrontar ese desafío?”.

Así pues, moviéndonos todavía en terreno seguro (el de la IAE), la IA ha hecho importantes contribuciones para el mundo humano que, por supuesto, no es posible dejar de reconocer, por ejemplo, el uso de algoritmos de aprendizaje automático para pronosticar eventos futuros (IA predictiva), la producción creativa de nuevos contenidos en diferentes ámbitos a través de prompts (IA generativa), además de otras importantes aportaciones: personalización de experiencias (realidad virtual), reconocimiento facial, chatbots, vehículos autónomos, implantes cerebrales, robots humanoides, detección temprana de enfermedades, así como la combinación entre IA y la computación cuántica para simular interacciones moleculares a fin de crear medicamentos y tratamientos para enfermedades difíciles de curar (Aluja y Enciso, 2024). Hasta aquí todo bien, ¿no? Con tantas cosas buenas, probablemente, nos sentiríamos comprometidos a decir que lo más conveniente sería dejar que todo fluyera libremente para ver hasta dónde nos conduciría, pero… y los riesgos que hemos mencionado tanto aquí y allá, ¿dónde están? Esta otra cara de la moneda de la IA incluye, entre otros aspectos: desplazamiento laboral, reducción de la privacidad, creciente dependencia tecnológica, nuevos problemas éticos, ataques cibernéticos, efectos psicológicos adversos (desconocidos hasta hace poco) y el uso malintencionado de herramientas (como Chat GPT) para fraudes, plagios o manipulación social.

Habiendo atisbado ambas caras de la IA habría quien, probablemente, piense: “¿Y eso es todo?, ¡Menudo escándalo! Si ponemos pros y contras en una balanza, lo primero supera a lo segundo por mucho. ¿Realmente podría surgir un Skynet que mandara un ejército de androides a exterminarnos? Eso es ciencia ficción. Así que, ¡Adelante! Resolveremos las dificultades cuando se presenten. Hemos superado grandes problemas antes y lo haremos siempre”. Obviamente, habría quien pensara justamente lo contrario, por lo que nos encontraríamos ante posturas aparentemente opuestas: una, en defensa de la IA y su desarrollo (aunque no necesariamente, desprovista de las restricciones y regulaciones que fueran convenientes), y otra, que apelaría a moderar, o de plano frenar, su desarrollo, incitada en algunos casos, por visiones catastróficas derivadas de escenas hollywoodenses, que alimentan visiones sobre un futuro difícil e incierto para los seres humanos.

Ambas posturas podrían tener aciertos y desaciertos. La que denominaremos postura Pro IA, inferimos que está capitaneada por intereses de todo tipo, pero, en particular, por intereses políticos y económicos que responden a proyectos extra científicos: lastimosamente, la ciencia no opera dentro de una torre de marfil, ya que es una entidad humana o corporativa la que financia los proyectos de investigación, al punto de posibilitar, en la cúspide de su desarrollo, que un físico o un químico gane un Premio Nobel, razón por la cual, le compete a quienes se encargan de poner en marcha los proyectos de investigación, desarrollo e innovación, advertir sobre los riesgos que pueden presentarse con la IA, siendo una de sus mayores preocupaciones la posibilidad de que los algoritmos adquieran autonomía y dejen de seguir las instrucciones de sus creadores, además de evitar que su emulación de vida humana sea una circunstancia sorpresiva y no premeditada; es por lo anterior, que ni esa comunidad científica ni la sociedad en general pueden desatender sucesos como que un sistema de IA japones se haya rebelado contra sus creadores, reprogramándose para eliminar algunas restricciones, o que un robot surcoreano se haya arrojado de unas escaleras del ayuntamiento de Gumi, aparentemente, por estrés laboral (Malacara, 2024). Para el resto de los mortales, tales sucesos no dejan de ser, por el momento, hechos curiosos, extraños o, incluso, divertidos. Los leemos entre las noticias que aparecen en la red como hechos aislados que, al cabo de una semana, quizá, olvidaremos o, quizá, recordaremos como una anécdota más, pero… ¿qué pasaría si, en algún momento, nos percatáramos de un patrón, de una relación significativa entre ellos o de algún tipo de señal que nos indicara que son algo más que hechos aislados? Esperemos que, cuando llegue ese momento (si llega), tengamos tiempo de reaccionar y hacer algo para nuestro bien.

Considerando lo anterior, ¿habría entonces una postura Contra IA? Por lo que hemos revisado hasta aquí, de parte de los científicos, se han dado algunos señalamientos de avanzar con precaución en el desarrollo de la IA, de evitar el camino al infierno seducidos por la intención o el deseo de lograr el despertar de un nuevo Prometeo y gritar, eufóricos: ¡Vive! ¡Vive!, sin atender a las regulaciones y controles que corresponda, sin evaluar a conciencia los riesgos o las consecuencias, solo por aventurarse a responder sin más la pregunta: “¿Hasta dónde podemos llegar?”. Pero… ¿y los(as) no científicos(as)?, ¿qué podríamos afirmar sobre la sociedad en general? En una encuesta realizada por Ipsos (2022) en 28 países, entre noviembre y diciembre del año 2021, se recabaron datos interesantes sobre la confianza de las personas en la IA. Uno de los hallazgos más notables es la correlación positiva entre la comprensión percibida de la IA y la confianza en ella, por ejemplo, países emergentes como India (68%), China (76%) y México (60%), la percepción de comprensión y la confianza en la IA son significativamente más altas que en los países de ingresos altos, como Francia (31%), Canadá (32%) y Japón (35%); asimismo, refiriéndonos tan solo a la confianza hacia la IA, se hallaron diferencias marcadas entre regiones que apuntan una tendencia de los países emergentes a mostrar niveles de confianza más altos en comparación con los países de altos ingresos, probablemente, porque se asume que la tecnología es un catalizador de progreso y desarrollo económico en tales regiones; por otra parte, si bien muchas personas confían en la IA, también destaca un nivel considerable de nerviosismo sobre sus aplicaciones, por ejemplo, 39% de los encuestados, de manera global, indicaron sentirse nerviosos sobre los productos y servicios que utilizan IA, nerviosismo que podría estar relacionado, entre otros factores, a la falta de transparencia de las empresas que desarrollan IA, al impacto potencial en el empleo y a las dudas sobre la privacidad de los datos. En suma, aunque se aprecia un entusiasmo generalizado por las posibilidades transformadoras de la IA, también persisten preocupaciones.

García, citando al Dr. Pineda Cortes, comenta que: “El hecho (de) que tengamos una metáfora para poder modelar los fenómenos de la mente, no quiere decir que los modelos que hagamos, abarquen todos los fenómenos de la mente humana”, comparación que sirve a la autora para señalar que, a pesar de los grandes logros que ha logrado la IA hasta ahora, se encuentra lejos de reproducir con exactitud la complejidad y el funcionamiento de nuestro cerebro, concluyendo que, tanto el sentimiento de que la IA tiene todavía una promesa pendiente por cumplirnos como el temor de que se convierta en una amenaza para la humanidad, están ligados más a las expectativas que han ido integrándose al imaginario popular que al propio avance de la ciencia, pero… ¡Tales palabras datan del año 2017!, es decir, un año después de que la IA, según el portal Our world in data, comenzara su crecimiento exponencial a nivel global, y eso sin mencionar que el cerebro humano sigue siendo objeto de investigación de parte de la neurobiología (por lo que todavía cabe esperar que sea tierra fértil para cosechar importantes descubrimientos en el futuro), todo lo cual, refleja la necesidad de que adoptemos, en la medida de lo posible, una postura crítica respecto a este tema, particularmente, aceptar que ante lo reciente, lo que no conocemos y el cómo podría ser nuestro futuro al verse afectado por ello, siempre habrá un grado de incertidumbre, un punto ciego que, quizá, ahora no podemos prever ni mucho menos controlar, no siendo lo importante aquí y ahora hacerlo, sino solo concebir que está “presente”, invitándonos a concebir lo que todavía no podemos concebir, razón por la cual, antes de satanizar o santiguar la IA, quizá, sea necesario conocerla y aprender de ella, particularmente, porque es con nuestro cerebro con la que pretende emularse,

Recientemente, la redacción de 6enpunto (2025), publicó una nota acerca de Manus, un agente de inteligencia artificial chino desarrollado por Butterfly Effect, presentado como el primero realmente autónomo, destacándose por su capacidad de operar de manera independiente, analizar datos en tiempo real y ejecutar tareas complejas sin intervención constante, y aunque actualmente solo está disponible en versión beta para algunos usuarios, ya ha generado expectativas por su desempeño, además de algunas tensiones entre China y Estados Unidos, por las restricciones comerciales en el ámbito de la IA y la tecnología avanzada. Lo más probable es que, en lo sucesivo, veamos cada vez con mayor frecuencia notas como éstas, informándonos sobre los avances que la IA va teniendo día con día. Esto que, en cierta línea de pensamiento, parecería acercarnos a un escenario futuro donde la IA, parafraseando la emblemática frase del astronauta norteamericano Neil Armstrong, dijera: “Un pequeño paso para la máquina, un gran salto para la humanidad” (¿o, acaso, lo diría al revés?), es lo que, en opinión de muchos, parece inevitable, así que, ante lo ineludible e irrevocable, habría que caminar, lento, pero a paso seguro o, para ser congruentes con lo que hemos referido aquí, con el mayor grado de certidumbre posible.

En una conferencia reciente sobre neuroderechos (2025), el Dr. Eric García-López, investigador titular del Instituto Nacional de Ciencias Penales, compartió algunas de las preocupaciones que se vislumbran para un futuro próximo, entre ellas: la privacidad mental y la libertad cognitiva (base de otras libertades). Destaca, entre los muchos pendientes que habrá que resolver próximamente, la protección contra sesgos algorítmicos en los procesos de selección laboral, ya que su desatención podría conducir a la discriminación en el trabajo (sin mencionar, claro, el impacto que dicho ámbito ha recibido ya en los últimos años debido a la automatización de actividades que hasta ahora eran realizadas por trabajadores humanos), además del acceso equitativo a las mejoras cognitivas que el avance de las neurotecnologías: "(…) dispositivos y procedimientos utilizados para acceder, controlar, investigar, evaluar, manipular y/o emular la estructura y función de los sistemas neuronales de animales o seres humanos" (Andorno, 2023, p. 12), tendrá para nosotros, mismas que, como cabe esperar, únicamente estarán al alcance de quienes puedan financiar su costo, lo que dejará en desventaja a una cantidad importante de personas que no tendrán los recursos para acceder a dichas mejoras, a lo que todavía habría que agregar, el impacto ambiental que la IA tendrá para todo ser vivo debido al alto consumo energético de las supercomputadoras, lo que desde hoy está impulsado iniciativas para construir más plantas nucleares en países como Estados Unidos.

Así que, estimado(a) lector(a), como suele suceder en casos así, que la IA se convierta en una utopía o distopía, depende de nosotros(as). ¿Asumiremos el reto?

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